Casas confortables de paja, madera o barro que resistirían un huracán
Girona tiene un ecosistema único de edificación sostenible que fomenta las viviendas con materiales naturales
GironaCasas construidas o reformadas con madera, tierra, paja o una amplia variedad de materiales biológicos proliferan en las comarcas gerundenses gracias a un ecosistema único en Cataluña que aglutina entidades de divulgación y formación, arquitectos, aparejadores y todo tipo de profesionales de la construcción sostenible. Es una red muy bien conectada que ayuda, entre muchas otras cosas, a formar autoconstructores, compartir experiencias, resolver dudas, conseguir mano de obra y encontrar materiales naturales con huella de carbono cero (o negativa).
Martí Ferrer, coordinador del área técnica de la asociación Grupo de Recuperación y Estudio de la Tradición Arquitectónica (GRETA), detalla un organigrama que, por complejidad y organización, está originando una efervescencia que expande las bondades de la bioconstrucción a sectores que hasta hace poco le eran refractarios.
Las patas del andamio gerundense de la bioconstrucción están formadas por GRETA, que hace divulgación, estudio y formación (con la Unión de Empresarios de la Construcción) y mira de influir en el planeamiento y el urbanismo; la Escola Taller de Bioconstrucció Orígens, que forma autoconstructores y programa cursos muy diversos, y la Xarxa Mora, que conecta 160 profesionales de la construcción sostenible en un activo grupo de WhatsApp en el que se resuelven dudas y necesidades. “Es un caso único, porque en Cataluña no hay una red estructurada y descentralizada como la gerundense”, concluye Ferrer.
Quiero una casa de paja y barro
¿Qué impulsa a una persona a encargar una casa de paja y barro? Laura Tàrrega, profesional especializada en la conservación y gestión de patrimonio cultural, tuvo conocimiento de las casas de adobe y de tierra cruda de Marruecos. “Es importante vivir en plena naturaleza. Yo había alquilado un gallinero rehabilitado, pero también me gusta la sensación de descanso que aportan estas casas orgánicas”, explica. Su casa de paja y barro, a medio construir en una parcela en la urbanización Mas Llunès (Bescanó), aprovechará al máximo el calor del sol en invierno a través de una galería cerrada con cristal que se abrirá en verano. La climatización será mínima. La estructura que sustenta la casa que han proyectado las arquitectas Olga Muñoz y Laia Escribà es de madera, con paredes huecas que se llenan con una mezcla de paja y barro, que Tàrrega, como muchos otros propietarios de casas de bioconstrucción, ha ayudado a amasar y a colocar. Después se revestirá con una mezcla con más tierra que paja, y una capa final de cal.
Ricard Turon, gerente de Genial Houses –estudio especializado en casas eficientes y sostenibles–, calcula que este tipo de viviendas pueden salir un 15% más caras que una casa de construcción tradicional, pero que tiene muchas ventajas que compensan con creces la inversión, como las mejoras en cuanto a “la huella de carbono, los gastos de mantenimiento o la permeabilidad del vapor de agua”. Carles Brunsó, encargado de la obra de la misma empresa, asegura con tono irónico que, ahora que está cerca de la jubilación, y que ya sabe hacer casas de madera, “llegan las casas de barro”. La participación de Genial Houses en este caso la consideran “un experimento” a partir del cual adquirirán muchos conocimientos. Las arquitectas que han proyectado la casa a partir de las necesidades de su clienta son, sin embargo, fervientes defensoras de la rehabilitación a partir de la bioconstrucción. “A menudo, es mejor mantener que derribar. A veces nos cargamos edificios fantásticos para hacer auténticas mierdas”, añade Laia Escribà. La obra comenzó en 2024 y ha ido avanzando en función de la disponibilidad de todos los participantes. La propietaria confía poder ir a vivir antes de un año.
Pionero de la tierra
Oriol Balliu, que trabaja bajo el nombre comercial de Puraterra, es uno de los pioneros de la construcción con tierra y su nombre acostumbra a aparecer en cualquier conversación sobre bioconstrucción. La casa familiar que levantó en La Pera (Baix Empordà) con su pareja, Marta Muñoz, se convirtió en su universidad y en la semilla de un cambio de vida profesional. La Pera ha sido durante años un lugar de peregrinación para quienes querían comprobar que una casa a base de panes de barro (técnica del COB) podía tener mucho empaque, y que si tenía “buenas botas y buen sombrero”, como dice Balliu, no hay chaparrón que la deshaga. En 2007 empezaron a sacar la tierra de un agujero del mismo terreno como material constructivo. Iban poniendo panes de tierra húmeda comprimidos dentro de un encofrado de madera. La casa se acabó en 2013 y el hueco que quedó lo convirtieron en una cisterna. La apasionante construcción de la casa hizo que Balliu dejara su trabajo como educador ambiental. Ahora se define como un constructor especialista en tierra que también produce materiales para este tipo de obras.
