Música

Suede entusiasmados en el homenaje del Cruïlla a los años 90

La banda británica y los Pixies brillan en la segunda jornada del festival en el Parc del Fòrum

Suede en un momento de la actuación.
10/07/2026 - 01:40 h.
7 min

BarcelonaLos grandes festivales de Barcelona son hijos de los años noventa del siglo XX. También el Cruïlla, aunque la primera edición se hiciera en pleno siglo XXI. El director, Jordi Herreruela, vivió la época más impetuosa de su juventud precisamente en aquella época. Por lo tanto, no es extraño que la programación del Cruïlla reserve espacio para la música de aquellos años, como pasa en el Primavera Sound y en el Sónar. Cada generación tiene derecho a construir su nostalgia, pero en los macrofestivales barceloneses parece que el recuerdo de los noventa tiene más peso que otros. Como un homenaje a la generación que ya ha superado los cincuenta se puede interpretar la programación de la segunda jornada del Cruïlla, con Suede, Pixies y Garbage en los escenarios principales del Parc del Fòrum.

Suficiente gente tenía ganas de Suede, y media hora antes del concierto ya tomaban posiciones en el escenario Occident. A tres cuartos de nueve, el sol implacable de la tarde había cedido las armas al bochorno. Sin embargo, no parecía afectar el elegante glamour del británico Brett Anderson, que arrancó la actuación con Disintegrate, una de las tres canciones del disco Antidepressants (2025) que acostumbra a tocar en esta gira. Son piezas sobrias que dignifican el presente de la banda, Disintegrate con guitarras vigorosas y un estribillo que juega en la liga del pop épico. Eso sí, el concierto transitó con generosidad por los álbumes de los noventa. Enseguida sonaron Trash y Animal nitrate. En la primera, le bastó lanzar la melodía y colocar el pie en el monitor para que el público desbordara el entusiasmo y cantara “Just trash, me and you / It's in everything we do”. Con Animal nitrate puso el concierto en el territorio de las leyendas. La entrega era recíproca, como el reencuentro feliz de dos amantes que hace tiempo han superado la etapa de los reproches. Anderson cantaba cerca del límite del escenario, y en The drowners decidió que quería bajar y cantar entre el público. Todo esto en el primer cuarto de hora. El romanticismo de The 2 of us apaciguó la efervescencia, pero el crescendo final de la canción volvió a elevar la noche. Siempre con contundencia sonora y tonos de carisma vocal y escénico, fueron asomando Filmstar, Can’t get enough… y Suede condujeron el repertorio hacia joyas que continúan brillando treinta años después como So young y Beautiful ones.

Black Francis durante el concierto de los Pixies en el Cruïlla 2026.

El cielo de los Pixies

La apoteosis final de Brett Anderson empapado de sudor y felicidad entre el público dio paso a Pixies, cabezas de cartel en el escenario Estrella Damm. El grupo de Boston arrancó como Pogačar en el Tourmalet: sin nada que perder y con contundencia. Tanta energía había, que si cerrabas los ojos podías pensar que encima del escenario había una panda de jóvenes de 20 años y no tres de los cuatro músicos que fundaron Pixies hace cuarenta años. Ante una multitud, Black Francis/Frank Black lideró la descarga de aquel rock de espíritu melódico que tanto debía al hardcore-punk de Hüsker Dü. Joey Santiago no tardó mucho en exprimir la distorsión de la guitarra (y en jugar rozándole la gorra por el mástil), y entre el batería Dave Lovering y la nueva bajista Emma Richardson terminaron de completar la versión más guerrera del grupo.

Poco a poco, el ritmo rocoso se moderó lo suficiente para hacer prevalecer el arsenal melódico de hits alternativos como Here comes your man y Wave of mutilation. Los Pixies no siempre han estado a la altura de lo que representaron a principios de los noventa, pero con conciertos como el del Cruïlla convencen a los más escépticos. La manera como propulsaron Isla de encanta sacudió al público. Podían haber descansado para asimilar la ovación, pero prefirieron seguir adelante sin pausa y enlazarla con una versión de Head on de The Jesus and Mary Chain. Solo cuando ya llevaban una hora de concierto bajaron el ímpetu. Una Velouria más gritada que cantada abrió un pasaje menos exitoso que provocó algunas deserciones entre el público, hasta que el riff de Debaser y el estribillo de Monkey gone to heaven subieron nuevamente la intensidad. Santiago volvió a lucirse gestionando la distorsión y el público recuperó versos que podía repetir en bucle.

En este tramo final pasaron cosas muy jugosas. Richardson cantó In heaven, la versión de David Lynch y Peter Ivers, con una indolencia misteriosa muy adecuada, y más adelante Winterlong, de Neil Young, con Santiago oponiéndose a ser un Crazy Horse. Black Francis introdujo con la acústica Where is my mind? antes de que el bajo y la batería bombean el interrogante, la guitarra inyectase electricidad y el Fórum gritase el título de la canción y corease el riff circular en pleno éxtasis nostálgico. Y, finalmente, Into the white cerró 95 minutos muy provechosos en manos de los Pixies.

