Por qué el discurso de la clase política se ha degradado tanto
BarcelonaHe leído un artículo en The Economist en el que miden la longitud de las frases de los libros más vendidos de la lista del New York Times desde 1931. En la novela Frenchman's Creek, de Daphne du Maurier, de 1941, encontramos frases de casi cuarenta palabras. En cambio, Colleen Hoover, la autora más vendida en EE. UU. de los últimos años, utiliza poco más de diez. También midieron los discursos del Parlamento británico y encontraron que se han acortado un tercio en solo diez años.
En España, los índices de lectura no son bajos: las últimas encuestas de la Federación de Editores muestran que dos de cada tres españoles afirman leer en su tiempo libre. Pero la alegría dura poco cuando revisamos los resultados de las pruebas PISA, ya que la comprensión lectora de los alumnos que la realizaron es la peor desde sus inicios, en el año 2000. El responsable del estudio en la OCDE, Tue Halgreen, explica que los estudiantes se han acostumbrado a leer deprisa y comienzan a tener problemas con textos de más de cuatrocientas palabras. Esta columna, por ejemplo, tiene unas quinientas.
La neurocientífica Maryanne Wolf, de la UCLA, explica en su ensayo Lector, vuelve a los libros (Viena, 2021) que quiso releer una novela de Hermann Hesse que le había encantado de joven y que, cuando se puso a ello, se le hizo una montaña. Decía que las frases le parecían largas y difíciles, que leía demasiado deprisa para entenderlas y que tenía que volver atrás una y otra vez, cada vez más enfadada. Entonces se impuso una rutina de veinte minutos al día de lectura lenta del mismo libro y, en dos semanas, recuperó lo que ella llama paciencia cognitiva: la capacidad de sostener una frase hasta el final sin saltar a la siguiente.
Cuando leemos una frase larga mantenemos una idea en el aire, inacabada, hasta que la frase siguiente le da sentido. A esto le llamamos subordinar. Una frase de diez palabras no subordina nada, lo que hace es yuxtaponer. Esto es exactamente lo que hacen los discursos populistas: una sintaxis sin subordinadas, donde cada posición es completa en sí misma y no necesita a la otra para tener sentido. En The Economist también pasaron los discursos de investidura de los presidentes norteamericanos por el test de legibilidad Flesch-Kincaid (una fórmula que estima los años de escuela que hacen falta para entender un texto según la longitud de las frases y de las palabras): el de George Washington pedía nivel de posgrado; el de Trump, el de un alumno de instituto. Los populismos no ganan terreno porque la gente se haya vuelto tonta, sino porque hablan a la medida que nuestra atención puede sostener ahora mismo.
Quizás podríamos aplicar la receta de Maryanne Wolf a los parlamentos: veinte minutos al día de lectura lenta de clásicos, obligatoria para toda la plana política, antes de entrar al hemiciclo. No por cultura, que también, sino por sintaxis, para que quien nos representa vuelva a poder sostener una idea mientras escucha otra. Los representantes del pueblo deberían ser lo mejor de nosotros y no la degradación que vemos cada día en directo.