Fito & Fitipaldis contra el fútbol moderno en el Palau Sant Jordi
El músico vasco triunfa en el primero de los dos conciertos en Barcelona, ambos con las entradas agotadas
BarcelonaHay muchas razones para ir a un concierto. Seguramente, una de las que movió a más de 17.000 personas a llenar el Palau Sant Jordi el viernes fue poder explicar lo que experimentaron con la canción Soldadito marinero. Fue en el tramo final del primero de los dos conciertos de Fito & Fitipaldis en Barcelona. Fito Cabrales había dicho que sí, que de acuerdo, que la cantarían juntos. Y el público la cantó de pies a cabeza, y con una intensidad especial la estrofa-estribillo más triste de la historia, aquella que constata que después de un invierno malo llegará una primavera igualmente mala. Soldadito marinero, crónica de la resignación de un hombre que envejece en soledad después de dos desengaños crueles –las mujeres no salen bien paradas en algunas canciones del músico vasco–, se publicó en el 2003 y hoy funciona más allá del impacto generacional. Uno de los aspectos más sorprendentes del concierto fue la notable presencia de público muy joven, conectadísimo con una propuesta arraigada en un rock'n'roll de ejecución limpia y pulida, con el saxo de Javi Alzola alternándose el protagonismo con la guitarra de Carlos Raya, devoto a la vez de las barricadas del riff y de las cadencias de JJ Cale y Dire Straits. Un público, por cierto, tanto masculino como femenino, con mucha pareja joven y no tan joven viviendo intensamente el concierto.
La gira de Fito & Fitipaldis sirve para presentar en directo el disco El monte de los aullidos, representado en el Palau Sant Jordi por media docena de canciones, como A contraluz, el tema con el que empezaron las dos horas de concierto. Amigo de las metáforas y los juegos de palabras transparentes (como Rosendo), Fito abrió la noche proyectado precisamente a contraluz en un telón. Cuando se levantó el telón, quedó a la vista una puesta en escena hoy contracultural: en el escenario solo estaban los seis músicos, los instrumentos y los amplificadores. Y las pantallas, horizontales y cuadradas, casi una provocación en tiempos de pantallas verticales que priorizan al líder e invisibilizan a la banda. Todo en Fito & Fitipaldis parece un desafío natural, como quien lucha contra el fútbol moderno y, milagro, consigue vencer: las entradas, entre 43 y 68 euros (por debajo de los 100 euros habituales en otros conciertos de gran formato); ninguna zona premium, ninguna área VIP, toda la pista ocupada libremente; ni confeti ni atrezo; todos los recursos invertidos para que la sonorización sea buena. Sin embargo, no saca pecho, simplemente es así desde tiempos inmemoriales. En un pasillo del Palau Sant Jordi hay una banderola con una imagen de Fito del 2014, en la que va vestido exactamente igual que en el 2026.
Con estas herramientas, fomenta un sentimiento de comunidad, más explícito aún cuando interpreta canciones que se cantan abrazados, como La casa por el tejado, y sobre todo cuando recupera "la vieja costumbre", dice, de pedir al público que salude al público del siguiente concierto. Aprovechando el desenfreno del final de Whiskey barato, cuando el violín de Diego Galaz y el acordeón de Jorge Arribas alegraban la acritud de una ruptura, la pantalla mostró el saludo del público de Bilbao dedicado al de Barcelona, y Fito instó al del Sant Jordi del viernes a hacer lo mismo con el del Sant Jordi del sábado.
El público es el factor diferencial. En el primer tramo del concierto, el swing de Por la boca vive el pez y el riff de guitarra que impulsa Me equivocaría otra vez, dos temas del 2006, provocaron las primeras ovaciones, con los espectadores aferrándose a la revuelta de las pequeñas cosas del verso "no voy a despertarme porque salga el sol". "Maravilloso, sois una puta bendición", dijo Fito al acabar Entre la espada y la pared (el único tema que tocó del disco Huyendo conmigo de mí, de 2014). Y, al cabo de un rato, el agradecimiento del público fue aún más ruidoso después de Acabo de legar, otro tema del disco Por la boca vive el pez que comienza con solo de guitarra del mismo Fito y que despega verso a verso. Son las canciones que consolidaron un estilo y es la marca que empapó prácticamente todo el repertorio del concierto.
Un lateral infalible
Fito Cabrales es como el lateral que nunca sube la banda, que nunca pierde la posición y que actúa con una determinación que saca de quicio a los delanteros. Nunca arriesga. Se hace grande cerca del área de un rock que no concede ni un centímetro al regate; si acaso, se permite algo de oscuridad rítmica y guitarrera en canciones nuevas como Volverá el espanto, que reflexiona sobre devastaciones bélicas, o rescata Cada vez cadáver del pozo de la monotonía con un crescendo tipo E Street Band que termina tocando la guitarra junto al batería Coke Giménez. Desespera con la poca imaginación de baladas nuevas como La noche más perfecta, pero enseguida se reconcilia con la afición cortando un pase al espacio y exhibiendo la bandera pirata del rock de adoquín picado para recuperar Entre dos madres, de Platero y Tú, la que cantó con la voz más áspera.
Jugó en campos realmente peligrosos precisamente cuando defendía la camiseta de Platero y Tú en los noventa, pero desde entonces se ha ganado la confianza de socios y simpatizantes por la fiabilidad. Fito & Fitipaldis es un grupo aristotélico, instalado como ningún otro en una dorada moderación que emociona a la vez al más rudo fan de Extremoduro y al seguidor más sentimental de Joaquín Sabina. Menos salvaje que uno, con menos literatura y más calle real que el otro. ¿Un fenómeno inexplicable? Quizás no tanto.