Cinco años del régimen de los talibanes

Los afganos evacuados: su vida, cinco años después

El ARA Diumenge sigue la trayectoria de cuatro familias afganas que ya entrevistó en 2021, cuando llegaron a Cataluña huyendo de los talibanes

10/08/2026 - 14:36 h.

Barcelona“Cada día que Asra va a la escuela, estoy muy contenta…”, dice con voz rota Anita, y ya no puede continuar la frase porque rompe a llorar. Asra es su hija de 13 años y este año cursó segundo de la ESO. Si se hubieran quedado en Afganistán, si no les hubiera sido posible huir, Asra estaría ahora encerrada en casa y no podría haber empezado la educación secundaria. Los talibanes han prohibido estudiar a las jóvenes a partir de los 12 años. “En Afganistán tengo a mi hermana, a mis sobrinas, a mi cuñada… Están allí, sin poder hacer nada”, lamenta Anita, que intenta recomponerse mientras se limpia las lágrimas. “Aquí nosotras somos unas afortunadas”. Por eso ella no pierde ninguna ocasión para trabajar, estudiar, conocer lugares nuevos, o incluso para jugar a fútbol. Quiere disfrutar cada instante de su libertad. Porque eso es lo que más valora de aquí: la libertad.

Anita Rafat es una de los muchos afganos que llegaron a Cataluña en 2021, cuando decenas de miles de personas fueron evacuadas de Afganistán a toda prisa por las tropas internacionales, después de que los talibanes entraran en Kabul sin apenas disparar un solo tiro y tomaran el poder del país. Han pasado casi cinco años desde entonces y los talibanes, en lugar de debilitarse, cada vez tienen más fuerza.

España acogió a un total de 2.475 afganos, 2.206 de los cuales llegaron en vuelos de evacuación y 269 obtuvieron el visado en los meses posteriores, según datos facilitados entonces por el ministerio de Asuntos Exteriores español. Dos centenares fueron a parar a Cataluña. Después han llegado más afganos, pero a cuentagotas. ¿Qué ha pasado con todas esas personas?

ARA Diumenge ha hablado con cuatro familias afganas que ya entrevistó en 2021 para saber qué ha pasado con sus vidas cinco años después. Curiosamente, durante todo este tiempo, para todas su pilar de apoyo han sido personas anónimas que les han ayudado de forma desinteresada. ¿Qué pasará si Vox gana las elecciones? ¿O si finalmente la Unión Europea llega a un acuerdo con los talibanes para la deportación de afganos?, se preguntan también. Por eso su principal objetivo ahora es conseguir la nacionalidad española cuanto antes.

Familia Rafat-Shirzay

Anita, de 42 años, llegó a Barcelona con su familia: su marido, su hija que entonces tenía 9 años, su hijo de 17 meses, y su hermana. “Fue un impacto emocional dejar atrás a mi familia, mi trabajo y mis amigos, y llegar a un sitio donde tienes que empezar de cero y no conoces absolutamente nada”, recuerda. No sabía ni una sola palabra de catalán ni de castellano, y se puede decir que aterrizó en Barcelona con lo puesto. En Afganistán se licenció en bioquímica, trabajó como profesora, pero también para la Agencia Española de Cooperación en la pequeña localidad de Qala-e-Naw, en el noroeste del país, donde todo el mundo se conoce y era fácil que los talibanes la identificaran.

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Inicialmente, Anita y su familia vivieron en un centro de acogida en el distrito de Nou Barris de la capital catalana, gestionado por la Fundación Apip-Acam y donde compartían el espacio con otras familias refugiadas. Tener un piso de alquiler les parecía entonces una quimera, pero tuvieron la gran suerte de que una familia de la asociación de madres y padres del colegio donde su hija Asra fue escolarizada en el barrio de Horta les ofreció alquilarles parte de su casa a un precio más económico del que podían encontrar en el mercado. Es una casa antigua de dos plantas, de aquellas de toda la vida del barrio. La familia vive en la segunda planta, y a ellos les han cedido la primera.

