El rey Jaime I y sus 17 hijos
BarcelonaSi los catalanes fuéramos monárquicos, como los británicos, Jaime I el Conquistador sería una figura central en nuestro imaginario popular. Pero hace unas cuantas centurias que perdimos la dinastía propia. Por eso hemos abrazado el republicanismo. El apasionado sustitutivo carlista –tradicionalista y rural– también hace un siglo largo que ha pasado a la historia. Por todo ello, del Conquistador solo queda una sombra mítica y una digámosle amable indiferencia. ¿Qué sabe la gente de su vida, de su política, de su ardor guerrero? Poca cosa. Y es nuestro gran rey.
Este verano se cumplieron 750 años de su muerte, acaecida concretamente el 27 de julio de 1276. ¿Alguien se ha enterado? La efeméride ha pasado sin pena ni gloria. ¿Cuántos libros habéis leído sobre Jaime I? ¿Alguna biografía? ¿Qué os enseñaron en la escuela? ¿Cuántas películas o series se le han dedicado? Y mira que tuvo una vida trepidante... Nada. En cuanto a su recuerdo y pervivencia, todo es bastante precario y brumoso, a pesar de disponer de la fabulosa crónica biográfica, el Llibre dels fets. Colectivamente, a Jaime I ni le queremos ni le odiamos, más bien le ignoramos, que es el peor castigo.
El historiador Josep-David Garrido i Valls publica ahora, dentro de la colección Episodis de la Història, de Dalmau Editor, la monografía breve Darrers anys i mort de Jaume I. Por si alguien tiene mala conciencia, o simplemente un atisbo de curiosidad, es una buena muestra. Y bastante cotilla. El autor hace el retrato político y personal de un monarca que ve cómo se acaban sus días rodeado de problemas: los hijos peleados, los nobles revoltados, los andalusíes asediándolo (un mes antes del deceso, los suyos sufrieron una severa derrota en Llutxent), los musulmanes de las tierras valencianas en pie de guerra...
Era como si todo se tambalease. No tuvo un final plácido, aquel poderoso cruzado hecho a sí mismo. Debió marcharse de este mundo angustiado por el destino que esperaba a sus tierras. Pero, mira por dónde, siete siglos después todavía estamos aquí, aunque a él no le hacemos mucho caso.
Visto aquel final, podríamos concluir que Jaime I fue un luchador implacable, feroz; un político y gobernante notable; pero no un buen padre. Muerto a los 68 años después de reinar durante 63 –y ver cómo se sucedían nueve papas en Roma–, tanto por su longevidad en el trono como por su obra es, como dice Garrido, "el personaje político más determinante en la historia de la catalanidad". Y, sin embargo, lo hemos convertido en un icono escondido en el cajón de los trastos históricos. Ni le miramos. Y, por descontado, no parlamentamos con él, no dialogamos con él. En fin.
Una existencia agitada
Jaime, señor de carne y hueso, tuvo una existencia agitada, tanto en términos personales como públicos. Fue un respetado y temido monarca medieval. Y mientras se dedicaba a guerrear contra los sarracenos (y evitaba el choque con Francia y Castilla; de hecho, ayudó a menudo a su yerno Alfonso X el Sabio), mientras ampliaba las fronteras con Mallorca y Valencia, mientras repoblaba y organizaba las nuevas tierras conquistadas, mientras hacía todo eso, que es mucho, también cultivaba el arte amatorio. ¿El resultado? Tuvo doce hijos legítimos (siete chicos y cinco chicas) de tres mujeres: Leonor de Castilla –nunca la amó, ni a ella ni a su primogénito Alfonso, muerto a los 37 años, en 1260–, Violante de Hungría y Teresa Gil de Vidaure. Y tuvo cinco hijos naturales, todos varones, de las relaciones extramatrimoniales con Blanca de Antillón, Berenguela Ferrandis, Elvira Sarroca y la plebeya Genisa, de Alcira. También hubo otras amantes que no le dieron descendencia. En total, diecisiete descendientes. Casi nada. Era "polifamiliar", dice Josep-David Garrido. Quizás hoy diríamos que practicaba el poliamor.
Por supuesto, aquellos hermanos y hermanastros se pelearon y se odiaron, sobre todo los que aspiraban a suceder al padre, quien no supo controlar el gallinero. Muerto Alfonso, el infante Pedro, hijo de Violante, se convirtió en el heredero y se enfrentó al hermano Fernando Sánchez de Castro, a quien ordenó que ahogaran en las aguas del río Cinca. El rey Jaime no derramó ni una lágrima por el chico: aquella muerte terminó siendo decisiva para acabar con la revuelta –que duraba desde hacía tres años– de los condes aragoneses y catalanes y lograr la paz en Roses, en julio de 1275. El rey murió al cabo de un año en Valencia.