Culpa y deshonor en una isla salvaje y remota
'Ceniza', de Grazia Deledda, es una buena puerta de entrada al universo literario de la autora sarda, que ganó el premio Nobel en 1926
'Ceniza'
- Grazia DeleddaEdicions de 1984Traducción de Mercè Ubach352 páginas / 17,90 euros
Los criterios y las decisiones del premio Nobel de literatura siempre son bastante imprevisibles, pero visto con la perspectiva que da el siglo transcurrido, el Nobel concedido a Grazia Deledda en el año 1926 todavía ahora tiene algo de incomprensible. No porque literariamente no fuera merecedora, sino porque parece que su condición de mujer sarda que escribía sobre la realidad áspera y brutal de su isla natal iba a caer muy lejos del comité de lectores suecos que en 1925 habían premiado a George Bernard Shaw y que en 1927 premiarían a Henri Bergson. El premio solo se entiende si comprendemos que Deledda fue una escritora periférica que se ganó un lugar en el centro del panorama cultural italiano y europeo gracias a tres méritos y a una concesión: los méritos de tener talento, de hacer mucho trabajo (fue autora de una treintena de novelas y de cuatrocientos cuentos) y de alcanzar un gran éxito internacional, y la concesión de renunciar a su lengua materna, el sardo, para escribir en la lengua, el italiano de matriz toscana, que la reunificación de Italia (1861) hizo oficial e impuso.La novela Ceniza, publicada originariamente en 1903 y presentada ahora en catalán por Mercè Ubach en una traducción que se intuye rigurosa y con un prólogo que contextualiza la obra y la autora, es una buena puerta de entrada al universo literario de Deledda. Novela de pasiones y de códigos sociales comunitarios inamovibles, historia de personajes primarios y de paisajes imponentes, Ceniza conjuga dos tradiciones literarias: la de la cuentística popular y la de la novela naturalista decimonónica. Estamos más cerca, en todo caso, del drama vivo antropológico del verismo de Giovanni Verga que del positivismo analítico, de mirada científica y trasfondo socioideológico, de Émile Zola.Compensar la brutalidad de un mundo miserable
En Ceniza, Grazia Deledda demuestra que es una contadora de historias ágil y vigorosa y que sabe crear una galería de personajes que rozan el arquetipo sin caer en la folklorización tipista. También demuestra que es una virtuosa de las descripciones precisas y exuberantemente sensoriales. Los párrafos en los que describe los paisajes sardos hacen pensar en el talento indómito de una pintora de trazo fuerte e imaginativo, salvaje y simbólica. El verismo de Deledda, en este sentido, tiene un aliento poético que compensa la brutalidad de un mundo a menudo miserable poblado por personajes que se pegan, se insultan, beben, reniegan y se suicidan.La médula dramática del argumento es un clásico de la literatura del siglo XIX, e intenta responder la siguiente pregunta: ¿cómo puede un hijo de la culpa, un bastardo hijo de un padre ya casado y de una madre que lo abandona de pequeño, hacerse merecedor de una vida respectable? La peripépecia del protagonista, Annania, que por culpa de los embates de la fortuna y gracias a un benefactor va de la Cerdeña rural hasta la ciudad de Cáller y, después, al continente y a Roma, resuena con ecos balzaquianos y stendhalianos. Deledda hace, sin embargo, que nunca se desembarace del todo ni de la realidad sarda ni tampoco de su condición de sardo: el peso de la culpa heredada, el sentido del honor y del deshonor, las pasiones primigenias, el presente como una proyección de viejos atavismos, la vida como fatalidad... Leer a Deledda nos recuerda que la literatura de verdad tanto puede brotar de las capitales europeas como de los pueblos pequeños de las islas más remotas.