Ya han aprendido castellano y también empiezan a soltarse con el catalán, pero lo que más les está costando es encontrar trabajo. Durante algunos meses Anita ha sido monitora de comedor para niños con necesidades especiales en una escuela, e incluso se ha atrevido a hacer alguna demostración a los alumnos en el laboratorio, aprovechando sus conocimientos como bioquímica.

A final de 2022 se quedó embarazada, y el 10 de septiembre de 2023 dio a luz a su tercer hijo, Arsh, en el Hospital Vall d’Hebron. “En Afganistán tuve a mis hijos en una ciudad pequeña, donde trabajaba como profesora y todo el mundo me conocía. Por eso la comadrona y las enfermeras del hospital público me trataron bien”, explica. Aquí le ha sorprendido que, a pesar de que en el hospital no la conocía nadie, también recibió un trato exquisito. Pero lo que le ha chocado más es que su marido pudiera estar presente en el parto, algo impensable en Afganistán. “Desde que estuvo en el parto, me respeta más. Le impresionó tanto que incluso se mareó y se puso a llorar”, afirma.

El marido, Abdul Wasi Shirzay, de también 42 años, hace cara de circunstancias. En la actualidad trabaja como ayudante forestal de Parques y Jardines, dentro de un plan ocupacional de Barcelona Activa. Poda, desbroza, riega…. “Estoy contento porque es un trabajo que tiene relación en cierta manera con lo que estudié en Afganistán”, dice. Es ingeniero agrónomo. Su contrato dura hasta diciembre y confía que se lo renueven.

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“¡Ha sido falta, es tarjeta roja!”, exclama en persa Ahmad, intercalando palabras en catalán y castellano, mientras mira un partido de fútbol en la televisión. Es uno de los hijos de Anita y Abdul, tiene casi 6 años, y habla indistintamente los tres idiomas. Su hermana, Asra, de 13 años, también habla los tres a la perfección. Dice que de mayor quiere ser doctora, aunque también le encanta dibujar. Tiene cuadernos enteros de dibujos hechos a lápiz por ella. Su preferido es un retrato de su abuela, que continúa en Afganistán, y a quien, asegura, tanto echa de menos.

Familia Rafat-Toukhi

Fereshteh es hermana de Anita. En Afganistán se licenció en periodismo y se significó en la defensa de los derechos de las mujeres afganas. Trabajaba en una casa de acogida para mujeres maltratadas. En Barcelona, vivió inicialmente con su hermana en el centro de acogida, pero después buscó una habitación de alquiler, y tuvo la gran suerte de ir a parar a la casa de Magdalena Martínez Sacristán y José Antonio Ramos Romero, un matrimonio de jubilados de l’Ametlla del Vallès que la adoptaron como si fuera una hija. De hecho, ella los llama ahora “papa y mama”. “Son mi familia en España”, asegura.

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Vivir con ellos le ayudó a aprender castellano rápidamente y hablarlo a la perfección, pero también a saber cómo es la cultura, la comida, la vida aquí. Fue una inmersión total. Su novio, Khalid Toukhi, también se unió a ella al cabo de unos meses. De hecho, fueron evacuados juntos de Afganistán pero, como allí está mal visto socialmente tener novio, escondieron inicialmente que eran pareja y, una vez en España, los separaron: a ella la enviaron a Barcelona, y a él a Córdoba, hasta que consiguieron reencontrarse medio año después.

El matrimonio de l’Ametlla del Vallès también ayudó a Khalid muchísimo. Magdalena le ofreció dormir en casa de su hermana Herminia, en Santa Coloma de Gramanet, para que pudiera encontrar un trabajo en Barcelona. “En todos los trabajos que me ofrecían, tenía que empezar a las siete o las ochos de la mañana y, viviendo en l’Ametlla del Vallès, me resultaba imposible llegar en transporte público a esa hora. El primer autobús que une l’Ametlla con Granollers Centre sale a las siete de la mañana. Y desde allí, tenía que coger después un tren hasta Barcelona”, argumenta él.

