Suede se entusiasman en el homenaje del Cruïlla a los años 90
La banda británica brilla en la segunda jornada del festival en el Parc del Fòrum
BarcelonaLos grandes festivales de Barcelona son hijos de los años noventa del siglo XX. También el Cruïlla, aunque la primera edición se hiciera en pleno siglo XXI. El director, Jordi Herreruela, vivió la época más impetuosa de su juventud precisamente en aquella época. Por tanto, no es extraño que la programación del Cruïlla reserve espacio para la música de aquellos años, como pasa en el Primavera Sound y en el Sónar. Cada generación tiene derecho a construir su nostalgia, pero en los macrofestivales barceloneses parece que el recuerdo de los noventa tiene más peso que otros. Como un homenaje a la generación que ya ha superado los cincuenta se puede interpretar la programación de la segunda jornada del Cruïlla, con Suede, Pixies y Garbage en los escenarios principales del Parc del Fòrum.
Suficiente gente tenía ganas de Suede, y media hora antes del concierto ya tomaban posiciones en el escenario Occident. A las ocho y media, el sol implacable de la tarde había cedido las armas al bochorno. Sin embargo, no parecía afectar al elegante glamour del británico Brett Anderson, que arrancó la actuación con Disintegrate, una de las tres canciones del disco Antidepressants (2025) que acostumbra a tocar en esta gira. Son piezas sobrias que dignifican el presente de la banda, Disintegrate con guitarras vigorosas y un estribillo que juega en la liga del pop épico. Eso sí, el concierto transitó con generosidad por los álbumes de los noventa. De inmediato sonaron Trash y Animal nitrate. En la primera, le bastó lanzar la melodía y colocar el pie en el monitor para que el público desbordara el entusiasmo y cantara “Just trash, me and you / It's in everything we do”. Con Animal nitrate puso el concierto en el territorio de las leyendas. La entrega era recíproca, como el reencuentro feliz de dos amantes que hace tiempo que han superado la etapa de los reproches. Anderson cantaba cerca del límite del escenario, y en The drowners decidió que quería bajar y cantar entre el público. Todo eso en el primer cuarto de hora. El romanticismo de The 2 of us apagó la efervescencia, pero el crescendo final de la canción volvió a elevar la noche. Siempre con contundencia sonora y tonos de carisma vocal y escénico, fueron asomando Filmstar, Can’t get enough… y Suede condujeron el repertorio hacia joyas que continúan brillando treinta años después como So young y Beautiful ones. Los Pixies, en el momento de cerrar esta crónica, no lo tenían fácil para superar la exhibición de Suede.
Un rato antes, los norteamericanos Garbage aparecieron en el escenario Estrella Damm de riguroso negro con la excepción de las botas rojas de Shirley Manson, una estética gótica que es todo un reto teniendo en cuenta la calurosa que hacía. Arrancaron con algunos de sus temas recientes, como There’s no future in optimism y Empty, pero enseguida hicieron una concesión a la nostalgia tocando I think I’m paranoid, una de las canciones más populares de su discografía. A pesar de ser una diosa del rock, Manson demostró también ser humana cuando admitió que el calor era insoportable y dio las gracias al público por acompañarles a pesar de un tiempo “horroroso”. Incluso pronosticó que en el futuro festivales como el Cruïlla se tendrán que hacer en recintos cerrados (y climatizados) para evitar las consecuencias más duras de la emergencia climática.
“Sois muy fuertes”, dijo poco antes de profesar su amor por Barcelona. “Esta mañana he corrido las cortinas de mi habitación y he visto la maravillosa Sagrada Familia, en un estado muy diferente al de la última vez que la vi. Es un gran testimonio de lo que la humanidad puede conseguir si dedica sus esfuerzos a cosas bonitas”, remarcó. Y si The Cure fue protagonista del Primavera Sound, a través de Garbage también lo ha sido parcialmente del Cruïlla, ya que la banda homenajeó al grupo de Robert Smith con una versión de Lovesong. Otros momentos destacados del concierto fueron Special y Cherry lips’ (go baby go!), a pesar de que la primera no sonó lo bastante redonda. Manson dedicó uno de los clásicos de la banda, When I grow up, a los fans acérrimos, sin los cuales no habrían tenido una carrera longeva. “Esta canción la escribimos hace treinta años. Hemos pasado muchas cosas juntos y ha sido un privilegio veros crecer. Los fans creen que las bandas no les prestamos atención, pero en nuestro caso no es así”, dijo Manson, que en algunos instantes del concierto ha estado al borde de las lágrimas.
El imperio del sol
“No dejen de inventarse planes”, dijo Enric Montefusco justo antes de cerrar el concierto del grupo barcelonés Standstill en el Escenario Estrella Damm con la canción Adelante Bonaparte. Eran las seis y media de la tarde y había un único plan: refugiarse a la sombra. Eso hizo el público, aprovechar la sombra que proyectaba el escenario. Allí donde acababa la sombra y mandaba el sol, solo algún temerario se atrevía para llegar a las barras. A diferencia de otros festivales, el precio de la bebida se mantiene igual que el año pasado: 4,50 euros los 400 cc de cerveza. Montefusco agradeció la presencia del público, claro, y anunció que habrá disco nuevo de Standstill.
Acto seguido, en el escenario Occident, el sol ejercía un poder imperial. El público de Mishima se situaba a la sombra frente al escenario o en un triángulo de cemento umbrío en un lateral. Entre los dos espacios, un vacío. Los cinco miembros de Mishima, de negro como manda el amor de rima sofisticada, desplegaron oficio y sensibilidad, con David Carabén pronunciando con intención cada tónica de La vella ferida y compartiendo con el público la miniatura Cert, clar i breu. Curiosamente, o inexplicablemente, era la primera vez que Mishima tocaban en el Cruïlla. Quizás eso fue un aliciente extra. El caso es que hicieron un muy buen concierto, y el público respondió alzando clásicos como La forma d’un sentit, Menteix la primavera, Guspira, estel o carícia, Qui n’ha begut, Tot torna a començar (la culminación del concierto con todo el mundo aullando) y otros como El temple, con aquel final de armonías vocales, mandolina y teclado con sonoridad de órgano. Nostalgia de los 2000 y los 2010, claro, activada por un grupo sólido que mantiene un nivel de compromiso artístico altísimo. No hacerlo así sería estropear un legado extraordinario. “Estoy repasando caras y estáis todos. Toda la historia de Mishima. Hay caras del 2003, del 2025… Hemos dado la tabarra durante muchos años”, dijo Carabén agradecido y mirando al público antes de anunciar que están preparando un disco nuevo.
A la misma hora que Mishima, el sol distribuía al público de la mallorquina Maika Makovski en el escenario Vueling: en la parte de sombra de las gradas y a resguardo de la mesa de sonido. Los más resistentes seguían el concierto muy de cerca para no perderse todos los detalles que ponía en formación de octeto, incluidas violinista y metales. Más tarde, en la carpa Imagin, las barcelonesas Alosa, las más jóvenes de la jornada, confirmaron el poder de convocatoria que tienen desde que publicaron el disco El primer cant del matí (2025). A pesar del ambiente saunístico del espacio, fueron muchas las personas que quisieron celebrar la frescura folclórica de Giulietta Vidal e Irene Romo. Pandereta cuadrada, violonchelo y armonías a dos voces mandan, y bajo y guitarra dan cuerpo a un repertorio que merece mejores condiciones climáticas. La emergencia climática también condiciona el disfrute de la música en directo…