Còmic
Cultura 22/02/2022

Miguel Gallardo, un proscrito de Barcelona asalta los cielos

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El dibujante Miguel Gallardo.

Había llegado la posmodernidad y nos querían hacer creer que aquello sería divertido. Entonces El Víbora resistió como una aldea gala en un callejón de Barcelona. Pero ya había empezado la gran evasión hacia el futuro de diseño y, como tocaba desbandada, el álbum más emblemático de aquellos días se llamó Fuga en la Modelo. Miguel Gallardo –fallecido este lunes a los 66 años– era el dibujante de la Barcelona canalla (y Mediavilla, su guionista, el escritor que la supo hacer hablar con un lenguaje literario nuevo que parecía de la calle pero todavía era mejor). Muchos de sus lectores estaban encerrados en las galerías de las prisiones y en los bloques de pisos. Del lápiz de Gallardo salían Makoki (también salió de una máquina de escribir de Felipe Borrallo), y el Niñato, y el Buitre Buitaker, y el comisario Loperena..., es decir, la Barcelona chunga, que era una mezcla de fascismo persistente (igual que hay covid persistente) y de drogadicción sin fin. Aquella Barcelona existía de verdad. Gallardo veía lo que se quería esconder y lo transformaba en muñecos.

En su carrera se encuentra el paso del dibujante al dibujante. La dignificación del oficio. De digno siempre lo ha sido, sin embargo. Quiero decir que Gallardo significa el reconocimiento social y cultural del dibujante de historietas. Aunque para lograrlo tuviera que renunciar a dibujar historietas durante años y años. Es su generación, sin embargo, la que lo consigue. Todo lo que va de Makoki a María y yo reúne la historia del cómico contemporánea. Es el camino que lleva de los quioscos de las Ramblas a las librerías serias, una procesión llena de sacrificios, y de muertos. Todas las canas de Gallardo reflejaban su pericia y también el esfuerzo, las decepciones, los fracasos y el hecho de continuar adelante siempre. Gallardo hablaba de verdad. Si el buitre de la estatua de Colón mostraba un facha siniestro, era porque la herida de esta gente Gallardo la llevaba clavada en la biografía de su padre, un combatiente republicano represaliado. Esta historia la explicaría más tarde en la novela gráfica Un largo silencio.

Como Nazario (lo más salvajemente sexual de los dibujantes de El Víbora), Gallardo también acabaría siendo el autor de un cartel para las Fiestas de la Mercè. Barcelona es una ciudad donde las calles acaban haciendo su propia justicia los días de fiesta. A pesar de ser underground, Gallardo fue el más sentimental de los dibujantes, y así su trazo salía de Popeye y de Escobar, aquello que le gustaba leer de pequeño. Más tarde, cuando se lanzó a hablar de si mismo, cautivaría a todo el mundo. Al proscrito que había sido, sin embargo, nunca lo traicionaría.

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