Joan Laporta rodeado de micrófonos y cámaras celebrando su triunfo.
Periodista
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Joan Laporta ha ganado las elecciones del Barça con un margen incontestable ante el candidato de la oposición, Víctor Font. Los culés se han expresado con contundencia. La victoria es meridiana. Premia y legitima en las urnas la obra de gobierno de un mandatario capaz de mimetizar su propio ismo con el de la mayoría de los barcelonistas. Suerte y aciertos en el campeón.

Vista la claridad del resultado, sorprenden los nervios de Laporta y su claca durante el tramo decisivo de la campaña. Convocando las elecciones a media temporada, con los títulos por decidirse y el primer equipo de fútbol en picos de ilusión, el aspirante continuista lo tenía todo a favor, incluidos deportistas entregados a la causa, para revalidar el apoyo de una masa social históricamente futbolcentrista y conservadora. Sólo Font, que lleva diez años dedicando tiempo y dinero para cambiar el Barça, pero sigue sin saber conectar con el culé de la calle, ha tenido suficiente moral (y firmas) para obligar al dirigente catalán más carismático desde Jordi Pujol a tener que organizar unos comicios. Laporta era imbatible en caso de una final a tres (Marc Ciria se quedó a 90 firmas del corte) y favorito también en el cara a cara plebiscitario que Font quería. El sorpasso, teniendo en cuenta el contexto y los precedentes, era muy poco probable. No hacía falta, pues, ser tan chapucero a la hora de debatir ni llevar a los adláteres tan al límite en defensa propia. ¿O quizás sí?

Parece que tanta violencia verbal y tanta exposición mediática podía responder a un miedo real de Laporta y sus familiares y amigos a perder los privilegios adquiridos hace cinco años gracias a la célebre lona del Bernabéu ya la promesa incumplida de renovar a Leo Messi "con un asadoSin embargo, es mucho más acertado vincular esta estrategia a la histórica necesidad del laportismo a designar enemigos y maltratarlos en todos los terrenos, ya sea al estercolero de las redes sociales oa la grada de animación. El contra todo y contra todos por encima de cualquier vocación constructiva. todo cuando tiene todo de cara para seguir gobernando. No surrender ad nauseam. La estrategia es poco edificante, pero ha ayudado a ganar con el gorro.

Si Laporta ha elevado el tono hasta los extremos de la mala educación no ha sido por sufrimiento, sino por pura convicción. Esta forma de hacer ha encontrado la legitimidad en las urnas y ha empequeñecido la voluntad de cambio (nada despreciable después del recuento de firmas) hasta el punto de hundir la alternativa de Font. Lo que sí queda claro es que el Barça no se reencontrará con el absolutismo de Núñez en los años 80 y 90 ni replicará al régimen norcoreano de Florentino Pérez en Madrid. De entrada porque los actuales estatutos impiden más de dos mandatos consecutivos de Laporta, pero también porque el estilo personalista del presidente electo va a seguir generando disidencia y necesitando la fiscalización del periodismo. Será excitante seguir poniendo luz en la gestión opaca del dirigente más idolatrado de la historia del Barça. Rascaremos y nos divertiremos. Motivos habrá. Y esto también es una gran noticia. De hecho, junto al fin del proceso electoral, diría que es la mejor de todas.

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