Stefan Zweig, lector
La editorial Pie de Mosca publica el ensayo 'Tres maestros. Balzac, Dickens, Dostoievski'
- Stefan ZweigPoco de MoscúTraducción de Kàtia Pago Cabanes224 páginas / 18 €
Dos son las virtudes ineludibles que debe tener un crítico literario. Una es la versatilidad de gustos y de intereses, porque nada es más mediocre, limitante y empobrecedor que el sectarismo intelectual y estético. La segunda virtud es la capacidad para abordar la literatura sin momificarla, es decir, entendiendo la literatura no solo como un ejercicio intelectual y como un despliegue de recursos retóricos sino también como una expresión, una exploración y una ampliación del mundo, de la sociedad, de la vida y del ser humano, la cual requiere, para ser interpretada y explicada con todas sus riquezas y complejidades, una combinación de conocimientos técnicos y de perspicacia existencial, de frialdad analítica y de implicación apasionada y persuasiva.
El prolífico y polifacético Stefan Zweig (Viena, Imperio Austrohúngaro, 188—Petrópolis, Brasil, 1942) tuvo las dos virtudes, tal como queda claro leyendo Tres maestros. Balzac, Dickens, Dostoievski, dedicado a sus tres novelistas predilectos del siglo XIX, publicado originariamente en 1920 y ahora editado por Peu de Mosca en traducción catalana de Kàtia Pago Cabanes.
Sin que ninguno de los tres textos puedan ser considerados propiamente o estrictamente como de crítica literaria –tienen la creatividad personal y libre del ensayismo, el énfasis celebratorio sin apenas matices del entusiasmo desatado–, sí que los tres textos tienen todo lo que se le puede pedir a la crítica literaria. Zweig, con la prosa musculosa, dinámica y plástica que le caracteriza, hace todo lo que debería hacer por sistema la crítica literaria, o la literatura que tiene como tema la literatura.
Y ¿qué es lo que hace Zweig? Pues coge la obra y la personalidad literaria de Honoré de Balzac, de Charles Dickens y de Fiódor Dostoievski y las comenta exhaustivamente (en términos de sustancia humana, de forma, de tema, de atmósfera anímica y moral, de intención, de sentido), las analiza, las interpreta y las contextualiza (desentraña qué dicen y de qué manera lo dicen, y lo inserta dentro de una tradición cultural y literaria y en un marco sociopolítico, espiritual e histórico), señala la calidad y las grandezas y, finalmente, lo amalgama todo junto con argumentos sólidos y con un estilo tan preciso como expresivo (sin vaguedades ni trucos argóticos ni filigranas vanas de humo de colores) y con un despliegue de ideas y de puntos de vista rico, personal y estimulante.
Es posible que, si le pasa como a mí, cada lector considere que el mejor ensayo del libro es aquel dedicado a su novelista preferido. Quiero decir que el lector alzado de fascinación por la lucidez totalizadora balzaciana vibrará especialmente con el capítulo de Balzac, que el lector que haya reído a carcajadas y haya vertido lágrimas abundantes con el humor y los dramas dickensianos apreciará sobre todo el capítulo de Dickens y que el lector que se haya sentido singularmente transportado por los éxtasis demoníacos y los abismos psicológicos y morales dostoievskianos destaque el capítulo de Dostoievski. Los tres capítulos, en todo caso, funcionan muy bien como retratos analíticos de tres “forjadores de mundos épicos” únicos e irrepetibles.
El capítulo de Dickens quizás sea el menos entusiasta, pero Zweig se muestra brillante cuando explica que la simbiosis del autor de Grandes esperanzas con el espíritu y los gustos del público de la Inglaterra victoriana fue su principal grandeza y al mismo tiempo su limitación. El capítulo de Dostoievski es el más extenso y quizás también el más reiterativo y descuidado, pero es un espectáculo leer cómo Zweig analiza como un todo el universo convulso y troceado del autor de Los hermanos Karamázov, el misticismo y la desolación, el paso por Siberia, la ludopatía, la epilepsia, el patriotismo ruso exaltado, el psicologismo monstruoso y humanísimo. Nada es comparable, sin embargo, al capítulo de Balzac y, en especial, a los pasajes en que Zweig explica que el creador de La comedia humana fue a la vez un fruto de la Francia napoleónica y al mismo tiempo el equivalente literario de Napoleón. Es aquí donde la intensidad sustanciosa, fuerte y preciosista del estilo y la inteligencia de Stefan Zweig brilla con más potencia.