Fuego y arrebato: tres siglos de revueltas en Barcelona
Historiadores analizan cómo las luchas por el pan, las huelgas y la presión de la calle han conquistado derechos y han transformado la ciudad desde el siglo XVIII
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BarcelonaDesde el presente, puede parecer que no hemos vivido nunca una época tan oscura, con un futuro tan incierto y una desesperanza tan acumulada. Si se mira atrás, sin embargo, la insurrección se ha apoderado a menudo de las calles de Barcelona. A veces, la respuesta ha sido una represión feroz –con ejecuciones incluidas– y sin ninguna conquista para los sublevados. Otras veces, la movilización ciudadana ha hecho caer gobiernos y ha provocado cambios irreversibles. De hecho, muchos de los derechos actuales no existirían sin las grandes movilizaciones.
Barcelona arrastró la fama de revolucionaria durante mucho tiempo. Friedrich Engels, a mediados del siglo XIX, escribía: "La historia de Barcelona, la ciudad industrial más grande de España, es la que registra más barricadas del mundo". "Esta imagen se consolidó entre 1820 y la Primera República, renació con la Rosa de Fuego a principios del siglo XX y la Guerra Civil, pero ya tenía precedentes claros en los Alborotos del Pan (1789) y los disturbios de las Quintas (1773)", detalla el historiador Jordi Roca Vernet.
En protestas como los Alborotos del Pan de 1789 o la Revuelta de las Mujeres de 1918, fueron precisamente ellas las primeras en salir a la calle. En la Barcelona de 1789, un bando municipal que anunciaba el aumento del precio del pan desató una revuelta que, durante tres días, trastocó la vida de la ciudad. En 1918 fue de nuevo el encarecimiento del pan lo que puso a las mujeres en pie de guerra. Amàlia Alegre, una vecina del Raval, colgó un cartel convocándolas para marchar hacia el Gobierno Civil y exigir la rebaja de los precios. A pesar de la apariencia de un gesto espontáneo, había articulación política detrás: Alegre estaba vinculada al Partido Radical.
Pasquinadas y campanadas
"Hay fotografías históricas de las escaleras del Gobierno Civil donde se ve cómo cedieron por la masiva presencia de mujeres que subieron a la vez para hablar con el gobernador; reventaron la escalera por el peso", explica la historiadora y arqueóloga Laia Gallego. "Es una revuelta poco conocida, pero muy interesante, igual que los mítines de mujeres de finales del siglo XIX y principios del XX, que muestran cómo fueron conquistando espacios. La defensa de las necesidades básicas continúa hoy en día, y en estas luchas vuelve a haber una mayoría de mujeres", añade Gallego.
Estas protestas iban más allá de la simple protesta por el hambre. "Cuando la población se revolvió en 1789 no reclamaba únicamente alimentos, sino que defendía una determinada concepción de la justicia social, según la cual las autoridades tenían la responsabilidad de garantizar el abastecimiento y evitar la especulación", apunta la historiadora Raquel Castellà. "El alboroto de las Quintas de 1773 también tuvo una dimensión que iba más allá del reclutamiento", añade. En 1773 el descontento se difundió en la calle a través de pasquines que señalaban causas y culpables, la revuelta se extendió dentro y fuera de las murallas de la ciudad, y se tocaron las campanas a rebato, la forma tradicional de la movilización en aquel momento.
"Más de la mitad de la población se movilizaba, pero si pasaron a la historia no fue solo por los motivos, sino también por la capacidad de organizarse en juntas o diputaciones. Las estructuras gremiales y los colegios profesionales facilitaban estas juntas, que negociaban tanto con el poder local borbónico como con los colectivos revoltosos", detalla Jordi Roca Vernet.
Los sindicatos y la ambición de asaltar el poder
El gran salto, según Roca Vernet, se produjo entre 1820 y 1874: "En este periodo ya no se trataba solo de negociar, sino que se articula la capacidad de proponer un proyecto político alternativo y rupturista ante múltiples crisis". Un ejemplo de esta transición fue la Bullanga de 1835. Barcelona sufría sobrepoblación dentro de las murallas, epidemias mortales (como la fiebre amarilla en 1821 o el cólera en 1834) y un empeoramiento de las condiciones de vida agravado por la mecanización laboral y la presión fiscal de las guerras carlistas. El estallido de la bullanga inició el Bienio Revolucionario y el Trienio Progresista. La población quemó conventos porque acumulaba agravios contra la Iglesia por la opresión que había ejercido contra los sectores populares durante la Restauración, y el alineamiento con el carlismo desató su ira. Aquella revuelta aceleró la desamortización y transformó urbanísticamente la ciudad: espacios eclesiásticos dieron paso a equipamientos cívicos como teatros, bibliotecas y archivos.
