Una ablación cada quince segundos y una mujer asesinada cada diez minutos: ¿puede ser verdad?

La autora de 'La trenza', Laetitia Colombani, presenta la novela 'Un día sin mujeres'

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Laetitia Colombani en la presentación de 'Un día sin mujeres' con Mar Garcia Puig en Barcelona.
28/10/2026 - 07:31 h

BarcelonaQuería hacer una crónica de la presentación de la nueva novela de Laetitia Colombani, Un día sin mujeres (La Magrana / Salamandra, 2026), sin utilizar el verbo trenzar. Lo intento unas cuantas veces y lo dejo estar. No es que tenga prisa por sacarme de la manga el as de La trenza para engancharos al artículo, pero es que tengo que usar el símil del tejer y el trenzar porque la autora vuelve a aquella estructura con la que encontró el éxito. Explico el éxito: Colombani publicó hace casi diez años su primera novela, La trenza, que fue un fenómeno global inmediato y que, con 8 millones de ejemplares vendidos en una cuarentena de lenguas, le cambió la vida.

La autora francesa trenza (ahora solo metafóricamente) las historias de cuatro mujeres de cuatro continentes que, después de sobreponerse a su desgracia personal, acaban confluyendo en una acción conjunta, que ya nos explica en el título. El origen de la novela fue descubrir la huelga que las islandesas hicieron en 1975 y que convirtió la isla en "el país más igualitario del mundo". La hipótesis, al fin y al cabo, es lo que mueve cada año el 8-M: ¿qué pasaría si las mujeres de todo el mundo hicieran huelga? "Todas tienen sus motivos particulares. No es lo mismo una estudiante de sociología de Islandia o una trabajadora de una maquila en El Salvador, pero todas hemos vivido la discriminación o la violencia física, sexual, legal, laboral. No he visto igualdad en ningún lugar donde he estado. Incluso en Islandia, un crimen de cada tres es un feminicidio", dijo Colombani a Mar Garcia Puig este lunes en La Casa del Libro.

Denuncia social y conexión emocional

La gracia literaria de Colombani es que puede describir situaciones de desigualdad aterradora real con una amabilidad luminosa. Aquí tenemos a Michiko, que sufre el acoso laboral al cual se somete a las mujeres que son madres en Japón: siete de cada diez dimiten cuando se quedan embarazadas, aun habiendo superado estudios y trabajos ultracompetitivos. También está Hawa, una senegalesa que llega a ser médica en Francia pero no puede superar la mutilación de la infancia: 6.000 niñas sufren ablación cada día en el continente africano –una cada quince segundos, una docena mientras lees este artículo–. Katla es la chica islandesa que inicia el movimiento feminista tras perder a su mejor amiga a manos del novio: una mujer es asesinada cada diez minutos en el mundo a manos de su pareja o alguien de la familia. Y Ana María es la sacrificada costurera de una fábrica a quien no solo explotan laboralmente, sino que también le encarcelan a la hija: "En El Salvador y en seis países más de América Central, la pena de prisión por un aborto es más alta que por un asesinato, de 30 a 50 años, incluso si es involuntario. Pero tampoco tienen acceso a anticonceptivos", explicó la autora.

Si lo sumas todo junto, provoca una indignación incrédula. Pero la escritora encuentra el punto justo de denuncia social y de conexión emocional. No deja a los personajes solos, dando cabezazos contra la realidad, sino que los acompaña de personas que los quieren y que hacen de salvavidas. "Es un libro sobre el vínculo, como todos mis libros. Me gusta la idea de que todas estamos conectadas", afirma la autora de Las vencedoras, que ahora está interpretando en el teatro la narradora de La trenza, que ella misma adaptó. En Cataluña, además de los 50.000 ejemplares de la traducción de la novela, la versión teatral que dirigió Clara Segura tuvo más de 90.000 espectadores, lo cual debería haber llevado más público a La Casa del Libro... Si no fuera porque el lunes se contraprogramaban Dolores Redondo presentando novedad en el Teatro Condal y Mariana Enríquez en la Biblioteca de Sarrià: cosas que pasan. "En mis libros explico realidades duras, pero necesito poner esperanza. Soy optimista –afirmó Colombani–. Tenemos la urgencia de cambiar el mundo. Yo, como mínimo, habré hecho mi parte".

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