Mierda de vaca impermeable
“La tierra es el material más universal, más económico y más sostenible. Por eso históricamente encuentras casas de tierra por doquier; en Cataluña, en Francia, en Marruecos o en la India”, explica Balliu, que advierte que hay que cambiar los criterios actuales de la construcción, “que se come el 40% de la energía del país”. Balliu cree que la edificación está demasiado enfocada al aislamiento, y lo que hace falta es “actuar sobre la temperatura del edificio, no sobre el aire”. Admite que estas casas resultan más caras, “pero es que no se puede competir con el pladur”. El secreto para abaratarlas es la autoconstrucción. “Es una gozada participar en la construcción de tu propia casa y empezar a ahorrar. Y que la llave te la dé el carpintero y no el API”, asegura.
Balliu explica que el cáñamo, la cáscara de arroz, la paja, el girasol, la lana de oveja y algunos subproductos agrícolas están entrando con fuerza en el mundo de la bioconstrucción, y a modo de curiosidad destaca que su casa tiene un revestimiento exterior con un 25% de estiércol de vaca, que es “el mejor aditivo impermeabilizante de proximidad”.
Restaurar con gusto y conciencia
Es difícil encontrar un ejemplo de una restauración urbana integral hecha con más gusto, imaginación y variedad de materiales biológicos y recuperados que la que han llevado a cabo en su casa del barrio de Santa Eugènia de Girona Carola Pérez-Badua y Gerard Mateu, que están al frente del estudio Consciència, desde donde promueven proyectos integrales de restauración de espacios con historia. La “lista de los ingredientes” de su casa es inacabable: cáscara de arroz de Pals, cantos de río, barro, paja, madera, caña, bambú, cal, piedra, troncos de árboles caídos, pigmentos naturales, pavimentos antiguos o ladrillos recuperados de una tejería abandonada.
Han conseguido insuflar nueva vida a una casa anodina que llevaba 10 años tapiada en un lugar aparentemente poco atractivo, entre talleres, huertos y bloques de pisos. Gerard Mateu lleva 20 años dedicándose a la bioconstrucción, después de hacer de pintor y artista de performance, y como muchos otros profesionales de este sector, es capaz de hacer todos los papeles de la baraja: albañil, estucador, carpintero o incluso interiorista, aunque esta es la especialidad de su pareja Carola. Ambos comparten un interés por reaprovechar materiales que no está reñido con la estética. Compraron la casa en 2018, pero no pudieron empezar las obras hasta 2020. “Lo hicimos poco a poco, sin endeudarnos, a medida que teníamos el dinero, aunque fue una obra importante, ya que solo dejamos las cuatro paredes”, destaca Pérez-Badua. Participar activamente en buena parte de la construcción y tener a mano los profesionales adecuados les ahorró mucho dinero. “Girona ha sido pionera en juntar bioconstructores: lampistas, albañiles, constructores, carpinteros, estucadores, cesteros y otras especialidades”, asegura Mateu.
Paja en el techo y guijarros en los cimientos
La tuvieron lista para ir a vivir en 2024. Son 110 m² útiles donde se priorizan los espacios abiertos, con un techo aislado con balas de paja y un suelo que evita la humedad con un forjado sanitario de cantos de río que crea una cámara de aire ventilada y estabiliza la construcción.
La humedad se mantiene constante entre el 50 y el 60%, tanto en verano como en invierno, gracias a una segunda piel de 6 metros cúbicos de arcilla con la que han recubierto los interiores. El gasto energético es muy bajo y pronto, a partir de los balances energéticos, tienen previsto poner las placas fotovoltaicas que necesitan. Tienen un pozo que, de momento, usan para regar los techos verdes, como el del garaje. En 2024 se mudaron allí, aunque todavía les faltan detalles. Pérez-Badua asegura que la restauración de casas abandonadas es a menudo “más creativo y divertido que hacer una casa nueva, además de que construir resulta carísimo”. Muchos gerundenses conocen el trabajo del estudio Consciència por la restauración de La Brutal, la hamburguesería del barrio viejo de Girona que impulsó el cocinero televisivo Marc Ribas.