"Con las bullangas había un malestar profundo y emergieron líderes muy reconocidos. La forma de capitalizar el malestar era más organizada y se produjo un cambio social real", detalla el historiador Manel Risques. Este salto se consolidó con los movimientos huelguistas de finales del siglo XIX y principios del XX y la aparición de los sindicatos. Huelgas como la de las selfactinas (1854; contra la mecanización de la hilatura) o la huelga general de 1855, bajo el lema "Asociación o muerte", paralizaron la producción para reclamar el derecho de asociación, la jornada de 10 horas y un salario mínimo. Años más tarde, la huelga de la Canadiense (1919), convocada por el Sindicato Único de Agua, Gas y Electricidad de la CNT, detuvo Barcelona durante 44 días, dejando la ciudad sin luz ni transporte, y obligó al gobierno a ceder fijando por primera vez por ley la jornada laboral de 8 horas.
"La Canadenca es un ejemplo extraordinario de cómo una reivindicación laboral acaba provocando una transformación legislativa de gran alcance –dice Raquel Castellà–. Pero eso no significa que las necesidades materiales desaparezcan de las movilizaciones posteriores. La huelga de tranvías de 1951 vuelve a situar el coste de la vida en el centro, y las luchas por la vivienda o por los espacios autogestionados de finales del siglo XX y principios del XXI mantienen una dimensión material muy clara. Por lo tanto, no pasamos de luchar por sobrevivir a luchar por tener derechos: lo que cambia es la manera en que estas necesidades se formulan políticamente, cómo se organizan colectivamente y qué capacidad tienen de interpelar al poder". Protestas como las del Cine Princesa (1996), la de Can Vies (2014) o la batalla de Urquinaona (2019), según Roca Vernet, respondían a "problemas y colectivos muy concretos": la crisis de la vivienda, que ya denunciaba el movimiento okupa en los dos primeros casos, y la protesta contra las sentencias del Procés, que las fuerzas policiales sí que percibían como una amenaza. "A pesar de tener una retórica rupturista, no tenían una propuesta alternativa de gobierno ni la capacidad de arrastrar mayorías sociales, de modo que fueron impactantes pero sin continuidad ni cambios estructurales".
La tolerancia a la violencia
A lo largo del siglo XIX y principios del XX, la percepción de la violencia era muy distinta a la actual. La Semana Trágica (1909) estalló por el malestar acumulado tras la derrota de España en las colonias de ultramar y la necesidad de reclutar a hombres de la clase obrera –que no podían pagar para librarse del servicio militar–. El estallido popular terminó con un balance terrible: dos mil detenciones, doscientas deportaciones y cinco ejecuciones, entre ellas la del pedagogo Francesc Ferrer i Guàrdia, fusilado como cabeza de turco.
"En el siglo XIX la violencia se entendía como una forma de negociación, y había una resiliencia mucho más alta a la violencia policial y militar –señala Roca Vernet–. La gente era consciente de que desafiar al poder no suponía pasar unos días en la comisaría, sino arriesgar la vida o sufrir penas duras. En la bullanga de 1843, por ejemplo, hubo 140 ejecutados y 400 desterrados". Risques coincide en ello: "Ahora hay un rechazo muy grande a la violencia, pero cuando el Estado era excluyente, como en el siglo XIX, el enfrentamiento directo y las barricadas se veían como la vía lógica para hacer frente al poder".
Durante el franquismo, sin embargo, el modelo cambió y el peso de la represión en la calle ya no estaba en manos del ejército sino que recayó en unas fuerzas policiales militarizadas, que actuaban con impunidad bajo el amparo del gobernador civil. Aun así, acciones como la huelga de tranvías de 1951 consiguieron frenar el aumento de tarifas. "En este país se han cambiado cosas a golpe de manifestación: no habríamos llegado a la Constitución de 1978 sin las movilizaciones previas", enfatiza Risques.
