'Bailando con lobos': el erasmus sioux de Kevin Costner

Hay muchas películas que no he visto. Para que os hagáis una idea de la magnitud de la tragedia, hasta el confinamiento no había visto Dirty dancing (qué maravilla) ni Pretty woman. He querido aprovechar esta serie de artículos para llenar de manera eficaz algunas de mis lagunas cinematográficas. En una época de oferta audiovisual masiva y atomización absoluta de los canales, yo curo mi FOMO en diferido. Esta semana he visto Bailando con lobos por primera vez y estos son mis apuntes:

Apuntes que escribo mientras veo por primera vez 'Bailando con lobos' (1990) esta semana:
  • Solo estaba disponible la versión doblada al castellano. Qué recuerdos. Hacía mucho que no oía frases como “Maldito hijo de perra” y “¡Mueve tu inútil trasero, demonios!”. El doblaje te permite explorar con más atención el plano, pero te va sacando de vez en cuando de la historia: “Ah, el señor Burns”, “Ah, el doctor Frasier Crane”, “Ah, Bruce Willis en todas las películas”...
  • ¿Vuelvo a tener el anhelo infantil de tener un caballo y que sea mi amigo? La respuesta es sí.
  • El lobo que acompaña al protagonista se llama Two Socks (“Dos calcetines”), que en castellano se ha traducido como “Calcetines”. A un lobo. “Calcetines”. Es como ponerle “Currupipi” a un tigre: está mal, no debería poderse hacer, es mearte en la cara de las fuerzas de la naturaleza y te mereces lo que te pase (como que un día y sin siquiera parpadear esa fiera con nombre de conejito te arranque la garganta).
  • Hay páginas que clasifican las películas según si el perro muere o no. Lo hago extensivo a cánidos. Aviso, pues: el lobo merienda bala y la dienta. Yankee go home (en Inglaterra).
  • Me gustaría desmentir el título: a) no se baila con lobos en ningún momento y b) solo sale una unidad de lobo.
  • ¡Pero salen muchos búfalos! ¡Tantísimos! Qué pena que los nativos no coincidieran con la migración italiana (quién sabe por qué). Se habrían podido hacer cantidades pantagruélicas de mozzarella fresca.
  • Muy chula la banda sonora, que no es de aquel (John Williams), ni del otro (Hans Zimmerman), ni tampoco del otro (James Horner), sino del otro (John Barry). Es importante no confundirla con la de El último de los mohicanos, que tampoco he visto, y que es de otros dos (Randy Edelman y Trevor Jones).
  • ¿Sabías que… Kevin Costner se dejó crecer un bigote horrible para hacer de John Dunbar? Lo lleva puesto en la cara durante casi dos horas de metraje, es difícil que no lo hayas visto. Entonces se afeita y vamos al look de mullet ochentero, que mantendría al año siguiente en Robin Hood: Príncipe de los ladrones.
  • El protagonista se enamora tanto de los nativos que pasa a vestir como ellos, hablar como ellos e integrar sus costumbres. Cuando vuelve a entrar en contacto con sus compatriotas, el choque es insalvable. Conozco la experiencia. Yo también he vuelto de un Erasmus. En Roma. Cuando queráis os hablo de ello.
  • Parecía ideal para caer en el cliché del salvador blanco si no fuera porque son los nativos quienes lo salvan a él, y porque él no los salva de nada: llegan los colonizadores y se lo cargan todo. La película termina con un intertítulo que dice: “Trece años después, sus hogares fueron destruidos, sus búfalos exterminados, y el último grupo de sioux libres fue sometido a la autoridad del hombre blanco en Fort Robinson, Nebraska. La magnífica cultura de los caballos de las planicies había terminado, y la frontera americana pronto desaparecería”. No se considera spoiler si sale en los libros de historia.
Cargando
No hay anuncios

Veredicto: muy bien el reparto indígena, que se hable la lengua lakota y que se pinte a los europeos como los asesinos que fueron. La ropa sioux, Kevin, te queda fatal (pareces sacado de una fiesta de disfraces), y también sobra metraje. ¡Y el montaje del director dura cuatro horas! Se parece más a Wikiloc que a IMDb.