Una disciplina coral

BarcelonaUna vez me explicaron que cuando Carles Capdevila, impulsor de este diario, veía en el currículum que alguien había cantado en una coral lo valoraba positivamente, porque quería decir que, por un lado, sabía trabajar por el bien común del grupo y, por el otro, sabía proyectar su propia voz. No sé si es del todo verdad, pero he recordado esta anécdota en cuanto he empezado a leer Una catalana en París. Artículos de exilio, una recopilación de artículos de Teresa Pàmies que ha editado Montserrat Bacardí y que publica Comanegra.

El volumen agrupa más de una treintena de artículos que la escritora y periodista publicó desde el exilio con la voluntad de difundir la actualidad catalana fuera de sus fronteras ensangrentadas. La cuestión es que, entiendo que con un punto de sarcasmo por parte de Bacardí, el primer capítulo de la recopilación hace referencia al centenario de Lluís Millet, director y fundador del Orfeón Catalán. Pàmies alaba el éxito de la iniciativa del Orfeón, y recuerda que, sobre todo en el periodo de la Segunda República, cada ciudad del país quiso crear su coral. Una tradición nada desconocida en nuestra casa, inspirada en los Cors Clavé.

Cargando
No hay anuncios

Pàmies tenía doce años cuando su padre la inscribió en el orfeón de Balaguer. En el artículo, la escritora narra que allí el señor Jou, el director del orfeón (“un músico aficionado que tenía tienda de ollas y pucheros y tocaba la tenora en la cobla”), antes de empezar les recordaba: “Al orfeón había que ir aseado, peinado, sin barro en los zapatos, sin piedras en los bolsillos, sin chicle en la boca. La puntualidad era imprescindible. Se imponía la disciplina consciente, el respeto al señor director y a los compañeros de grupo; se rechazaba el vedettismo. Las voces debían formar una sola. Nada de tratar de sobresalir. A aquel que quería hacerse sentir se le paraba en seco. Cuando había un solo (en La muerte del monaguillo, por ejemplo), el solista era acompañado por un rumor de voces, como instrumentos musicales, como una mano amorosa”.

Vivir con los otros

En este primer capítulo del libro de Comanegra, que os recomiendo leer, la escritora explica que el director Jou, cuando sermoneaba a los integrantes del orfeón de Balaguer, insistía: “Aquí aprendemos a vivir”. La periodista especifica: “Vivir, para un orfeonista, era vivir con los demás, con todo lo que eso significa de obligaciones y derechos […] vivir con la cabeza bien alta, cantando, diciendo cosas sencillas y grandiosas, bonitas y amargas”. Para Teresa Pàmies, el orfeón (hoy en día también podríamos hablar de las corales) no era únicamente “un conjunto de voces educadas, dirigidas, pulidas, sino expresiones de una civilización, de unos sentimientos colectivos”.

Cargando
No hay anuncios

Me hace gracia leer esto ahora que venimos del desbarajuste de los resultados PISA y, en general, de una época en la que se ha establecido que la disciplina es el mal absoluto y que se deben respetar las manías individuales por encima de los objetivos colectivos. Me gusta leer a la gente de izquierdas de antes, como Teresa Pàmies, para constatar que eso no les pasaba nunca por la cabeza. Hoy asociamos disciplina con conservadurismo, pero pocas personas hay menos conservadoras que esta comunista que tanto se implicó en la Guerra Civil. Una referente que creía en el valor de la coralidad y que también sabía proyectar, y muy bien, su voz; incluso, si hacía falta, bajo pseudónimo.