De hecho, como detalla la historiadora Dolors Marín, a lo largo de la Transición, del 1975 al 1978 hubo muchas huelgas, prácticamente cada día. En 1970 hubo 1.547 huelgas en toda España; en 1974 se incrementaron por encima de las 2.000; llegaron a 2.807 en 1975, y en 1976, que marcó de manera significativa el inicio de la transición democrática, subieron hasta 3.662. Aquel año salieron a la calle más de 2,5 millones de trabajadores en huelga. Aunque Franco murió en la cama en 1975, remataron el régimen en la calle. Muchos cambios legislativos fueron fruto de importantes movilizaciones, también por los derechos LGBTI y de las mujeres. "Fueron manifestaciones muy violentas y la policía disparaba a los manifestantes con balas de verdad; hubo muchas detenciones y muchas palizas. Marcaron mucho toda la generación de la Transición y, sobre todo, el comportamiento de la gente en la calle. Se pasó, primero, de salir de manera tímida a tumbar autobuses, quemar cuando hacía falta o reventar los cristales de establecimientos como El Corte Inglés", dice Marín.
El discurso del poder
¿Podemos decir que existe una evolución lineal hacia sociedades cada vez menos violentas? Castellà cree que no. "La violencia siempre se ha juzgado en función de quién la ejerce, contra quién se dirige y quién tiene la capacidad de explicar públicamente los hechos", afirma.
Desde el poder, el tratamiento de la protesta ha mantenido algunas constantes históricas. "Desde el siglo XIX, las autoridades y los medios han utilizado términos como motín de subsistencia o bullanga para degradar las movilizaciones –explica Roca Vernet–. El concepto de bullanga se construyó para negar la organización política y presentar la protesta como un movimiento espontáneo y violento. Calificar a los participantes de delincuentes, lumpen o simples mujeres ha sido una estrategia sistemática para minimizar el desafío real".
Roca Vernet lo compara con episodios recientes: "En Francia hemos visto movilizaciones amplias de sectores diversos en defensa de la educación y la igualdad. Sin embargo, a menudo se prefiere focalizar la atención en los disturbios para degradar la protesta e ignorar las demandas. Con respecto a los episodios recientes en Barcelona, la respuesta de un colectivo muy reducido se ha sobredimensionado por la destrucción de patrimonio y por el miedo a que se repita el modelo francés".
Por otro lado, explica Roca Vernet, las movilizaciones populares en un marco democrático, por muchas limitaciones que este marco tenga, no tienen el mismo recorrido que en un periodo en el que no había democracia. "Cuando la ciudadanía no tenía canales formales para expresar su malestar, la calle era el recurso final", dice Roca Vernet. Otra diferencia, como detalla Risques, es que en una democracia la policía sí que tiene que responder ante actuaciones desproporcionadas.
De la calle a las redes
También la tecnología ha transformado las dinámicas de coordinación. Como recuerda Castellà, las movilizaciones de los siglos XVIII y XIX no eran espontáneas: los mercados, las tabernas, los talleres, los espacios de sociabilidad popular, las asociaciones y las redes de vecindad eran fundamentales para transmitir información, compartir malestares y generar complicidades. También tenían un papel importante los rumores, las proclamas, las hojas impresas y una prensa política cada vez más influyente. Los sindicatos aportaron estructuras permanentes, mecanismos de coordinación, cajas de resistencia y capacidad de negociación. Esto permitió sostener movilizaciones durante períodos prolongados y articular reivindicaciones que superaban un barrio.
Las redes sociales digitales han transformado la velocidad de la convocatoria. "Una movilización puede difundirse en cuestión de horas y llenar una calle, pero la rapidez no equivale necesariamente a mayor capacidad de transformación si no se puede sostener la lucha en el tiempo", afirma Castellà.
En definitiva, la historia de las revueltas barcelonesas no muestra una evolución lineal ni una inclinación innata de la ciudad a hacer barricadas o quemar contenedores, sino la persistencia de una lucha histórica que todavía continúa: quién tiene el poder de decidir y cómo la ciudadanía puede intervenir en cosas que afectan a su vida en muchos aspectos.
La huelga de la Canadiense, que en su momento generó una confrontación social muy intensa, hoy es recordada como un hito de la historia de los derechos laborales. "Muchas movilizaciones que hoy recordamos como conquistas sociales fueron percibidas, en su momento, como una amenaza por una parte de la sociedad. La historia también nos enseña que la legitimidad de una protesta se disputa en el presente y se reinterpreta desde el futuro", dice Castellà.