Crítica de teatro

Joel Joan supera el gran reto

El actor termina la función llorando tras interpretar a los ocho personajes de 'Vania' en el Romea

28/02/2026

Vania

  • Autor: Simon Stephens (traducción de Joan Sellent)
  • Director: Nelson Valente. Con Joel Joan
  • Teatro Romea (Hasta el 22 de marzo)

Joel Joan lloraba. Lloraba al saludar. Unas lágrimas provocadas no sabemos si por el monólogo final de Sonia sobre la inabarcable resiliencia y la fe en la otra vida o bien por la liberación emocional que sintió después de hora y media de viaje con los ocho personajes de El tío Vania de Chéjov.

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La obra del dramaturgo británico Simon Stephens (El curioso incidente del perro a medianoche, Una canción lejana) es la reescritura del clásico Tío Vania para un solo actor. Se estrenó con mucho éxito en Londres en el 2023, protagonizada por Andrew Scott. La pieza plantea un tour de force, un reto interpretativo que Joel Joan supera con nota sobre la fluida traducción de Joan Sellent y la meticulosa dirección de Nelson Valente. Un reto interpretativo resuelto con pequeños gestos identificativos, inflexiones de voz y el manejo de algún utensilio que define y diferencia a cada personaje. Todo ello exige una enorme precisión en el movimiento y las actitudes, de las que Joel Joan no se aparta ni un milímetro.

Reto interpretativo en cierto modo equiparable a aquel estremecedorEl cuerpo más bonito que se habrá encontrado nunca en este sitio de Josep Maria Miró (Teatre Romea, 2024), donde un sensacional Pere Arquillué interpretaba a los siete personajes de la función sin moverse de sitio. Éste Vania es más ligero, menos dramático, pero también, como decíamos, muy bien interpretado.

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La versión de Stephens se aleja de la Rusia rural del siglo pasado sin más actualización que sustituir al vodka en el que el médico Mikhail Lvovich Astrov (aquí, Miquel) ahoga su tristeza por vino y coñac; convertir al profesor Serebriakov experto en arte (aquí Alejandro) en un guionista y director de cine sin trabajo y, sobre todo, aportar más notas de humor que en el original, que estaban reservadas al terrateniente arruinado Telegin (aquí Saúl). Un humor que en la puesta en escena de Valente, planteada como un ensayo en una escenografía en construcción, refuerza el histrionismo del actor con los modos y gestualidad de los personajes.

Tenemos, pues, la fanfarronada entrada de Vania con gafas de sol de poner y sacar, muy adecuadas en los diálogos; el exagerado y llamativo Alejandro, que me remitía al siempre malhumorado Pantalone de la Commedia dell'Arte; la pose de Helena, que me hacía pensar en Betty Boop; y el gesto de Sonia, pulsando un trapo de cocina con la timidez de una niña adolescente. De Chéjov queda el argumento, los personajes, los monólogos y una reducción de los diálogos en una propuesta más volcada en la comedia pero que, curiosamente, sí respira algo del espíritu chekhoviano en los silencios. Una función bastante recomendable, si bien no cuesta predecir cómo la recibirán los que desconozcan el original.

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