Fútbol

"Cada año digo que lo dejaré, que esto es un desastre, pero acabo continuando"

La hazaña del Ribera de Ondara después de más de un año de derrota en derrota

El Ribera de Ondara celebrando la primera victoria después de 31 derrotas seguidas.
Arnau Segura
05/03/2026
4 min

Torelló"Fue como ganar la Champions, casi. Para un equipo cualquiera habría sido una victoria más, pero para nosotros es la primera y podría ser la última. Lo que aguantamos es complicado, bastante duro, pero ha merecido la pena", explica Sergi Pont (1998). El Ribera de Ondara, el club de un municipio de la Segarra que no llega a los 500 habitantes, rompió hace unos días una racha de 31 derrotas y de 412 días sin puntuar con una sufrida victoria por 4-3 ante el Santa Coloma de Queralt B, con un doblete de Pont. La última alegría era del 11 de enero del 2025. Este curso llevaban diecisiete derrotas en diecisiete jornadas en cuarta catalana, la más baja, con ocho goles a favor y 98 goles en contra y algunos resultados muy dolorosos: 13-0, 10-9, 2-10, 7-0. "Cuando el árbitro pitó no nos lo creíamos. Estábamos todos riendo, todos gritando como locos, todos flipando. Las caras eran de alegría y de felicidad", afirma.

"Las caras eran de alivio", admite David Pont (1971), su padre, el tesorero, el delegado y el hombre orquesta de la entidad. Eran uno de los cinco equipos de cuarta catalana, de 506 en total, que habían perdido todos los partidos jugados esta temporada. "Un momento, que paro el tractor", dice cuando descuelga el teléfono. La amarga realidad de la Segarra y de tantos otros puntos del territorio es la despoblación. La tendencia a ir perdiendo cosas "a marchas forzadas", vida en definitiva. "Aquí no hay nada. Se han ido perdiendo todas las tiendas. Primero se perdió el horno de pan porque se jubiló el panadero. Luego los ultramarinos, la carnicería... Aguanta la farmacia porque hay muchos pensionistas. Había habido un club federado de tenis de mesa, pero cuando se fueron haciendo grandes también lo dejaron", asegura. "Es un pueblecito tan pequeño que no hay nada más que pueda llevar su nombre hacia afuera. Muchos nos dicen: «Hostia, ¿aún aguantáis? ¿Todavía seguís?». Porque siendo un pueblo tan pequeño cuesta mucho", remarca Dídac Pont (1992), jugador ya la vez secretario. La persona que tenía el cargo ya era demasiado mayor y su padre tuvo que buscar un relevo y tiró de casa "por comodidad": trabajan juntos a labrador, cultivando cereales de secano. Sergi, el hermano pequeño, es electricista en la brigada municipal de Cervera.

Foto de equipo del Ribera de Ondara en un partido de esta temporada.

Es un club humilde que sobrevive con un único equipo y un presupuesto de menos de 6.000 euros: cada año deben poner dinero de su bolsillo. Antes de los partidos, David marca las líneas del campo. Un rato antes engancha una especie de rastrillo de grandes dimensiones en su Citröen Berlingo y va conduciendo arriba y abajo, allanando la superficie. "Como esos niños de Roland Garros", dice. Después pone a los banderines de los córners. Lavan los dorsales en la lavadora de casa, junto con algunas camisetas de partido. Un año se quedaron sin entrenador a medias. "No encontrábamos ni podíamos pagar ningún sustituto. Me dijeron que en Navidad hacían un curso intensivo de entrenador y lo hice para poder acabar la temporada", explica. Tanto él como el entrenador actual deben participar en el entrenamiento porque siempre faltan jugadores. "Son muchas horas, pero lo disfruto mucho. Te da la desconexión necesaria. Del trabajo y de todo. Estas dos horas que estás en el fútbol, ​​el resto desaparece".

Tres botellas de cava probablemente caducado para celebrar el triunfo

Además de los dos hermanos Pont también están los tres hermanos Martínez. "Nos da un entretenimiento. Aquí no hay tantas cosas como en Barcelona", destaca Alexis (2002), trabajador de mantenimiento en BonÀrea. Es el portero. Este 2026 había recibido 42 goles en cinco partidos. "Es duro a nivel deportivo ya veces durante los partidos te desanimas y te frustras. Hace dos años sólo ganamos tres partidos, el año pasado dos y éste uno, pero perder tanto es", recalca. Reivindica la vertiente más humana y social del fútbol: "Tengo unos amigos que siempre me decían: «Hostia, ¿por qué sigues jugando allí si lo único que hace es perder?» Y dos han pasado del «¿por qué no pliegues?» a venir a entrenar todos los viernes". "A mí me lo dicen los del trabajo, los amigos, todo el mundo: «¿Pero qué haces allí? ¿No te cansas de perder?» Cada año digo que lo dejaré, que esto es un desastre, pero acabo continuando", admite Sergi. Dice que no sabría decir qué es, pero que hay algo que le llena.

"No sé exactamente por qué, pero compensa", destaca Dídac Pont en el mismo sentido. Tiene cinco hijos y el mayor le decía a menudo que debían espabilarse: "A ver si ganáis ya, que siempre pierdan". Durante los partidos mira a la grada y les saluda, feliz. Al descanso ellos corren por el campo y se pelan las rodillas. "Nunca se puede perder el espíritu de lucha. La ilusión. Hay que luchar hasta el final", recalca. Así llegó su primera victoria, más de un año después.

La tradición dice que cuando ganan se hacen una foto en el vestuario con los números del marcador, manual, y terminan empapados de cava. Las tres botellas guardadas en la nevera volaron. Se ríen diciendo que ya debían estar caducadas. "Lo perdemos todo, pero cada año estamos allí. Dando la cara", acentúa David, el padre. "Hay algunos que saben remover mejor el balón con la cuchara, en el plato, que en el campo, pero nos da igual. Lo importante es continuar un año tras otro", subraya, después de muchas horas sembrando en el pedazo. El mayor éxito es empezar y acabar las temporadas. Sobrevivir. "Aguantar".

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