Cine
Cultura 15/02/2022

La Berlinale ovaciona a Carla Simón por su extraordinario retrato de la familia y la vida rural

La gran acogida de 'Alcarràs' dispara sus posibilidades de ganar el Oso de Oro del festival

4 min
Carla Simón, directora y guionista de cine

BerlínDejémoslo claro desde el principio: la nueva película de Carla Simón, Alcarràs, no es Verano 1993. Es todavía mejor, de hecho. Más compleja, más ambiciosa, más exigente con el espectador y, al mismo tiempo, más generosa y profunda. No tiene un viaje emocional tan definido como el de Frida en Verano 1993 ni una catarsis emocional final pero es un film inteligente y poderoso, un retrato extraordinario de una familia y de una manera vivir la relación con la tierra. Y así lo ha entendido también la prensa acreditada en la Berlinale, donde después de unas jornadas irregulares, con una programación en general discreta, este martes ha dedicado a la película de Simón una ovación, la primera de una competición oficial a punto de cerrarse y donde no es nada disparatado soñar con un Oso de Oro catalán.

Alcarràs empieza con una escena que parece extraída de Verano 1993: tres niños viviendo aventuras imaginarias en un coche abandonado. Pero poco a poco nos damos cuenta de que el territorio en el que se mueve Simón no son los juegos infantiles sino el drama de una familia de labradores que ve cómo se rompe el acuerdo verbal que durante décadas les ha permitido cultivar melocotoneros en un terreno donde el nuevo propietario, el heredero de las tierras, quiere instalar placas solares después de hacer una última cosecha. El dueño les ofrece hacerse cargo del mantenimiento de las placas, pero no es solo dinero lo que está en juego sino una manera de vivir y su propia identidad.

Fotograma del film 'Alcarràs', de Carla Simón

Una historia con raíces familiares

“La agricultura es un oficio que pasa de generación en generación y en el que hay poco planteamiento de lo que quieres hacer en la vida –explica Simón–. Pero aquí de repente se ven obligados a planteárselo y esto crea una crisis familiar, porque los hay que están de acuerdo con trabajar las placas y otros no lo harán nunca”. Como Verano 1993, la historia surge de las circunstancias vitales de la directora, pero no de una manera tan directa. “Mis tíos han cultivado melocotoneros en Alcarràs toda la vida –explica–. Mi madre adoptiva es de allí e íbamos a pasar allí las Navidades y el verano. Y cuando murió su padrino, sentí la necesidad de poner en valor su legado y me pregunté qué pasará cuando todo esto desaparezca, que es una pregunta que, tal como está la agricultura, está siempre sobre la mesa. Pero mis tíos sí que heredaron la tierra; por lo tanto, la historia no es tan fiel a la realidad como Verano 1993”.

No es el único cambio importante respecto a Verano 1993, puesto que ahora Simón trabaja exclusivamente con actores no profesionales que el equipo encontró visitando las fiestas mayores de pueblos del Segrià y el Pla d'Urgell antes de la pandemia. Pero el resultado final es extraordinario y aporta una naturalidad enorme a la película, y eso que el reto era mayúsculo porque el reparto no solo tenía que encajar en los personajes escritos por Simón, sino recrear las dinámicas y ritmos de una familia. “Durante el casting, yo pensaba: «Ojalá encontremos una familia». Pero no pudo ser, todos son de pueblos diferentes, así que hicimos un proceso similar al de las niñas de Verano 1993: primero fuimos quedando para tejer las relaciones familiares improvisando escenas que habrían podido pasar antes de la película. Y cuando a los dos meses y medio nos sentamos para leer el guion, ellos tenían unos vínculos que sentían de verdad. De hecho, ahora se continúan llamándose por los nombres de la película: papá, mamá, padrino...”

Protagonismo coral

La grandeza de Alcarràs descansa en la facilidad con la que hace sencillo lo más difícil, como por ejemplo encajar el rompecabezas de personajes de una película que, pese al punto de vista de la hija adolescente de la familia, es absolutamente coral. “Tenía un gran deseo de explicar qué significa formar parte de una gran familia y qué pasa cuando vive mucha gente en un lugar donde pasan muchas cosas y las emociones les afectan como un efecto dominó”. Esta mirada colectiva se transmite también en la misma película, que huye de maniqueísmos y trata de entender a todos los personajes, incluso al propietario que quiere poner placas en la tierra. “El señor que recibe en herencia las tierras también tiene derecho a preguntarse hasta cuándo tiene que durar el acuerdo de su abuelo –dice Simón–. Y que sean placas plantea un dilema interesante, porque la energía solar es una cosa que el mundo también necesita”.

En el fondo, Alcarràs es un réquiem por un mundo que se acaba, una carta de amor a una agricultura familiar que no se idealiza porque se explica siempre desde el punto de vista de los protagonistas. “Si se pierde la agricultura familiar se perderá el cuidar la tierra, que es el oficio más viejo de la humanidad, no la prostitución –dice Simón–. Cuando cultivas en familia quieres que aquella tierra siga dando frutos a tus hijos y nietos, es un oficio que se transmite de generación en generación. Pero los agricultores viven un momento poco esperanzador. Empecé la película pensando que al final tenía que haber luz, pero a medida que hablaba con los agricultores veía que ni ellos quieren que los hijos trabajen la tierra, quieren que estudien y se marchen”. La luz del final de Alcarràs es quizás la misma familia, a quién Simón retrata como refugio y bastión de defensa durante las crisis.

La opción más arriesgada merece premio

Alejarse del camino marcado por Verano 1993, la película catalana más aclamada de la última década, fue una decisión meditada por la directora y su productora, María Zamora. De hecho, tenían otro proyecto entre manos más pareciendo a Verano 1993, pero se decidieron por la opción más diferente. “Mentiría si dijera que no me preocupa que Alcarràs guste menos que Verano 1993 –admite la directora–. Pero para mí cada proyecto tiene que ser un reto nuevo y yo Alcarràs la siento como un paso adelante”. El atrevimiento de Simón tendría que tener premio en esta Berlinale a medio gas por las medidas de seguridad y una competición irregular. En el palmarés de este miércoles tampoco tendría que faltar Un año, una noche de Isaki Lacuesta, el Deseando querer indonesio de Nana, la perturbadora Rimini de Ulrich Seidl y el último trabajo de Hong Sang-soo, The novelist film.

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