Anna Molas: "Las donantes de óvulos están sosteniendo una gran industria con su trabajo"
Antropóloga especialista en temas reproductivos
BarcelonaEstudió periodismo pero enseguida continuó con unos estudios de antropología que la han llevado hasta Australia, donde se ha doctorado, y donde vive y trabaja. Anna Molas (Barcelona, 1991) ha convertido su tesis doctoral sobre la donación de óvulos en España en un libro, Taming Egg Donors: The Egg Donation Reproductive Market in Spain (Palgrave, 2025), que abre muchos interrogantes y que llama a repensar una de las técnicas de reproducción asistida más frecuentes. La primera vez que topó con la donación de óvulos fue hace más de diez años cuando desde un portal para buscar trabajo le apareció un anuncio para ser donante de óvulos. "Por un lado me enfadé –yo estaba buscando trabajo, ¿por qué me llegaba esto?– y, por otro, también me generó muchas preguntas. Aquello encendió la mecha".
¿Por qué la industria de la reproducción asistida en España es un polo de atracción para parejas de toda Europa?
— Hay diversos factores, y uno, claramente, tiene que ver con la legislación que tenemos, que es una de las más permisivas en el marco europeo y que, por ejemplo, no pone limitaciones en relación con la edad [en el sistema privado] ni con el estatus civil. Y otro tema que es muy central es que España ahora mismo es uno de los pocos países que aún mantiene el anonimato. Y esto es importante porque es lo que permite que las donantes entiendan la donación de óvulos como una decisión que no tendrá ninguna consecuencia.
Y España es líder en tratamientos que utilizan óvulos de donantes.
— Los datos nos muestran que más de la mitad de las personas que vienen de fuera lo que vienen a buscar a España son tratamientos con óvulos donados, que es, precisamente, donde más limitaciones tienen en sus propios países.
Es lo que se llama turismo reproductivo.
— Exacto, porque hay países donde directamente la donación de óvulos está prohibida. En otros no, pero como no se ofrece compensación económica o no es anónimo, tienen muy pocas donantes. Por lo tanto, las listas de espera son eternas, y aquí es más fácil.
¿Y quiénes son las donantes? Has hecho un trabajo de campo y has entrevistado a algunas.
— Lo que yo me encontré son personas que habían hecho la donación cuando eran bastante jóvenes, de 22 años para abajo. Y, después, lo que encontré es que su decisión de donar tenía que ver con un mercado laboral complicado e inestable. Esto no quiere decir que no les gustara también la idea de estar ayudando a alguien, pero esto no era el motor para la mayoría. Los había que directamente definían la donación como si fuera un trabajo más que podían hacer:"Soy camarera de temporada en verano y esto también forma parte de lo mismo".
Como una manera fácil de conseguir dinero en un momento determinado.
— Sí, aunque no es fácil, aunque se construya el relato así. Otras, no necesariamente lo enmarcaban como un trabajo, no lo llamaban así, pero el objetivo sí que tenía que ver. Una me decía que llevaba buscando trabajo mucho tiempo y que quería empezar la universidad pero que sus padres no la podían sostener y con la donación de óvulos tenía un poco de colchón para continuar buscando trabajo. O otra que con ese dinero quería pagarse unas prácticas no remuneradas en Argentina. Son alrededor de 1.000 o 1.200 euros que se pueden ir incrementando a medida que donan. Y también hay incentivos si traen amigas.
Existe una tensión entre una donación supuestamente altruista y esta compensación económica.
— Se habla de ello como si fuera una donación altruista, pero en la práctica este dinero sí que representa un incentivo para algunas mujeres. Pero esta narrativa altruista también tiene un sesgo de género. El peso moral recae sobre ellas. ¿Por qué se supone que esta donación debería ser altruista? ¿Y las clínicas, que lo hacen altruistamente? El resto de actores están ganando dinero. En mis entrevistas era muy evidente esta dicotomía. Algunas hasta sentían un poco de vergüenza de reconocer que lo hacían por dinero. Al final, esto que están haciendo las mujeres es un trabajo reproductivo que está sosteniendo una gran industria. Y esta narrativa del altruismo hace que las mujeres sean voluntarias y no trabajadoras y, por lo tanto, como voluntarias, no pueden negociar condiciones.
Aparte de las pruebas genéticas, las donantes también son evaluadas, explicas, por su comportamiento.
— Sí, el proceso de donación pide mucha implicación por parte de la donante: deberá inyectarse medicación diariamente durante dos semanas o más, deberá ir a diferentes controles, deberá soportar los cambios físicos que se producen y deberá pasar por el quirófano. Y las clínicas también miran hasta qué punto se puede confiar en aquella persona y que podrá seguir el tratamiento correctamente. Y por eso hacen mucho seguimiento por WhatsApp para preguntar si se han medicado, a qué hora... Y la compensación económica no está asegurada hasta el final.