Shirley Manson durante el concierto de Garbage en el Cruïlla 2026.

Unas horas antes, los norteamericanos Garbage aparecieron en el escenario Estrella Damm de riguroso negro con la excepción de las botas rojas de Shirley Manson, una estética gótica que es todo un reto teniendo en cuenta la calurosa noche que hacía. Arrancaron con algunos de sus temas recientes, como There’s no future in optimism y Empty, pero enseguida hicieron una concesión a la nostalgia tocando I think I’m paranoid, una de las canciones más populares de su discografía. A pesar de ser una diosa del rock, Manson demostró también ser humana cuando admitió que el calor era insoportable y dio las gracias al público por acompañarles a pesar de un tiempo “horroroso”. Incluso pronosticó que en el futuro festivales como el Cruïlla se tendrán que hacer en recintos cerrados (y climatizados) para evitar las consecuencias más duras de la emergencia climática.

“Sois muy fuertes”, dijo poco antes de profesar su amor por Barcelona. “Esta mañana he corrido las cortinas de mi habitación y he visto la maravillosa Sagrada Familia, en un estado muy diferente al de la última vez que la vi. Es un gran testimonio de lo que la humanidad puede conseguir si dedica sus esfuerzos a cosas bonitas”, remarcó. Y si The Cure fue protagonista del Primavera Sound, a través de Garbage también lo ha sido parcialmente del Cruïlla, ya que la banda homenajeó al grupo de Robert Smith con una versión de Lovesong. Otros momentos destacados del concierto fueron Special y Cherry lips’ (go baby go!), a pesar de que la primera no sonó lo suficientemente redonda. Manson dedicó uno de los clásicos de la banda, When I grow up, a los fans acérrimos, sin los cuales no habrían tenido una carrera longeva. “Esta canción la escribimos hace treinta años. Hemos pasado muchas cosas juntos y ha sido un privilegio veros crecer. Los fans creen que las bandas no les prestamos atención, pero en nuestro caso no es así”, dijo Manson, que en algunos instantes del concierto ha estado al borde de las lágrimas.

El imperio del sol

“No dejen de inventarse planes”, dijo Enric Montefusco justo antes de cerrar el concierto del grupo barcelonés Standstill en el Escenario Estrella Damm con la canción Adelante Bonaparte. Eran las seis y media de la tarde y había un único plan: refugiarse a la sombra. Es lo que hizo el público, aprovechar la sombra que proyectaba el escenario. Allí donde acababa la sombra y mandaba el sol, solo algún temerario se atrevía para llegar a las barras. A diferencia de otros festivales, el precio de la bebida se mantiene igual que el año pasado: 4,50 euros los 400 cc de cerveza. Montefusco agradeció la presencia del público, claro, y anunció que habrá disco nuevo de Standstill.

A continuación, en el escenario Occident, el sol ejercía un poder imperial. El público de Mishima se situaba a la sombra delante del escenario o en un triángulo de cemento sombrío en un lateral. Entre los dos espacios, un vacío. Los cinco miembros de Mishima, de negro como manda el amor de rima sofisticada, desplegaron oficio y sensibilidad, con David Carabén pronunciando con intención cada tónica de La vella ferida y compartiendo con el público la miniatura Cert, clar i breu. Curiosamente, o inexplicablemente, era la primera vez que Mishima tocaban en el Cruïlla. Quizás eso fue un aliciente extra. El caso es que hicieron un muy buen concierto, y el público respondió alzando clásicos como La forma d’un sentit, Menteix la primavera, Guspira, estel o carícia, Qui n’ha begut, Tot torna a començar (la culminación del concierto con todo el mundo aullando) y otros como El temple, con aquel final de armonías vocales, mandolina y teclado con sonoridad de órgano. Nostalgia de los 2000 y los 2010, claro, activada por un grupo sólido que mantiene un nivel de compromiso artístico altísimo. No hacerlo así sería estropear un legado extraordinario. “Estoy repasando caras y estáis todos. Toda la historia de Mishima. Hay caras del 2003, del 2025… Llevamos dando la lata durante muchos años”, dijo Carabén agradecido y mirando al público antes de anunciar que están preparando un disco nuevo.

A la misma hora que Mishima, el sol distribuía el público de la mallorquina Maika Makovski en el escenario Vueling: en la parte de sombra de las gradas y a resguardo de la mesa de sonido. Los más resistentes seguían el concierto muy de cerca para no perderse todos los detalles que ponía en formación de octeto, incluidas violinista y metales. Más tarde, en la carpa Imagin, las barcelonesas Alosa, las más jóvenes de la jornada, confirmaron el poder de convocatoria que tienen desde que publicaron el disco El primer cant del matí (2025). A pesar del ambiente saunístico del espacio, fueron muchas las personas que quisieron celebrar la frescura folclórica de Giulietta Vidal e Irene Romo. Pandero cuadrado, violonchelo y armonías a dos voces mandan, y bajo y guitarra dan cuerpo a un repertorio que merece mejores condiciones climáticas. La emergencia climática también condiciona el disfrute de la música en directo…

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