Historia

Ni pulgas ni roedores: cómo se extendió y se detuvo la peste en Mallorca en el siglo XIX

El estudio de archivos inéditos y las matemáticas explican cómo la plaga se propagó a una velocidad devastadora

20/08/2026 - 13:27 h.

BarcelonaLa anterior epidemia de peste en Mallorca había sido en 1652. Casi 200 años después, en mayo de 1820, la plaga volvió a la isla. La enfermedad llegó a bordo de un barco procedente de Tánger que desembarcó clandestinamente en las costas de Son Servera. Hasta ahora, la historiografía lo había descrito como un caso tardío de peste bubónica clásica: la enfermedad transmitida por ratas infectadas y contagiada a las personas a través de la picadura de las pulgas de los roedores. Un estudio liderado por la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), publicado en la revista científica PNAS, ha dado la vuelta a la versión. Los datos demuestran que las ratas no tuvieron nada que ver y que la peste se propagó directamente entre humanos a una velocidad devastadora.

La investigación, liderada por los profesores Pere Puig (UAB y Centre de Recerca Matemàtica) y Joana Pujadas-Mora (UOC e investigadora ICREA Acadèmia), reconstruye la epidemia gracias al análisis de documentación histórica inédita combinada con herramientas de modelización matemática avanzada. Los resultados revelan que el brote alcanzó una tasa de mortalidad del 78% entre la población infectada –más de 2.400 muertos de un total de 7.500 habitantes en la zona afectada–, una cifra incompatible con la dinámica habitual de la peste bubónica.

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"En la peste bubónica clásica, la picadura de la pulga de la rata da un margen de tiempo y la mortalidad se sitúa en torno al 60%", explica Pere Puig. En el caso de Mallorca, en cambio, el empeoramiento de los enfermos era fulminante. "La enfermedad se transmitió a una velocidad tan alta que no daba tiempo a una dinámica basada en roedores. Se propagó vía pulgas de humano a humano y, sobre todo, con un fuerte componente neumónico y septicémico, dos variantes que tienen una letalidad próxima al 100%", detalla el investigador de la UAB. La variante neumónica, que se transmite por vía aérea mediante gotitas de saliva, fue la gran responsable de la alta mortalidad.

Sin puerto para las ratas

La reconstrucción de los hechos sitúa el origen de la infección en una embarcación que llegó a las costas de Son Servera, donde no había puerto, seguramente portando contrabando. La ausencia de infraestructura portuaria hace que los investigadores hayan descartado la tesis de los roedores. "Las mercancías y el contrabando se transportaban desde el barco en pequeñas barcas de remo hasta la playa. Es imposible que las ratas llegaran a tierra firme a través de estas barquitas", afirma Puig.

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La peste arrasó las poblaciones cercanas. Hay una leyenda popular arraigada en la zona que atribuye el inicio de la tragedia a un pastorcillo que habría encontrado un capote de marinero infectado y se lo habría puesto para ir al pueblo. Es un mito tan presente en la memoria colectiva, que Son Servera conserva una escultura dedicada a esta figura en la plaza principal.

Un cierre militar que salvó la isla

Más allá del hallazgo biológico, el estudio pone de relieve la eficacia de la respuesta política y administrativa de la época. Aunque en 1820 aún faltaban décadas para el nacimiento de la bacteriología y se desconocía la existencia de las bacterias, las autoridades baleares intuyeron rápidamente el peligro del contagio y decretaron un cordón sanitario.

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Poblaciones como Artà, Son Servera, Capdepera y, posteriormente, Manacor fueron aisladas y se restringió radicalmente el comercio y el movimiento de personas. "En Mallorca la epidemia se contuvo muy bien porque se establecieron cinturones de aislamiento muy estrictos", remarca Pere Puig. "El mensaje histórico es claro: hay que actuar deprisa. Ellos no sabían inicialmente que era peste, pero tomaron la decisión correcta confinando la zona y registrándolo todo", añade.

Para la demógrafa Joana Pujadas, esta crisis marcó un antes y un después en la gestión de la salud pública en Baleares. "La epidemia podría haber arrasado la isla, pero la actuación drástica la limitó. Representa un catalizador de la concienciación de la población hacia la salud como un bien común", señala la investigadora de la UOC. La lección extraída de aquel 1820, sumada a un brote de fiebre amarilla que afectó Palma al año siguiente, dotó al archipiélago de una cultura de la prevención singular. "Mientras que en la España interior la esperanza de vida a mediados del siglo XIX a duras penas llegaba a los 32 años, en Baleares se situaba en los 42, gracias a una mortalidad infantil mucho más baja y a una contención casi total de las grandes epidemias posteriores", detalla Pujadas.

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La clave que ha permitido resolver el enigma de la peste en Mallorca en pleno siglo XIX ha sido un archivo documental excepcional: los registros diarios que la Junta Superior de Sanidad obligó a rellenar a cada municipio acordonado. En estas hojas concretas se contabilizaban diariamente los enfermos, los muertos, los convalecientes y los recuperados. "Este trabajo sistemático respondía a la voluntad del emergente estado liberal de analizar la sociedad mediante las cifras y la estadística", destaca la demógrafa.