Se apaga la voz insobornable de José Manuel Caballero Bonald a los 94 años

Firme militante de la libertad y el espíritu crítico, era uno de los últimos miembros de la generación de los 50 y Premio Cervantes 2012

BarcelonaEl escritor José Manuel Caballero Bonald, junto con Francisco Brines era uno de los últimos miembros vivos de la generación de los 50 –la de Jaime Gil de Biedma, Juan Goytisolo, Antonio Gamoneda o José Ángel Valente– y premio Cervantes 2012, ha muerto este domingo por la mañana en Madrid a los 94 años. Cuando ganó aquel premio –"Era mi turno", dijo con su famosa sorna; "soy el escritor más viejo que existe en cualquier lugar"– afirmaba que ya no escribiría ningún otro libro después de Entreguerras (Seix Barral, 2012), un poema de tres mil versos que se puede leer como una autobiografía que complementa los libros de memorias Tiempo de guerras perdidas (1995), La costumbre de vivir (2001) y el apéndice Examen de ingenios (2011).

Sin embargo, Caballero Bonald no se paró, y dos años después presentaba Anatomía poética y se revelaba tomado por "una nueva noción de energía". Y todavía en 2017 publicaría un centenar de retratos literarios en Examen de ingenios llenos de ironía y morcacidad. "Al menos puedo presumir de perseverancia", había dicho en 2005 al recibir el premio Nacional de las Letras Españolas, cuando definió la literatura "como un buen sistema para defendernos de todo lo que nos impide ser más libres y felices".

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Poeta, novelista y ensayista, Caballero Bonald había afirmado: "No me interesa la vida tal como es, porque para eso saco la cabeza por la ventana". La poesía era su forma "de disidencia del mundo", también de la literatura. Este espíritu insurrecto fue la actitud que guio al escritor, firme en su compromiso político e intrépido en el literario. "Los que nunca se equivocan, los que van por la vida seguros de todo, no son más que imbéciles disfrazados", decía defendiendo el pensamiento crítico cuando publicó La noche no tiene paredes (2009). También había señalado la poesía como un espacio de libertad y consuelo "ante los trastornos y desalientos que nos pueda ofrecer la historia", el lugar donde defenderse "contra las ofensas de la vida", "una arma contra los desahucios de la razón".

Vigilando del poder

En 1952 publicaría su primer poemario, Las adivinaciones; con Memorias de poco tiempo (1954) su voz ya era poderosa y con Las horas muertas (1959) ganó el premio de la Crítica. Hijo de padre cubano y madre de origen francés, nació en Jerez de la Frontera en 1926, se licenció en filosofía y letras en Sevilla y durante tres años, de 1960 a 1962, ejerció de profesor en la Universidad Nacional de Colombia. Ahí tuvo su primer hijo y escribió la primera novela, Dos días de septiembre (1961), de la que renegaría, como le pasaría con el poemario Pliegos de cordel (1963), por ceñirse demasiado al realismo social de la época, él que ascendería hacia otra exigencia estética. De nuevo en España, tuvo varios encuentros con el franquismo, contra el que siempre militó desde el papel -incluso con un mes de prisión-, como la novela Ágata ojo de gato (1974), en la que Doñana es el paisaje de la degeneración moral. A pesar de que estaba instalado en Madrid, en el parque natural andaluz pasaba largas temporadas. "El escritor tiene que ser un vigilante del poder", decía en 2013, una máxima que aplicó siempre.

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Con El descrédito del héroe (1977), cumbre poética de aliento barroco, volvió a ganar el premio de la Crítica. Y vendrían otros galardones, por En la casa del padre (Premio Internacional Plaza & Janés, 1988) o por la apología de la insumisión de Manual de infractoras (Premio Nacional de poesía, 2006). Su obra poética se reúne en el volumen El tiempo que nos queda. También tuvo un papel clave como estudioso del flamenco, con grandes obras como Archivo del cante flamenco (1969).

Las reacciones hoy son de despedida a un hombre "de una sensibilidad única", según la portavoz del gobierno María Jesús Montero; un ejemplo de vida y obra, "un luchador antifranquista y genio de la palabra", para la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz; "uno de los grandes escritores de nuestro tiempo", según el ministerio de Cultura. Pero para los que lo conocieron y trataron, hoy se despide "un maestro", dice Fernando Aramburu, "se ha ido un hombre bueno".