Arte

El hombre que miró el mundo con polvos de alegría y melancolía

La retrospectiva de la Tate Britain de 2017 fue la celebración de toda una vida y, al mismo tiempo, una despedida anticipada de David Hockney

Retrato de un artista (piscina con dos figuras)
12/06/2026
2 min

LondresLa gran retrospectiva que la Tate Britain dedicó a David Hockney en 2017 –disfruté del enorme privilegio de verla en petit comité, sin preocuparme de las enormes aglomeraciones que provocó– tuvo algo de celebración y, al mismo tiempo, de despedida anticipada. Era una exposición que no solo repasaba seis décadas de trabajo: pretendía y lograba enseñar los pormenores de un artista que había convertido la vitalidad en una forma de resistencia. Hockney, ya a las puertas de cumplir ochenta años, pintaba cada día con la urgencia de alguien que sabía que el tiempo es finito, pero que aún tiene cosas que decir y / o que se interrogaba y se esforzaba por intentar decir cosas nuevas.

Retrato de un artista (piscina con dos figuras)Ni siquiera cuando experimentaba con iPads, iPhones o vídeos multieje. Quizás no eran sus obras más inspiradas –o quizás eran tan recientes que le resultaban nuevas al espectador, acostumbrado a fijarse en sus clásicos–, pero revelaban una curiosidad permanente que no se oxida.

El centro de la muestra lo ocupaban lo que podemos llamar las piscinas y los dobles retratos. Obras que me recordaban por qué David Hockney es un clásico contemporáneo: porque sabe convertir la luz en psicología. El Retrato de un artista (piscina con dos figuras), tras su apariencia cristalina, sigue siendo uno de los grandes cuadros sobre la pérdida, la ruptura y el deseo. Y verlo allí en la Tate, en diálogo con A bigger splash, era reencontrar a un artista que, con una estética agradable y cálida, quizás hacía creer en un primer instante que solo pintaba la superficie. Nada más lejos de la verdad, porque el verdadero mensaje que nos dirigía era mostrarnos lo que se escondía debajo.

La retrospectiva acababa con los paisajes recientes, de una intensidad cromática casi desbordada. Hockney reivindicaba allí que su arte nuevo tenía raíces antiguas, y era cierto: Garrowby Hill y Mulholland Drive resonaban allí como ecos de un mismo impulso, el de un hombre que mira el mundo con una mezcla de alegría y melancolía.

Ahora que David Hockney ya no está, aquella exposición se recuerda como lo que él mismo dijo que era: un vistazo a toda una vida. Y también como una invitación a mirar con la misma obstinación que él hizo a lo largo de toda su carrera: sin miedo al color, al deseo ni al paso del tiempo.

stats