Amigos que hacen mal
El concepto de 'bestia' o de mejor amigo o amiga puede esconder a veces relaciones de dependencia poco sanas
BarcelonaTodos los testimonios de este reportaje son casos reales que han preferido mantenerse en el anonimato.Si no juegas conmigo, no te invitaré a mi fiesta. Si quieres que haga eso, tendrás que darme un euro. Ahora estoy enfadado (y no te hablo durante días). Eres mi mejor amigo o amiga (pero solo juego contigo cuando estamos solos o solas, cuando estamos en el colegio, te ignoro o incluso promuevo una votación para ver a quién le caes mal de la clase). Son frases y situaciones aparentemente inocentes y típicas de niños –pasa más en niñas– que pueden ser señal de alerta de una relación de control disfrazada de amistad.
No hay una edad concreta en la que se empiecen a desarrollar actitudes de este tipo, pero se considera que entre los seis y los nueve años, cuando los niños empiezan a forjar amistades más cercanas, pueden empezar a aparecer dinámicas tóxicas que, cuando se dan de manera reiterada y con una relación de poder de una criatura que necesita gustar o ser aceptada por otra, aparece el problema. Las expertas insisten en que no se trata de discusiones puntuales entre niños, sino con cierta continuidad.
En casa de Montse lo han vivido en más de una ocasión, y sobre todo con una de sus hijas, de once años. Tiene un carácter fuerte y compite, a menudo, por el liderazgo en la clase con amigos que, en principio, se quieren mucho. Montse, sin embargo, detecta a menudo conflictos con un cierto chantaje emocional e intenta trabajar con ella la idea de que las amistades nos tienen que hacer sentir bien y estar relajados y que eso no es incompatible con el conflicto, sino que si se genera se tiene que poder hablar y resolver. “Es una losa que vamos llevando y gestionando en casa –dice Montse–, pero no deja de ser un cierto maltrato, ¿verdad?”
Montse es maestra y además de su experiencia como madre también tiene la visión de escuela. Quizás por eso le presta aún más atención o quizás también, ve que estos vínculos poco sanos son, a menudo, una manera de buscar aceptación dentro del grupo. “Vivimos en un mundo muy corrupto emocionalmente y los niños se dan cuenta y lo imitan”, reflexiona, y recuerda que como adultos también hay momentos que utilizamos ciertos chantajes como ahora el “si no me haces caso, no te compraré esto”.
En la consulta, la psicóloga Laia Sala atiende a diversos niños que sufren este tipo de dinámicas que pueden ser de exclusión directa o dirigidas al grupo para que las excluya. Son, para Sala, relaciones poco sanas que hacen daño al menos a uno de los involucrados, pero también puede ser a los dos, y pueden llegar a producirle problemas de autoestima, de relaciones sociales y de ansiedad. Aunque no hay una edad clara, Sala dice que entre los cinco y seis años ya se pueden detectar algunas actitudes tóxicas o de manipulación y control y que, si no se pone remedio, se acaban traduciendo en patrones que se reproducen más adelante y hasta la adolescencia.
El rol de la mejor amiga, ¿una relación tóxica?
Sala ve, también, que muchas niñas (y también en menor medida niños) buscan tener una mejor amiga, un concepto que ha existido siempre, pero que últimamente parece que se ha reforzado con la idea de bestie (mejor amiga en inglés), que hace sentir mal a quien no la tiene, y que está dispuesta a todo por tenerla. Esto provoca que, en algunos casos –sobre todo cuando hay ciertas dificultades sociales–, se creen relaciones de dependencia entre dos niñas. Este vínculo se puede vivir con naturalidad, pero también como una carga –sentir que la otra solo quiere estar conmigo– o desde un rol de poder que acaba abriendo la puerta a la manipulación.
Según la psicóloga, este tipo de relación más excluyente, con comportamientos por omisión (no te digo algo, no te tengo en cuenta, no te lo explico...) y no por agresión (puñetazo, empujón, agresión directa), es más habitual en las niñas, porque aún hoy se espera de ellas que sean cuidadoras, empáticas, que no molesten, que no hagan ruido... Y, por lo tanto, que no puedan reaccionar de manera fuerte o visceral y busquen maneras de mostrar la rabia, los celos o el malestar desde la sutileza, desde el "quedar bien". En cambio, continúa Sala, en términos generales, a los niños se les permite poder enfadarse y desenfadarse más fácilmente entre ellos. No tienen que "quedar bien".
Y este aprendizaje, alerta Sala, se puede acabar trasladando a las relaciones de pareja, cosa que puede hacer que las conciban también como relaciones dependientes y excluyentes, que impliquen no poder desarrollar otros vínculos.
El caso de Claudia y Pol
En la familia de Alicia están en esta fase. Claudia tiene nueve años y está pasando un curso complicado porque arrastra una relación tóxica con una de las niñas de la clase de cursos anteriores. Las últimas semanas el conflicto ha ido en aumento. Hace pocos días Claudia llegó con las piernas llenas de insultos pintados con bolígrafos. Ella dice que a pesar de pedirle que parara en un primer momento, no opuso resistencia. Quería demostrar que le daba igual lo que le pusiera su compañera. Así, aplicaba el consejo que le habían dado sus padres cuando se quejaba de lo que pasaba en clase. “Nosotros le hemos ido diciendo que no le afectara lo que le pudiera decir y resulta que el mensaje no lo ha entendido como creíamos. Hemos fallado, a pesar de decirle que esto los amigos no lo hacen”, dice Alicia.