Apología de la bioconstrucción
El bioconstructor mallorquín Siddhu Sintes, establecido en la Garrotxa, explica que empezó a construir “como respuesta a una necesidad personal de vivienda”. Este primer contacto con materiales naturales y reciclados hizo que convirtiera la tierra cruda, la piedra, la madera, la paja o la cal en la base de sus construcciones. “La tierra cruda es esencial; tiene una presencia universal, se puede amasar, compactar y reutilizar sin añadir energía”, explica con gran vocación didáctica. “La tierra en el interior regula la humedad, la temperatura, absorbe malos olores y el ruido. La sensación térmica es incomparable a la que ofrece cualquier otro material”, añade. Según Sintes, la industria actual está construyendo casas con elementos tóxicos: plásticos, pinturas, compuestos orgánicos volátiles (COV). “A veces, el aire de dentro de una casa es peor que en la calle —advierte—. Mi madre tuvo insomnio durante más de 20 años y cuando durmió por primera vez en nuestra casa de tierra y paja se levantó por la mañana y dijo: «He dormido de maravilla»”. Según este bioconstructor, basta con que una casa sea enlucida con tierra para dotarla de más bienestar. Cree que ahora lo que falta es unir “estética contemporánea con material natural” para recuperar el corte en la transmisión de conocimiento que sufrió la construcción tradicional.
Todo el mundo se da cuenta de que la bioconstrucción tiene que crecer porque las directivas de la UE reclaman la descarbonización. Un material poco procesado tiene poca energía encapsulada y “el sector de la construcción se encuentra hoy ante una reconversión como la del sector industrial en los 80”, asegura Sintes.
Una casa que sonará bien
Miquel Vilarrasa, músico e ingeniero agrícola, amasó él solo, a mano, un millar de piezas de toba (mezclando tierra del mismo terreno y paja) que han servido para los interiores de la planta baja de la casa que se está haciendo en Riudaura, la Garrotxa. De momento, asegura que no llega a los 1.500 o 2.000 euros el metro construido que se suele poner de baremo de las casas de bioconstrucción. Seguramente, añade, es porque ha invertido “muchas horas de mano de obra”. Empezó la casa hace 3 años y va avanzando a medida que tiene dinero. En el exterior hay 580 balas de paja revestidas con una transición de arcilla, arcilla con cal y una capa final de cal, que es el material tradicional de protección exterior en casi el 90% de este tipo de construcciones. La casa ha sido diseñada por el arquitecto Mirco Zecchetto, de Casa Pasiva, que ofrece asesoramiento y opciones para universalizar y abaratar la bioconstrucción. Jesús Ramírez, aparejador y constructor de muros de tapia, explica que la casa se ha hecho con el sistema CUT (del inglés Cell Under Tension, célula bajo tensión) de doble montante de madera, donde se coloca la bala de paja y se comprime. Un listón sirve para sujetar cada dos balas de paja. Vilarrasa explica que el proceso constructivo ha sido muy divertido y que, como toca el trombón y el fiscorno, apreciará mucho la absorción del sonido que le proporcionará la casa. Está decidido a entrar a vivir en ella en invierno.
Según los cálculos del constructor, una casa como la de Riudaura retira de la atmósfera el mismo dióxido de carbono que emiten durante su construcción dos casas como esta con materiales convencionales. “Cuando las grandes constructoras incorporen a fondo el paradigma del equilibrio de CO₂ es cuando irá de verdad”, aseguran el arquitecto y el aparejador.
Predicar con el ejemplo
El círculo de esta ruta por la bioconstrucción se cierra con un proyecto valiente: la rehabilitación de La Llereda, una casa en régimen de masovería tradicional con contrato de alquiler en Cogolls (Les Planes d’Hostoles), donde Martí Ferrer y su pareja Bàrbara están aplicando técnicas tradicionales. En un espacio aislado y de acceso dificultoso, sin agua, la casa quedó hace años a medio reformar. La Llereda está dentro de una finca de 112 hectáreas de un solo propietario donde hay dos casas más: El Vilar, dedicada al turismo rural y la huerta ecológica; y El Portet, que combina el turismo rural con la elaboración de queso con un rebaño de cabras. La rehabilitación avanza en función del dinero y el tiempo para convertir la casa grande en un centro formativo de la bioconstrucción, con aulas y alojamientos. De momento, viven en una confortable palliza reformada de 50 metros cuadrados, optimizando todos los rincones. Recogen agua del terreno en invierno, que usan para regar un huerto con unas tomateras lozanas que crecen a la sombra de las mimbreras, que después servirán para hacer cercas y cestos. Aquí, todo se aprovecha.