El joven, que en Afganistán se licenció en económicas, estudió un máster en relaciones internacionales y trabajaba en un organismo institucional que fomentaba la resolución de conflictos, es ahora recepcionista en el Hotel Ilunion Barcelona. Empezó en marzo del 2023 con horario rotativo. Solo cuando trabajaba de noche podía ir a dormir a l’Ametlla del Vallès. Hasta que en julio de ese año, él y Fereshteh se trasladaron a vivir a Ciutat Meridiana, también gracias al matrimonio de l’Ametlla del Vallès, que tenía allí un piso alquilado a otros inquilinos y decidió arrendárselo a ellos por un precio módico. Están súper agradecidos.

Khalid tiene ahora contrato indefinido. Fereshteh, en cambio, sigue buscando trabajo. “Cada semana envío al menos treinta currículums. Me hacen entrevistas, pero después no me contratan”, lamenta con frustración. Ha hecho un curso de auxiliar de sociosanitario, otro de ingeniero de pruebas de aplicaciones, de impresión 3D, de blockchain… Y sigue formándose. También es voluntaria en la organización TechFems, de mujeres especializadas en tecnología, y ha trabajado como dependienta en una tienda de ropa. El año pasado la tuvieron que operar por problemas de salud y esto tampoco le ha ayudado en la búsqueda de trabajo.

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Familia Hossaini

“Olot es un pueblo pequeño donde es difícil avanzar. Yo tenía claro que la única manera de no depender de las ayudas sociales era salir de allí y encontrar un trabajo”, afirma Javad Hossaini, de 36 años, que fue a parar a la capital de la Garrotxa en agosto de 2021 con su mujer, Fatemah Mohammadi, y su hijo Amir Mohammad, que entonces tenía 5 años. Inicialmente vivían en un piso compartido que gestionaba la Fundación Cepaim.

Originarios de Herat, la segunda ciudad más grande de Afganistán y motor económico del país, se dieron cuenta desde el principio que Olot no era para ellos. Así que, en cuanto tuvieron permiso de trabajo, buscaron una alternativa: Madrid.

Tuvieron la fortuna de que la secretaria del patronato de la Fundación Lo que de Verdad Importa, Carmen Gredilla, conoció a Javad de casualidad en una conferencia y le ofreció trabajar en su fábrica de cosméticos ubicada en Tres Cantos, un municipio al norte de la capital española. Javad no se lo pensó dos veces. Dejó a su mujer y a su hijo en Olot, y se fue a Madrid para buscar un lugar donde vivir con su familia. Estuvo diez días alojado en un Aribnb. “Por la noche lloraba, porque no encontraba nada”, confiesa.

Pero Carmen Gredilla volvió a ser su tabla de salvación: no sólo le orientó cómo buscar un piso, sino que también negoció con el propietario y actuó como su avaladora. Así Javad consiguió alquilar un estudio de 35 metros cuadrados en Colmenar Viejo, a unos 40 kilómetros al norte de Madrid, y trasladar allí a su familia a principio de marzo de 2022. Al cabo de pocas semanas, el 17 de abril, su mujer, que llegó embarazada a España, daba a luz a su segundo hijo, Alisan.

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“En el piso no teníamos nada, ni un plato, y Cáritas Castrense nos dio dinero para comprar lo que necesitábamos. También me ayudó a sacarme el carnet de conducir para que pudiera buscar un segundo trabajo como chófer”, explica Javad porque, con lo que ganaba en la fábrica de cosméticos, no llegaban a final de mes.

Su mujer, que en Afganistán era médico, se puso a trabajar como limpiadora. Y él, que era fisioterapeuta, empezó a enviar currículums para intentar encontrar un trabajo de su profesión, pero en todos los lugares le exigían tener el título homologado. “Fui a un centro de pilates a probar suerte y, para mi sorpresa, me contrataron como entrenador”, dice el chico, que admite que tuvo que buscar en YouTube cómo hacer entrenamientos de pilates porque no tenía ni idea.

A partir de julio de 2023 Javad trabajaba en la fábrica de cosméticos de 7.30 h a 15h en Tres Cantos, y de las 17h a 22h en el centro de pilates en Madrid. Cuando llegaba de vuelta a casa ya eran las once y media de la noche. “No veía a mis hijos, excepto el fin de semana”, lamenta. Por su parte, su mujer se matriculó en un curso de auxiliar sanitaria e hizo prácticas en un centro de personas con autismo durante todo un año. A las 7.30 h dejaba a su hijo pequeño, aún bebé, en la guardería, y se iba corriendo a trabajar mientras iba controlando a través del móvil que su otro hijo, que ahora tiene 10 años y que había dejado solo en casa, se levantara, desayunara y fuera al colegio. Así, con mucho esfuerzo, han salido adelante.

