Bodegas

La bodega del Priorat a quien la suerte ha sonreído dos veces

Clos de l'Obac es uno de los pilares del la revolución que vivió la comarca y que la ha posicionado como una de las más valoradas a nivel mundial

29/04/2026

GratallopsDespués de una pila de curvas y de disfrutar de la belleza tan humilde como exuberante del Priorat, llego a la bodega Clos de l’Obac. Carles Pastrana nos recibe en la entrada. Es un hombre afable y divertido. Hacemos broma, porque él de oficio también fue periodista, pero la vida le tenía preparados otros planes: formar parte de la revolución que viviría la comarca. Una región que pasó de la miseria a crear algunos de los vinos más valorados del mundo. Para conseguirlo, el coupage fue el siguiente: muchos años de trabajo y de hacer las cosas según su criterio, una pizca de inconsciencia y dos golpes de suerte.

Comenzamos por el primer golpe de fortuna. El hermano de Carles, Josep Maria, es un gran coleccionista de cerámica. Tenía tanta, que un día hizo una exposición en Tarragona justo al lado de la catedral. “Y entra un tipo y me dice «¿Te acuerdas de mí, Carles?»” Era un amigo de la infancia: René Barbier, gran artífice de lo que pasaría en esta tierra de pizarra y colinas. En aquel momento retomaron el contacto y Barbier le preguntó si no se animaría a meterse en este mundo fascinante del vino. La semilla estaba plantada y, al cabo de un tiempo, germinó.

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Carles y su mujer, Mariona Jarque, compraron una granja de ovejas, partieron el edificio con Barbier y comenzaron la aventura. “En el Priorat no hay ni un semáforo”, ejemplifica. Nadie de su entorno entendía qué iban a hacer, a la zona más pobre de Cataluña. “No teníamos dinero, y mira que buscábamos”, dice. Como también les faltaba conocimiento técnico, Mariona fue a estudiar enología a Falset, y eso que ya tenía dos niños pequeños, Guillem e Iona. También encontraron complicidades, como la del sabio de la tierra Isidre Sanahuja. Carles me enseña la bodega, donde todo el proceso se hace por gravedad, no porque se bombee el vino. Me muestra también el sistema para aprovecharse del mismo frío del Priorat como estabilizador y las barricas de roble francés, que cambian cada año. La bodega está llena de detalles artísticos, prueba del buen gusto de Mariona, que había estudiado en la Escola Massana.

En 1989 constituyeron la bodega y en 1990 salió el primer vino Clos de l’Obac. Con todo un grupo crearon una sociedad agraria: René Barbier, Toni Basté, Fernando García, Josep L. Pérez, Antonio Rosario, Adrian Garsed y Luc Van Iseghem. Como en la primera vendimia no salió suficiente vino, decidieron repartirlo y cada uno puso su etiqueta. Y entonces llegó el segundo golpe de suerte. Un día recibieron una llamada. Les avisaban que aquel vino –el que llevaba su etiqueta– aparecía en la Guía mundial de 1993 como uno de los 150 mejores vinos del mundo. ¿Cómo había llegado una botella suya a Estados Unidos? No lo sabemos, pero el caso es que en aquel momento todo alzó el vuelo.

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La suerte para quien la trabaja

Esto no significa que ahora todo sea pan comido, subraya Guillem Pastrana. El hijo de Carles y Mariona, abogado de profesión, es ahora el director de la bodega. Toda la producción que hace Clos de l’Obac se vende. Muchas botellas directamente a consumidor final. Como un señor de Chipre, que cada año viene y se lleva una caja. Pero que su vino se venda en 32 países no es una tarea fácil. Guillem se mata de viajar. Cuando lo veo, está a punto de marcharse a Corea del Sur, y después se irá a Brasil.

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Actualmente están vendiendo la añada del 2016 de Clos de l’Obac. “Queremos hacer un vino fantástico partiendo de las características de la añada”, dice Carles. Esto significa que la composición de la botella es siempre la misma: 35% garnacha, 35% cabernet sauvignon, 10% syrah, 10% merlot y 10% cariñena. Si un año hay poca de una variedad, se hace menos producción y listos, dice Carles, que asegura que solo así podemos valorar las diferencias entre añadas. El mismo concepto se aplica para el resto de vinos que elaboran. Como el Miserere, que tiene este nombre en homenaje a los monjes que se dejaban la piel en el Priorat. "Miserere mei, Deus", decían.

Los Pastrana-Jarque no tienen interés en salir en listas o que los puntúen. “Con el vino la verdad no se explica, se destapa”, dice Pastrana padre. “Las puntuaciones eran un buen referente en los años 90”, dice Pastrana hijo, que asegura que lo que quieren es “autenticidad, no ser populares”. Y va más allá. Ellos son ellos: “Nosotros no hacemos Priorat, hacemos Clos de l’Obac”, remacha.

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