Una novela de una lucidez feroz y que limpia como un ácido
Clara Formosa Plans traduce para Quid Pro Quo 'Extinción', la novela más extensa y radicalmente asfixiante de Thomas Bernhard
- Thomas BernhardQuid Pro QuoTraducción de Clara Formosa Plans478 páginas / 28 euros
Sabemos que hay viajes que atraviesan geografías y viajes que atraviesan conciencias. En el uno, la mirada fija el destino; en el otro, más profundo y silencioso, el pensamiento evidencia el desenlace del mundo, un mundo oscuro y oculto que se va revelando a cada paso. Extinción es una inmersión en el universo bernhardiano, en un paraje profundo donde la lucidez y el vértigo se confunden. Cuando Thomas Bernhard (Heerlen, Holanda, 1931 - Austria, 1989) publica Extinción. Un hundimiento en el año 1986 ha llevado su escritura hasta el límite. Es su última novela, la más extensa, la más radicalmente cerrada y asfixiante, como una cámara sin ventanas donde el aire se ha ido consumiendo lentamente. Que hoy podamos leerla en catalán es mérito de la traducción de Clara Formosa Plans, y de la apuesta de Quid Pro Quo Ediciones por autores exigentes que enriquecen nuestro espíritu.La obra consta de dos partes: El telegrama y El testamento. A la primera, Franz-Josef Murau, autoexiliado en Roma, recibe un telegrama: “Los padres y el Johannes muertos en accidente. Caecilia, Amalia”. La noticia de la muerte de los padres y el hermano en un accidente banal fruto del azar no le supone aparentemente ninguna gran catástrofe, pero le obliga a volver a Wolfsegg, el castillo familiar, lugar donde el espíritu es destruido con eficacia metódica. El regreso deviene una condena y desencadena una avalancha mental de recuerdos, juicios, insultos, culpas, reproches y odios. Murau se entrega a una retórica obsesiva inextinguible con un único propósito: usar la lengua como herramienta de extinción. Wolfsegg no es solamente una finca rural aristocrática decadente, sino una máquina de destrucción de la mente y de sumisión, donde se cierran a cal y canto las cinco bibliotecas de que dispone, un refugio para cazadores nacionalsocialistas católicos subvencionados. Wolfsegg es Austria misma, con su nobleza caduca y su nacionalcatolicismo opresivo. Cuando Murau decide destruir simbólicamente Wolfsegg, no hay redención, solo el gesto final de un condenado.Hablar para destruir
Murau habla. Habla para destruir. Pero cada frase que quiere liberarlo lo encadena más profundamente a aquello que odia. Y aquí hay que considerar a los personajes. La madre, administradora feroz del resentimiento doméstico, es una manipuladora fanática católica. El padre, un oportunista político, un industrial poderoso y simpatizante nacionalsocialista. Johannes, el hermano, un ser anodino y obediente, destinado a perpetuar la comedia. Y las hermanas Amalia y Caecilia, emblemas de la decadencia familiar, que son copias sin original. Todavía encontramos un cuñado, el fabricante de tapones de botella de vino, un pequeño burgués que con su insustancialidad y debilidad mental se pasea por Wolfsegg durante el sepelio. Por otra parte, tenemos al arzobispo Spadolini, el alto funcionario de la curia vaticana, admirado y odiado, que representa la versión sofisticada e internacional del poder religioso. Un funcionario del espíritu. Por fortuna está el querido y admirado tío Georg, el mentor del narrador, el guía que libera a Morau de este mundo fastidioso y opresivo. Y también Gambetti, el alumno romano del narrador, amigo y único interlocutor. Y María, la poeta brillante, una transfiguración literaria de Ingeborg Bachmann, con quien mantiene una relación de admiración y dependencia. El autor emplea la figura de Gambetti como conversador, pero de hecho no hay diálogo. Bernhard ya había llevado al teatro esta estructura, tanto en Ritter, Dene, Voss (1984)como en Plaza de los héroes (1988), imponiendo una voz central que habla ante presencias que no pueden contradecirla. Extinción, pues, asume la forma de un escenario desnudo, con un solo actor bajo el foco, un foco que quema y no se apaga. Y como siempre, el amasijo de un estilo narrativo inigualable: la repetición obsesiva, el ritmo circular, la frase que retorna una y otra vez sobre la misma herida, convirtiendo la prosa en una música hipnótica despiadada. Una lengua que avanza como una serradora. Esta es la obra más despojada del escritor, la más desprovista de cortinajes narrativos y más próxima al acto de pensar contra uno mismo. Solo una comicidad subterránea, seca y cruel, impide que el texto se hunda en la pura desesperación. Para leer a Thomas Bernhard hay que aceptar una disciplina: renunciar al entretenimiento y soportar la inclemencia de un pensamiento crudo. Porque con él no hay catarsis ni consuelo, solo una forma de claridad terrible, una lucidez feroz que limpia como un ácido y que obliga al lector a examinarse a fondo, sin posibilidad de volver a mirar el origen con inocencia. Extinción, pues, no es una novela para ser amada, sino una obra escrita para abolir el autoengaño.