Pablo también ha pasado por una situación similar, que este curso se ha podido reconducir. Durante primero y segundo de primaria empezó a sufrir "momentos de chantaje" por parte del que era su mejor amigo cuando Pablo quería jugar con otros niños. “Le decía cosas como: si juegas con otros no serás nunca más mi amigo”, explica la madre. Incluso cuando iba a una fiesta de cumpleaños, relata, veías como solo interactuaba con su mejor amigo. A finales del curso pasado, la misma maestra, que había detectado la situación, propuso a las familias separarlos en clases diferentes. “Al principio me daba miedo porque pensaba que se quedaría solo”, admite la madre. Su hijo, sin embargo, finalmente ha aprendido que puede jugar con otros niños sin miedo. “Eso sí, le ha costado todo un curso verlo y aceptarlo”, puntualiza la madre.
Sutileza en el tiempo de comedor
Los niños que tienen estas actitudes con otros compañeros de la clase suelen ser responsables, cumplidores y alegres, que en clase ayudan en las dinámicas de grupo. Actúan, en cambio, de manera muy sutil y a los adultos, generalmente, les cuesta detectarlo. “Hay un enmascaramiento y no se ven”, dice la psicóloga Laia Sala. La relación es complicada porque la víctima continúa considerando amiga o amigo de la agresora, que en determinados momentos la hace sentir especial y escogida. Es lo que se llama refuerzo intermitente: una dinámica en la que la persona que ejerce el rol de dominancia alterna momentos de afecto y exclusión mientras, al mismo tiempo, disimula e intenta no ser descubierta.
Por eso, muchas veces, estos pequeños gestos sutiles se dan en los ratos de patio o de comedor, cuando hay más juego libre y menos vigilancia adulta. Por eso, Sala cree que es muy importante ayudar al niño a verbalizar los límites (decir basta) o ir a buscar ayuda del adulto responsable para que se tomen las decisiones correctas en esta línea. “Es aquí donde se puede cortar”, recomienda Sala, que ve que a menudo, el problema es que se gestiona como un conflicto entre iguales y no lo es. Si las conductas desagradables son reiteradas y siempre en una dirección, es decir, hay rol de poder y continuidad en el tiempo, se puede llegar a considerar acoso.
En este sentido, aunque sean necesarias, cree que a veces las dinámicas restaurativas que se hacen en las aulas no son suficientes. “Se trabaja la empatía y la resolución de conflictos pero no siempre se coge a quien está ejerciendo este control y se le dice que no es correcto lo que está haciendo”, dice Sala, que alerta que, si no se es claro, puede ser que la niña dominante no se sienta identificada con el contenido de la charla y, por tanto, no aplique ningún cambio en su actitud y manera de tratar. También cree que el papel de los docentes debe ser de protección. “Es importante que el docente pueda separar y proteger a la criatura y tomar decisiones como no ponerlas a trabajar en el mismo grupo”, ejemplifica Sala.
Detenerlo a tiempo, imprescindible
Carla tiene diecisiete años y a lo largo de primaria sufrió este tipo de actitud por parte de una compañera de clase. Vive en un pueblo pequeño y, por lo tanto, el conflicto se extendía más allá de la escuela, lo que lo hizo más grande y más difícil. Su madre recuerda hechos puntuales que la hicieron sentir muy mal, como una fiesta de cumpleaños en la que fue la única niña a la que no invitó. Pero hubo muchos otros y fueron pasando los cursos sin que la escuela interviniera. En el instituto se reprodujo la situación con la misma compañera, pero también con otras, y no ha sido hasta que ha cambiado de centro, en bachillerato, que ha podido ir a clase con tranquilidad.
Este es uno de los riesgos que comporta no actuar a tiempo y, por ello, Sala es partidaria de formar a los maestros para que ya en la etapa de educación infantil puedan cortar de raíz estas actitudes. El abordaje precoz es imprescindible para evitar “males mayores”, ya que si pasa el tiempo, la víctima tiene más dificultades para detectar un vínculo seguro y más miedo al rechazo, más problemas de autoestima que le compliquen poder entender que las relaciones de amistad, o incluso de pareja, no deben ser ni codependientes ni excluyentes.
En la escuela los niños empiezan a tener las primeras relaciones “entre iguales”, que deben ser con buen trato, empatía, escucha y reciprocidad y, sobre todo, que transmitan calma y tranquilidad. Las actitudes tóxicas promueven todo lo contrario, y les añaden la intermitencia. Sala advierte que si se extrapola este patrón a las relaciones de pareja, donde el sufrimiento se compensa con una reconciliación intensa y con muchas “idas y venidas” por las que hay que luchar, se consolida la idea de amor romántico que hace sufrir.
- Padres observadores y valientesSala cree que los padres y madres deben dar herramientas a los hijos para que lo puedan explicar y, poder hablarlo con el tutor, ya que es una situación que a veces genera cierta incomodidad. A la vez, también ve muy positivo que los padres de niños o niñas que puedan tener conductas fuera de lugar o de humillación sean quienes adviertan a la escuela o pidan ser avisados para hacerse responsables. “Como familia, debo pedir a la escuela que me avisen si ocurre algo así”, dice Sala.
- Amistades diferentesSala defiende la idea de que no debe haber una única “mejor amiga”, sino amistades diferentes para momentos diferentes: una amiga para reír, otra para conversar, otra para compartir aficiones.
- Ampliar el entornoEn pueblos pequeños los mismos niños que están en la escuela se encuentran, después, en el parque o en extraescolares, y esto traslada las mismas dinámicas en entornos diferentes. Por eso recomienda abrir nuevos entornos y ampliar el abanico de relaciones para ayudar a configurar nuevas dinámicas más sanas.