Albert Serra: “Haber convertido a los jóvenes en idiotas lo hace todo mucho más aburrido”
Cineasta
Albert Serra (Banyoles, 1975) no tiene WhatsApp ni ninguna red social porque no quiere perder el tiempo con lo que no le interesa. Esto pone en común su cine con su vida: para combatir el aburrimiento, se impone una disciplina militar para luchar contra los clichés. Esta manera de hacer le ha llevado a ser uno de los artistas más reconocidos del mundo y el tipo de interlocutor con quien siempre te lo pasas bien y sacas ideas interesantes, a la vez que sufres por si todo es una farsa.¿Qué te ha hecho ser como eres?
— Cierta gente que conocí en Bañolas, sobre todo gente mayor, y las lecturas. Personas arriesgadas, provocativas, originales, con una actitud de vanguardia. Y, en el otro extremo, gente pintoresca, que representa lo que es popular sin pretensiones. Sobre todo, no he tenido ninguna influencia de la gente normal.
¿Este mundo ha desaparecido?
— La gente se ha uniformado porque piensa la vida en términos de comunicación. Karl Lagerfeld alucinaba con las redes sociales: antes, en las empresas, el marketing era el escalón más bajo. La gente no quería hacer propaganda: quería hacer cosas. Ahora todo el mundo hace propaganda de sí mismo. Esta represión mata la vida y el arte. Yo nunca pienso en las consecuencias de lo que hago: si analizas las cosas antes de hacerlas, no funciona.
¿Cuándo supiste que la pulsión artística se concretaría en el cine?
— Mi objetivo siempre ha sido divertirme. Todo empezó porque, con las facilidades de lo digital, hacer una película parecía divertido. Después se han añadido capas de ambición estética, pero sin disminuir el espíritu lúdico original.
¿Qué significa "espíritu lúdico"?
— Hago cine para burlarme del mundo. Es muy difícil de sostener, porque implica no tener respeto ni por uno mismo, ni por el cine, ni por lo que haces. Pero da una estética interesante, porque todo el mundo cae en la trampa de querer controlar el resultado. Nadie trabaja así; nadie es capaz de mantener una actitud de burla tan sincera como yo.
Y, sin embargo, trabajas mucho.
— No tengo ninguna vida: no tengo que dar explicaciones a nadie, no estoy casado ni tengo pareja. Esto hace que las consecuencias no existan y que todo sea presente. El cine te permite vivir de una manera irreal, con fronteras completamente inventadas entre el yo real y el artístico.
¿Cómo pasas de la burla a la calidad estética?
— Una idea de Lévi-Strauss me ha marcado toda la vida: "Cada cultura se nutre de los intercambios con otras culturas. Pero, al mismo tiempo, se le debe oponer una cierta resistencia; sin ella, la cultura no tendría nada verdaderamente propio que intercambiar". Te tienes que nutrir del mundo, pero no te debes adaptar a él del todo, debes oponer resistencia. El triunfo de una carrera estética es que el mundo se acabe adaptando a ti: hacerles tragar tu estética imposible.
Una idea tuya que me encanta: que haces cine "sin tener nada que decir".
— A pesar de tratar temas controvertidos, mis películas nunca han sido polémicas, porque no hay ningún punto de vista y no queda claro de qué lado caen los personajes: todo es radicalmente ambivalente. La única visión que me pertenece es la metodología, el tinglado. En el contenido específico, no soy responsable de nada.
¿Cuál es el secreto de esta metodología?
— El 95% de la calidad estética de lo que hago es invisible para el ojo humano durante el rodaje: todo es tan sutil o tan pasado de rosca que solo lo capta la cámara, y después aparece durante el montaje. La clave es afectar lo que pasará durante el rodaje de espacios divergentes, a menudo mentales.
¿Por eso manipulas a los actores con instrucciones contradictorias, hasta violentarlos?
— Un actor se inspira como cualquier persona. En el teatro puede haber técnicas, pero en el cine aquello que la inocencia consigue es infinitamente más intenso que cualquier gramática actoral. La dificultad es ser inocentemente tú mismo, que es sinónimo de llevar una vida de calidad.
¿Cómo se induce la inocencia?
— Es un tema que salía en mi película Liberté. Parece que el libertinaje se debería imponer naturalmente, porque la expansión de la pulsión sexual es irresistible. Pero los libertinos descubren que, a veces, hay que obligar a la gente a liberarse por la fuerza. La vida es esto: para imponer la inocencia, tienes que ser perverso.
¿Y esto por qué es importante?
— Porque la inteligencia artificial siempre copiará mejor que nosotros. Pero no puede hacer nada sin datos; el creador debe borrar los datos que tiene en la cabeza. La inocencia es, por definición, inimitable.
Siempre criticas la autocensura de los artistas, el miedo a decir cosas políticamente incorrectas.
— En realidad lo vivo con indiferencia. Cuando hago comentarios críticos con el mundo, son totalmente gratuitos. Michael Caine decía que su padre le había dado un gran consejo: "Solo deberías odiar a quienes amas; el resto ni siquiera merecen tu atención".
¿El mundo es ahora más o menos diverso que en el año 2000?
— Ahora la gente se preocupa de sí misma y antes se preocupaban de los demás. Antes ibas a ciertas calles y bares y encontrabas artistas, y ahora no hay nadie. ¿Pero qué le vas a hacer? Tampoco hace falta vivir en ninguna ciudad ni formar parte de ningún círculo: tu interlocutor es el mundo, y basta con el poder de la mente.
¿Qué te preocupa últimamente?
— Que las generaciones sucumban y el idealismo desaparezca. Vivir así es exigente y tenso. Querría una manera de mantenerlo que no dependiera de la juventud ni de la imposición: que hiciera crecer la actitud lúdica de manera natural y colectiva. Me inspiran los sesenta, el último momento en el que todo aquello funcionaba. Pero soy optimista: si pasó, puede volver a pasar.
¿Crees que podrás hacer alguna cosa parecida a lo que hizo por ti la gente mayor de Banyoles, que con 65 años te explicaba cosas que te marcaron cuando tenías 18?
— La única cosa que me hace enfadar activamente es la destrucción del sistema educativo. Deberíamos ser más serios y violentos con los responsables. Hasta los 18 años, un niño no tiene suficiente iniciativa personal para formarse solo. Solo gente muy burra o muy corrupta puede haber promovido la obsesión por los ordenadores de los últimos años. Haber convertido a los jóvenes en idiotas lo hace todo mucho más aburrido: es patético.