Todo viajero admira a alguien que le inspiró. En el caso de Mir, es el navegante y alpinista vasco Julio Villar. “En 1968, tras una larga recuperación a causa de un accidente de montaña en el Mont Blanc, compró un velero de siete metros de eslora sin motor auxiliar e hizo la vuelta al mundo en solitario. Sin experiencia previa. Regresó en 1972 al puerto de Lekeitio, tras recorrer unas 38.000 millas náuticas”, explica Mir, que también admira al deportista Luis Doreste, que ganó dos medallas olímpicas. “Una persona excelente con quien pude trabajar”, recuerda.
Alberto Mir: el sueño de llegar navegando a vela hasta la Antártida
El marinero barcelonés capitaneó un pequeño velero desde el Masnou hasta la Antártida esquivando icebergs y mal tiempo
BarcelonaAlgunas personas han nacido para navegar. Como Alberto Mir (Barcelona, 1968). A pesar de que estudió económicas, no podía dejar de pensar en el mar. “Cuando éramos pequeños navegábamos en el Real Club Náutico de Barcelona, con unos optimists de madera. Mis padres ya navegaban y mi abuelo participó en la modalidad dragon en los Juegos Olímpicos de Roma del 1960 –recuerda–. Estudié económicas y tenía trabajo en La Caixa. Pero quería dar la vuelta al mundo. Miraba el mapa y tenía un gran deseo de hacerlo”. Y así fue: navegar sería su vida. Buscaría trabajos cuidando embarcaciones o trasladándolas de puerto durante muchos años. Y ahora es capitán de barcos y ha dado la vuelta al mundo unas cuantas veces. Formado en la Royal Yachting Association inglesa, ha ayudado a muchas personas a dar la vuelta al mundo navegando. Conoce todas las costas, todos los mares, y acumula vivencias y anécdotas. La más especial, sin embargo, ha sido ir navegando con un velero hasta la Antártida, experiencia que explica en el libro La Antártida a vela (Nova Casa Editorial, 2026).
“En el mundo de la náutica todos nos acabamos conociendo, y así me llegó que había un señor en Mallorca que tenía entre ceja y ceja ir hasta la Antártida. Después de la pandemia, necesitaba hacer un viaje como este, y había sumado dos conocidos a la experiencia. Pero le hacía falta un capitán. Yo ya conocía la zona del cabo de Hornos, así que me apunté. No podía decir que no, era un proyecto fascinante. Seríamos cuatro tripulantes, tres que querían hacerlo y yo como capitán. Compramos una embarcación en Francia y estuvimos todo un año poniéndola a punto, ya que, al ser una embarcación nueva, con muchos sistemas de seguridad, había que hacerlo bien”, recuerda. Si el proyecto ya era para valientes, hacerlo con una nave nueva y una tripulación que tampoco se conocía mucho añadía riesgos. “Tú puedes hablar con las personas en tierra. Pero hasta que no estás en alta mar con mal tiempo, durmiendo poco, no ves de qué pasta están hechos”, explica Alberto, marinero de discurso reposado y mirada afable. “El primer año, la nave falló un poco. Así que la llevamos a los astilleros de Bretaña para arreglarlo todo. También había que pedir el permiso a las autoridades para hacer el viaje. No todo el mundo puede ir hasta allí como si nada, es un área internacional protegida. Imagina que alguien tiene un accidente con vertido de petróleo. Nosotros gestionamos el permiso con los franceses, que nos pidieron un dossier muy completo”. Tener toda la papeleta fue una aventura. Pero nada comparable con lo que les esperaba por delante. “Nosotros salimos del Masnou e hicimos varias paradas. Hicimos el Masnou, Gibraltar, las islas Canarias, Cabo Verde, Brasil, Uruguay, Argentina, y finalmente 500 millas de navegación de Ushuaia hasta la península Antártica. Unos tres o cuatro días de navegación. Cuando miras dónde estás en el mapa... Es realmente ir al fin del mundo”, confiesa.
Un regusto amargo
“Yo quería ir allí por el reto. Había navegado por la Polinesia, conocía las Galápagos, lugares preciosos. Y había estado por el sur, pero no en la Antártida. Quería hacerlo con el hielo, icebergs y el frío. Allí hay que estar muy atento cuando navegas para evitar accidentes”. De hecho, más que la belleza, lo que llevaba a Alberto a aquellas aguas era ponerse a prueba. “Es un ambiente hostil. Te lleva al límite. Cuesta navegar, cuesta calentar la nave, tienes el frío dentro del cuerpo. En otras zonas, si tienes un problema técnico, tienes puertos cerca con mecánicos. Allí, no. De hecho, la armada chilena y argentina, ya te lo dicen, que entras en una zona donde la asistencia es limitada o nula. Es cierto que hay bases científicas, pero su trabajo no es ayudarte. Si tienes un problema, un helicóptero no llega al continente, porque no tienen suficiente autonomía. Envían un aviso e intentan desviar alguna embarcación, pero por allí pasan pocas naves mercantes”, explica. Aquel paisaje es bonito, pero también es letal. “Si caes al agua, en dos minutos puedes estar muerto. Hay que ir siempre atado a cubierta”, añade.
Llegar a la Antártida saliendo del Masnou fue un reto. Un aprendizaje lleno de sorpresas. Positivas, pero también negativas. “Yo esperaba que fuera más virgen. Porque hay zonas donde estás navegando solo, pero de repente en otras te encuentras un gran barco turístico con 3.000 personas. Incluso ya encuentras vuelos comerciales que aterrizan en la Antártida. Estás allí navegando en silencio y de repente oyes un ruido horrible. Y aparece un avión que aterriza sobre la nieve y los turistas bajan. Volví con la sensación de que nos estamos cargando la Antártida. Hay muchas bases científicas, algunas gigantes, como una norteamericana, donde tienen más de mil personas viviendo, con un cine y un casino. Y una tienda de recuerdos”.
La aventura acabó con un regusto amargo al ver que ellos seguían todo el protocolo de seguridad para bajar a tierra, desinfectando el equipo para proteger la naturaleza, pero después veían barcos de pesca chinos que pescaban en zonas protegidas. “Prefieren pagar la multa. El Tratado Antártico es papel mojado. Hubo momentos muy bonitos, fondeando al lado de un viejo ballenero medio hundido, solos, viendo ballenas y pingüinos. Pero también ves microplásticos, turistas, gripe aviar... Nos estamos cargando el planeta”, concluye.