¿Existe una relación ambivalente entre clínicas y donantes?
— Es una relación de control pero también de cuidado y que tiene un trasfondo económico. Ellos dependen mucho de las donantes. Dedican muchos esfuerzos a la gestión de la donante porque ahora mismo hay mucha competencia. Pero a la vez es una presencia que incomoda.
¿Hay una desigualdad de clase entre las mujeres que dan y las que reciben los óvulos? Explica que un 24,8% de las donantes de óvulos son nacidas en el extranjero.
— Hay una brecha de clase que también está muy relacionada con la edad. Estamos hablando de chicas de 20 años versus mujeres de entre 40 y 45 años o más. Solo este factor de edad ya tendrá mucho que ver con su capacidad económica o en qué momento vital están. Y también hay un gran número de donantes que son inmigrantes. Aquí, por ejemplo, las clínicas valoran mucho a la donante extranjera de países del este de Europa porque aporta un fenotipo que les cuesta encontrar entre la población española. Les gusta tener un pool de todo.
¿En qué condiciones donan? ¿Cuáles son los riesgos? ¿Las donantes tienen suficiente información de todo el proceso?
— La clínica es la única mediadora de información, y esto, en parte, es gracias al anonimato. Cuando las receptoras preguntan quiénes son las donantes, las que responden son las clínicas, y no suelen decir muchas de las cosas de las que estamos hablando ahora. Lo que las clínicas saben y comunican a las donantes, porque está en el consentimiento informado, son los riesgos a corto plazo. Pero hay pocos estudios sobre los riesgos a largo plazo y el consentimiento informado no habla de ellos. Y otra cosa que las donantes no saben es cómo funciona el mercado reproductivo global: no saben qué pasará con sus óvulos, pero tampoco saben el valor económico que tendrán una vez fuera de su cuerpo. Si lo supieran quizá reclamarían un trozo más grande del pastel.
Los hijos nacidos de técnicas de reproducción asistida han comenzado a alzar la voz y reclaman el derecho a conocer sus orígenes y que la donación deje de ser anónima. ¿Qué piensas, debería dejar de ser anónimo?
— Sí, creo que ahora mismo es lo que beneficiaría a más partes implicadas en el proceso. De alguna manera nos habían vendido una película, que era que la genética no importa, y resulta que hay gente que dice: "Escucha, yo no estoy de acuerdo. Yo ya sé quiénes son mis padres, pero igualmente quiero saber de dónde vengo". Y eso nos obliga a repensar los derechos, a repensar qué significa conocer tus orígenes biológicos, si tú puedes decidir por otro... No se puede negar que estas personas deberían tener derecho a elegir qué importancia tiene para ellos la genética. Además, el anonimato está haciendo opacas muchas partes del proceso.
Si la donación deja de ser anónima puede caer el número de donantes.
— Puede ser que para algunas mujeres ya no sea una opción y que tuviéramos, como pasa en otros países, listas de espera. Creo que la cuestión es cómo queremos hacerlo. ¿Poder conseguir todos estos embarazos justifica todo lo que hay en juego ahora mismo o preferimos dar un paso atrás y repensarlo? ¿Queremos crear relaciones diferentes con las donantes? ¿Queremos crear relaciones diferentes con nuestros hijos? También creo que es una manera de defender la familia de una manera más sólida que no pasa por la genética. Porque cuando tú prohíbes el acceso a esta información, el mensaje que das es que aquella información es tan importante que te la oculto porque podría trastocarlo todo. En cambio, este enfoque transparente es el mensaje contrario: que esto no tiene por qué desestabilizar mi familia.
Pero también pone freno a un negocio al alza.
— Evidentemente, el anonimato es uno de los pilares que han hecho que España pueda tener el negocio que tiene. Y la anulación del anonimato lo pone en peligro de manera clara. También es importante remarcar que ahora mismo la mayoría de clínicas de fertilidad han sido compradas por grandes fondos de inversión. Estamos hablando de una economía que no es local, es transnacional.
¿Qué es lo que más te ha sorprendido?
— Lo que a mí me impactó más es el trabajo que implica esta donación tanto física como emocionalmente, y que este trabajo está muy invisibilizado. No se ha descrito lo que implica este proceso, no sabemos qué situaciones concretas genera en la vida de estas personas que, como decíamos, están sosteniendo la industria entera, y es algo que pienso que deberíamos saber.