Besos eléctricos en el Festival de Cannes
Anaïs Demoustier y Pio Marmaï protagonizan el film inaugural ‘La Vénus électrique’, una comedia de época ambientada en el París de los años 20 del siglo XX
Enviado especial al Festival de CannesEn una escena de La Vénus électrique, la comedia de enredos sentimentales y artísticos que ha inaugurado este martes el Festival de Cannes, uno de los personajes reprocha al pintor interpretado por Pio Marmaï que los cuadros que acaba de mostrarle son laboriosos, bien realizados, correctos. “En resumen, horribles”, remata. Sería injusto aplicar un juicio tan estricto a la película de Pierre Salvadori, que también se puede ver como un ejercicio eficaz de artesanía fílmica, discreta pero con cierto encanto y un buen trabajo interpretativo. Su principal problema es, una vez más, el contexto: abrir el festival más importante del mundo no es fácil para una película que va en busca del público sin más intención que entretener y extraer algunas sonrisas. Una ambición que en Cannes puede parecer incluso contracultural.
Anaïs Demoustier interpreta a Suzanne, una feriante que, en el París de hace un siglo, actúa en un espectáculo de circo muy peculiar: conectada a un aparato eléctrico, los hombres del público pagan por darle un beso al mismo tiempo que la electricidad recorre sus cuerpos y les provoca “un éxtasis doloroso”, sobre todo a ella, que tiene las palmas de las manos abrasadas de tanto repetir el número. Sin embargo, un día se hace pasar por médium para sacarle unos francos a un pintor atormentado por la culpa y el duelo, y comienza a verlo con regularidad, ya que sus sesiones fraudulentas –que realiza con la complicidad interesada de un marchante de arte– desbloquean su creatividad y lo vuelven a hacer pintar.
La Vénus électrique se podría limitar a explotar la comedia inherente al juego de falsas identidades de la médium y su previsible enamoramiento del pintor, pero va más allá cuando, a través del descubrimiento de los diarios de Irène, la expareja muerta del pintor, Suzanne se ve atrapada por la historia de esta mujer fascinante, una amante del arte y de los artistas que no se resigna al papel de musa. Este giro inesperado de la película y la pulida escritura de un guion con más capas de lo que parecía inicialmente –firmado, entre otros, por Robin Campillo– compensan la rigidez académica de la dirección de Salvadori, de un aire impersonal que no hace ningún favor a una película que, por cierto, se estrena este mismo martes en los cines de Francia, una tradición del festival que demuestra la íntima relación que existe entre Cannes y la industria del cine francés pero que, por fuerza, limita el abanico de posibilidades a la hora de elegir el film inaugural.