Juan Diego Flórez: de la pereza al convencimiento (con trucos)
El tenor peruano exhibe una técnica prodigiosa en el Liceu
- Gran Teatro del Liceo. 19 de marzo de 2026
Lo confieso: este recital de Juan Diego Flórez me daba mucha pereza. Pero, poco a poco, el tenor peruano me convenció de dos cosas: tenía muchas ganas de cantar y que lo hizo dándolo todo. Eso sí, el tenor peruano tiene un truco infalible: nunca salir del guión. Dicho esto, es perfectamente comprensible que la primera parte, de dificultad técnica incuestionable, fuera lo mejor de la velada.
Empezó fuerte, sin calentar motores, porque el aria de concierto de Mozart Aura che intorno spiri ya es de vértigo. Por no hablar de las dos arias de Titus de La clemenza de Tito, especialmente la segunda (Se lo impero), el más puro estilo Da Capo y con ornamentaciones y agilidades incluidas.
Rossini siempre pone contra las cuerdas, pero Flórez se erigió en imbatible con La pietra del paragone, y para terminar la preciosa Viens, gentille dame de la no menos preciosa La dame blanche de Boieldieu.
Con todo este material ya habríamos podido volver a casa, pero la curiosidad por escuchar en directo el estado vocal actual de Flórez al servicio de páginas menos ligeras y mucho más líricas pudo más. Y el cantante se erigió en un maestro de la técnica en tres páginas de zarzuela de Chapí, Vives y Serrano.
Terminado el bloque español, llegaba el turno del drama lírico francés. Y fue ahí donde a Flórez se le vieron el truco y las costuras: Werther (sobre todo) y Fausto piden pasión en serio, no disfrazada. Y Flórez ni se despeina, pese a poner cara de circunstancias a Pourquoi me réveiller?. ¿Quiere decir esto que cantó mal? Por el contrario, porque la técnica es prodigiosa y funciona en los cambios de registro, en los portamientos, en la emisión, en los reguladores y en los ataques. Pero, en el caso de Werther no podemos creer que el chico acabará con una bala atravesándole el cráneo.
Y después del Verdi conclusivo y de las piezas para piano solo de Vincenzo Scalera (que no estuvo tan fino como en otras ocasiones, pese a los virtuosos glissandi de la Masurca de Lecuona), volvió lo tan previsible y que tanta pereza da: los nueve dos sobreagudos de La hija du régiment, disparados a tuberías y con precisión –de nuevo– calculadísima, y la icónica guitarra para dibujar una napolitana, una canción peruana y dos rancheras mexicanas, incluida la inefable Cucurrucucú, paloma.
Conclusión: Flórez sigue convenciendo en el terreno que más le sienta, o sea el del belcanto romántico y, ocasionalmente, el Mozart menos ligero. Lo da todo, actúa con ganas y se mete al público en el bolsillo. Pero los trucos están demasiado vistos y ahora ya ni los disimula.