Qué comemos

¿Qué hay, además de tomate, en el bote de salsa de tomate?

Hay que tener cuidado con las etiquetas, ya que es importante detectar ingredientes no deseados

La salsa de tomate es un producto muy popular. Va bien para preparar un sofrito rápido, para ponerla por encima de unos macarrones que no queremos comerles viudos, es decir blancos, y para cualquier otro plato en el que queramos poner sabor. La industria alimentaria lo sabe, que tenemos tirada, por eso preparan de todos los tipos, tamaños, formatos y gustos. Y, si no, contemple las baldas de su supermercado habitual: los botes de salsa de tomate se alinean con ellos. ¿Por cuál nos decidimos? Sin mirarnos mucho, o mirándonos mucho, nos fijamos en el precio que más se acuerda en el bolsillo, y probablemente también en lo que se anuncia con las palabras casera o artesano, que nos hace pensar que será el mejor. Ahora bien, según la dietista-nutricionista Anna Grífols, debemos sacar la lupa para leer bien los ingredientes. Si no, puede que nos lleváramos a casa un bote de tomate que tiene de todo y muy poco del ingrediente principal: el tomate.

Para empezar, pues, en la lista de ingredientes, que están escritos por orden de mayor cantidad a menos, en primer lugar, debe haber tomate. Sólo tomate. Si llama tomate concentrado, significa que hay poco porque proviene de un tomate que ha sido cocinado durante horas, para concentrarse, y después se ha diluido con agua. "Es la forma en que la industria alimentaria abarata los costes de producción", señala Anna Grífols. De un mismo tomate se puede llenar más botes si se concentra, es decir si se ha diluido con agua. "Si por el motivo que sea sólo podemos adquirir un bote de salsa de tomate concentrado, el consejo es que tenga un tanto por ciento pequeño; a ser posible un 25% o menos", recomienda la dietista-nutricionista.

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Aceite de oliva, siempre preferente

Para continuar, después del tomate debemos encontrar aceite de oliva. "El aceite de oliva siempre es preferente porque se oxida a temperaturas altas, a 180°, lo que no les ocurre con otros aceites vegetales, como el girasol", continúa Grífols. Si en vez del aceite de oliva se encuentra girasol o canola, vamos bajando escalones en calidad. Y, en tercer lugar, deberíamos encontrar sal y especias. Y dentro de las especies, lo ideal es que se dijera cuáles son, porque así las podemos tener en cuenta por si alguna vez queremos hacerlas en casa. Así pues, el bote de salsa de tomate ideal debería tener estos ingredientes: tomate, aceite de oliva, sal y especias. Pero la realidad es otra, muy divergente. Le ponen otros muchos, como es el azúcar, que es un corrector de la acidez del tomate, pero que añadido en cantidades considerables hace que esa salsa sea otra historia. Y de paso "nos puede hacer desajustar el azúcar que nos permitimos comer al día". Junto con el azúcar, también existe otro ingrediente no deseado: el almidón de trigo modificado. Y llegados a este punto, es necesario hacer una pausa. "La industria lo utiliza, el almidón de trigo modificado, para dar consistencia al tomate, porque así da espesor", relata Grífols, que añade que "si utilizamos una salsa de tomate con almidones para comer un plato de pasta resulta que estamos comiendo más carbohidratos que los que pensamos que comemos por la pasta; tiene".

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¿La conclusión de todo esto? Ojalá pudiéramos hacerla siempre en casa. Cogemos una sartén, echamos un chorro de aceite de oliva virgen extra, rallamos tomates, y echamos un pensamiento de sal y las especias que nos gusten, como por ejemplo, orégano. Si lo cocemos a fuego lento, lo sofreímos. Si lo cocinamos a fuego rápido, a temperatura alta, lo freímos. Todo depende de lo que queramos: sofrito o frito. Sé que me dirá que en enero no hay tomates, que son de verano, y, con el cambio climático, de otoño. Cierto. Este verano podemos hacerlo. Y lo guardamos en botes de cristal. Entonces ya tenemos para todo el año. Es posible que necesitemos menos tiempo para hacerlo que para decidirnos en el supermercado por el bote de salsa de tomate adecuado.