El arrebato de Jan y la sensatez de Víctor

Laporta y Font han seguido caminos opuestos a pesar de converger hace veinte años

Joan Laporta y Víctor Font, el duelo en las elecciones del Barça
14/03/2026
5 min

BarcelonaEn estos últimos cinco años Joan Laporta se ha acostumbrado a ser ovacionado. Entraba en el village del torneo Godó y los hijos de las familias de la zona alta le aplaudían. Entraba en una fiesta veraniega en la Costa Brava y todo eran selfies. Ha terminado en lo alto de un toro en Mercabarna y en lo alto de un tractor, ha cantado con los gitanos de Gràcia y ha hecho macarrones. Muchos de los que le aplauden hoy son los mismos que se reían a hurtadillas hace unos 10 años. Entonces decían que Jan ya no era lo mismo de antes, que no sabía qué hacer de su vida después de no brillar demasiado haciendo de político. Laporta parecía parte del pasado, pero estaba destinado a volver como presidente azulgrana en las elecciones del 2021.

Estos cinco años, Víctor Font no ha parado quieto. Consciente de que muchos todavía no le conocían, ha ido arriba y abajo. Encuentros, reuniones, cenas... Se ha ganado la complicidad de muchas caras conocidas del barcelonismo, desde Xavi Hernández hasta Evarist Murtra. Mientras Jan se ha paseado triunfalmente, Víctor ha ido construyendo un proyecto para intentar destronarlo.

Laporta y Font habrían podido hacer camino juntos, ya que el punto de partida hace años era similar, el de ser críticos con Josep Lluís Núñez y querer modernizar la entidad. Pero estos diez años de diferencia que se llevan les han separado. Font miraba con admiración a aquellos empresarios joviales y bien peinados que en el 2003 querían modernizar el Barça. Qué época. Ronaldinho, Unicef ​​y, después, Pep Guardiola. Aquel Barça de círculos virtuosos evolucionó en el Barça de Laporta. Los directivos con los que Font tenía más afinidad, como Marc Ingla y Ferran Soriano (los tres fueron socios todos de la consultora Cluster Counsulting), se alejaron, cabreados. Y Font, que iba camino de Dubai con Delta Partners, pasó de ser un admirador de Laporta a hacerle oposición. Las mejores historias suelen ser estas, en las que del amor pasamos a la rivalidad, en las que atacas a quienes has admirado.

23 años después de esas famosas elecciones del 2003, Font se hace suyas muchas ideas que entonces defendía Laporta. Un club moderno, profesional, que reúna talento y sea poco presidencialista. Pero Laporta parece haberse convertido un poco en lo que entonces criticaba de Núñez, con ese club en primera persona. El destino les ha alejado hasta hoy, cuando se encuentran en el centro del cuadrilátero de las elecciones. Por un lado, el viejo campeón, el peso pesado de la oratoria, el presidente que, cuando habla, parece una especie de Muhammad Ali con autoestima muy alta al que no le ocurre la posibilidad de perder. Por otro lado, el aspirante, el empresario frío y calculador que ha ido construyendo un proyecto con un trabajo sordo y constante, aprendiendo a recibir golpes y darlos, para tener opciones hoy con esta ola del "cambio" que él ve como imparable. Laporta, por su parte, cree que a lo sumo esta ola le mojará los pies. Pero no le hará caer.

Laporta i Font: dos estilos, un mismo país

Dos estilos opuestos para el propio país. Para que nos guste o no, Cataluña es de debates y trincheras. Somos el país del juicio y del arrebato, expresión que siempre utilizamos como si ambas cualidades fueran juntas, cuando no siempre ocurre eso. Jan es el arrebato, y Víctor, el hombre de sensatez. Y a veces parece que uno tiene todo lo que le falta al otro. Ya hace años que todo el mundo ha entendido que Laporta es un hombre de acción. Buena parte de sus votantes confían por las sensaciones que sienten en la barriga y en el corazón. Laporta hace una butifarra y muchos ríen. Si Font hiciera una parecería fuera de sitio. Jan es el hombre que supo moverse con acierto en las reuniones donde se organizaba el antinuñismo en los años 90, hasta convertirse en la cabeza visible.

De Laporta se decía que sería el Kennedy catalán, pero ese primer año de mandato ya quería ir a ver el monumento a William Wallace en Escocia antes de un Celtic-Barça. Es un guerrero que enterró al nuñismo para ocupar el trono e iniciar la era del laportismo. Un movimiento que no gusta a buena parte de las grandes estirpes catalanas, que ven cómo Jan se acerca a empresarios extranjeros hasta hace poco desconocidos. La clave de vuelta del laportismo es precisamente Jan. Cosas que podrían parecer poco coherentes son normales en su mundo de relaciones personales. Él no ve ningún problema al ser un club catalanista, pero que mande mucho un franquista como su excuñado. Le parece bien tener más deuda si la pelota entra. Salva al Barça con un estilo propio que no se parece a lo que te enseñarían en la facultad de empresariales, pero le funciona y emociona a miles de culés. Si algo sabe hacer Laporta es emocionar. ¿Cómo se acabará de pagar el estadio y levantar el futuro Palau? Ya lo encontraremos. Su Barça triunfante es levantar títulos y tener arrebato.

Fuente representa la cordura. Y por eso ha convencido a varios empresarios catalanes. Cuando estaba en Dubai ya soñaba con volver a casa. No esconde que es independentista, y todavía es accionista del ARA. Ha visto cómo mucha gente le decía que tenía un buen proyecto, pero que sin el carisma de Jan no tenía opciones. "Él debate mejor, Víctor", le dijeron. "¿Quieres decir que tienes que presentarte?", le advertían. Pero Font nunca ha dudado. Es constante y cabezota. Ha ido tomando nota, mejorando en el cuerpo a cuerpo, intentando alejarse de la imagen de empresario "que se esconde detrás de un ordenador", como le reprocha Laporta.

De hecho, ambos acaban reprochándose cosas que pueden ser virtudes. La capacidad de Laporta para moverse en los despachos en los que se gestiona el fútbol mundial, llenos de hombres con un ego gigante, es un activo. Y ahora resultará que tener éxito en los negocios, ser ambicioso y metódico como Font es un defecto. En estos dardos cruzados se intuye que sumando las partes buenas de ambos el Barça saldría ganando. Pero las diferencias son demasiado grandes. El modelo de club que defienden es opuesto: el de Laporta, donde él y sus amigos mandan, contra un modelo más profesional, en el que no se dependa tanto del presidente.

Sin embargo, Font ha entendido que, le guste o no, hay que llegar a los socios de una manera diferente. En estas elecciones se ha atado la bufanda al cuello, se ha rodeado de los jóvenes de la grada de animación, que se han convertido en uno de los puntales del antilaportismo hasta que Laporta, en un nuevo volantazo, les ha permitido volver al campo coincidiendo con el periodo electoral. Ha sido uno de los últimos giros de guión de esta guerra fría culé que ha ido subiendo el tono hasta estas polarizadas elecciones. Bendito club, que permite enfrentar proyectos, debatir y votar. Que dure muchos años.

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