Ahora viven en un piso más grande, de tres habitaciones, también en Colmenar Viejo, y se han comprado un coche. Javad ha dejado la fábrica de cosméticos y trabaja como entrenador en dos centros diferentes de pilates. También ha conseguido homologar su título de fisioterapeuta, pero le exigen hacer 600 horas de prácticas suplementarias. “He contactado con las universidades públicas y me dicen que no me puedo matricular para hacer solo las prácticas. Y las privadas son demasiado caras, no me las puedo permitir”. Lamenta que le pongan tantos palos en las ruedas.

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Fatemah, de 33 años, ha dejado de trabajar para estar más tiempo con su hijo pequeño. El niño tiene problemas para socializar y apenas habla, a pesar de que ya tiene más de 4 años. Le han llevado al médico, al logopeda... Eso es lo que más les preocupa ahora. “Quiero dar las gracias a todas las personas que nos han ayudado. Su apoyo y su cariño ha significado mucho para nosotros”, afirma ella. También dice que su “mayor recompensa” es que sus hijos “están felices, integrados en el colegio”. Según dice, tiene esperanza en el futuro.

Familia Aryan

En cambio, Feridoon Aryan asegura que no está seguro sobre su futuro. “Estar en un país donde tengo que renovar mi permiso de residencia cada tres años y no tengo una situación legal permanente, no puedo considerar que sea mi casa”, declara.

Feridoon, de 40 años, llegó con su mujer y sus dos hijos a Barcelona en octubre de 2021, en uno de los dos únicos vuelos de evacuación que el ministerio de Defensa español organizó desde Pakistán para trasladar a los afganos cuya vida corría peligro y no habían conseguido subir a los vuelos que despegaron desde Kabul. Él era portavoz de Unicef en Afganistán, no podía quedarse allí.

En Barcelona, vivieron inicialmente en un centro de acogida, donde les ofrecieron una habitación con tres camas y tenían que compartir el lavabo, la cocina y el comedor con más de una veintena de refugiados, cada uno de un país diferente. Después los trasladaron a un piso en Sant Cugat del Vallès, que estaba mucho mejor, pero donde no había ni colchones ni muebles y ellos no tenían dinero para comprar nada. Así que, cuando en junio de 2022, les surgió la oportunidad de trasladarse a Alemania, porque Feridoon había solicitado asilo allí por haber trabajado en Afganistán para la ONG germana Media in Cooperation and Transition, no se lo pensaron dos veces.

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En Alemania se instalaron en Hamburgo, donde el gobierno les facilitó una casa que sí que estaba amueblada y no les faltaba de nada, explica Feridoon al ARA a través de una vídeo llamada. “Alemania no dedica una habitación a las mujeres afganas, pero realmente ayuda a los refugiados de forma práctica”, añade con sarcasmo, en referencia a la sala con una placa conmemorativa que el ministerio de Asuntos Exteriores español inauguró el pasado enero para mostrar su apoyo institucional a las mujeres afganas.

Durante los últimos años Feridoon ha continuado trabajando de forma remota para Unicef Afganistán, y también ha estado contratado por una empresa estadounidense que ayuda a los refugiados afganos a conseguir un visado. La empresa tenía la oficina en una localidad a diez horas de viaje de Hamburgo, cosa que le obligaba a estar poco casa y al final acabó dejándolo. Ahora vuelve a buscar trabajo, aunque de momento está bastante ocupado en casa. Su mujer, Nooria, de 33 años, dio a luz a su tercer hijo el pasado 10 de julio. Sus otros dos hijos, Anosh y Heraab, tienen ahora 7 y 12 años.

"Alemania es un buen lugar donde vivir", asegura Feridoon. Pero se pregunta lo mismo que la mayoría de los refugiados afganos: "¿Qué pasará con el ascenso de la extrema derecha?"