Restaurantes

El Camarote de Tomás: enamorados de las cigalas

Reabierto en febrero en la calle Lleida de Barcelona, ​​está dirigido por Josep Ribot y Núria Espallargas

Es viernes al mediodía, y la felicidad de entrar en una marisquería del siglo XXI se respira desde que se pone los pies, en El Camarote de Tomás, en la calle Lleida de Barcelona, ​​que tiene terraza en la misma calle. La barra generosa de pescado y marisco, situada en el centro del restaurante, hace que te pares un rato incluso antes de sentarte en la mesa. Es como ir a mercado, así que ya de entrada, sin ni siquiera haber leído la carta, pienso en lo que voy a comer. He visto unos chipirones y una cigala; tomo nota para pedirlos.

Me toca la mesa que lleva el mismo nombre que el restaurante, Camarote. He leído rótulos con otras descripciones, como Puente de Mando. Los nombres, así como la decoración –paredes pintadas de azul marinero, redes de pescadores en el techo...–, son obra de la nueva familia que está al frente del restaurante, Josep Ribot y Núria Espallargas. Ambos tienen mucha experiencia en restauración en Barcelona (tienen hasta diez restaurantes), pero El Camarote es su primera aventura "de nivel", como dicen ambos. "El Camarote llevaba treinta años en funcionamiento, y para nosotros era un reto, en el que hemos creído desde el primer día", explican. Un dato del énfasis de la afirmación: en los pocos meses que llevan funcionando desde la reapertura en febrero, la clientela de toda la vida ha vuelto, y se ha añadido de nuevo, atraída por la idea de comida marisco y pescado (con raciones generosas en el plato) por cien euros por cabeza. "No es un precio bajo, pero por el concepto que somos, con marisco y pescado fresco, somos asequibles. El hecho de que no tengamos aparcacoches ni sumiller, como tienen otras marisquerías de la ciudad, hace que nuestro precio sea más económico con la misma calidad alta de los productos frescos", comenta Josep. . "En estos meses, hemos visto que nuestros clientes vienen cuando ya han firmado acuerdos y negocios, mientras que, cuando los tienen que hacer, nos comentan que se van a los reservados de la marisquería de al lado", señala Josep.

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Vamos a la carta. Núria me cuenta que el derrame de bacalao es un plato mítico, que ya lo preparaban antes y que lo han mantenido para contar la historia del local. Hay que probarlo, porque ellos le preparan todos los días igual. Le pido por los chipirones y las cigalas, y me cuenta el qué. "Los chipirones son de hoy. Había muy pocos y nos los hemos quedado todos. Estaban a 60 euros el kilo. Es muy buena elección". Así que el derrame, los chipirones, y pido también por las cigalas, que Núria me comenta que hacen a la plancha, partidos por la mitad, y que les sirven con un chorro de aceite de oliva virgen extra y sal. El trato de Núria, que hace de jefe de sala, está cercano a los clientes. Ella misma te recomienda también los vinos que te podrían ir bien para los platos que eliges: "Un Priorat fresquito para los chipirones será ideal", me dice, y con la frase ya me ha cautivado, porque temía un albariño, que –digamos -lo con rapidez- son buenísimos, pero en la calle Lleida de Barcelona prefiero un vino de proximidad siempre.

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Acabados los entrantes, Núria propone un pez. "Hoy tenemos rodaballos salvajes que están muy bien, con raciones de 150 gramos". Si no, si no se quiere acabar la comida con un pescado, siempre existe una alternativa, la carne, concretamente un tomahawk de ternera, muy tierna. "Nunca lo dirías, pero siempre hay tablas en las que piden", explica Josep.

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Después del rodaballo salvaje, el postre. "Las prepara una amiga de Núria, que estudió en Hofmann y tiene una amiga pastelera que nos lleva a diario", dice Josep, que insiste en que hay que probar porque han puesto los dos mucho esfuerzo, en la carta de postre. Y mientras Núria canta uno por uno todo el postre, en las otras mesas vuelvo a observar la misma sensación de cuando he entrado: la felicidad de estar en una marisquería moderna, actual y muy familiar. "Nos sacamos el sombrero ante el gran trabajo que hicieron Tomás y Montse, los antiguos propietarios, que estuvieron solos al frente del Camarote durante treinta años", afirma Josep. Ellos han formado equipo y han elevado el servicio (antes las mesas no tenían mantel blanco de ropa, sino de papel), pero han apostado por una idea de toda la vida: los restaurantes deben tener alma.