La casa detrás de una celosía
EMA17001. Emma Martí Arquitectura. Es Grau, Menorca
En el núcleo de El Grau, al norte de Maó, hay calles estrechas, casas entre medianeras y una arquitectura hecha, a menudo, desde la necesidad y el sentido común. Es un paisaje urbano nacido en cierta medida de la autoconstrucción, donde los materiales próximos y las soluciones sencillas han ido dibujando una identidad propia. En este contexto, la arquitecta menorquina Emma Martí ha proyectado una vivienda nueva, de 256 metros cuadrados, que se inserta con tanta naturalidad en la trama existente como con singularidad.
La parcela, situada en segunda línea de mar, presenta una condición particular: da a dos calles que se encuentran en cotas diferentes y, además, tiene una forma irregular. Pero lo que podría haber sido un inconveniente se convierte aquí en el origen del proyecto. Para domesticar el solar caprichoso y conseguir una distribución interior más regular, la casa se retira ligeramente de la calle y crea dos patios trapezoidales, uno a cada nivel de acceso. Dos patios que no solo resuelven la geometría, sino que también hacen un trabajo urbano valioso: aportan respiración en una trama densa, introducen luz y ventilación y establecen una transición amable entre el espacio público y el privado. El patio de la planta principal acompaña la entrada. El de la planta inferior, más práctico, acoge el coche, bicicletas, tablas de paddle surf y todo lo que acompaña un verano junto al mar.
El gesto más delicado
La fachada es el gesto más delicado de la casa. Emma Martí recurre a una celosía simple, casi elemental, que dialoga con las muchas celosías del pueblo. La resuelve con contención y precisión. Es una celosía que singulariza el edificio, le da identidad sin estridencias. De día filtra la luz y protege la intimidad; de noche, cuando se encienden las luces interiores, la casa se transforma en una linterna que revela la calidez de dentro sin exhibirla del todo.
El interior responde a la misma idea de austeridad. Pocos materiales, elegidos con coherencia, construyen una atmósfera serena y sencilla. Los pavimentos continuos de hormigón pulido unifican espacios interiores y exteriores. La carpintería y el mobiliario hechos con abeto aportan textura y calidez. Las aberturas exteriores, con perfilería mínima y marco oculto, hacen desaparecer límites.
La planta cero concentra la vida cotidiana en un único espacio: cocina, comedor y sala de estar comparten escena totalmente abierta al mar y hacia la terraza, donde hay una pequeña piscina, casi una bañera exterior, orientada hacia la playa de Es Grau.
En la planta primera hay dos dormitorios con baño propio, pensados para una convivencia cómoda y flexible. En lo más alto, la cubierta habitable es como un premio final. Se accede a través de un lucernario generoso que atraviesa la casa de luz natural. Esta pieza transparente y plegable queda a ras de suelo cuando se abre, de manera que el paso hacia la terraza superior se hace con total continuidad. Allí arriba hay espacio para comer, tomar el sol o esperar la puesta.
La planta inferior completa el conjunto como espacio polivalente, capaz de adaptarse a usos diversos según la época o las necesidades futuras. Porque esta es una casa pensada para las vacaciones, sí, pero también para vivir en el futuro. Con una arquitectura y un interiorismo hechos de gestos cotidianos y sencillos, esta vivienda encuentra el equilibrio entre la densidad del núcleo urbano y la apertura hacia el mar. Y lo hace con materiales de km 0 y con recursos tan naturales como las sombras y la luz, la ventilación y la continuidad de los espacios, en una relación permanente con el exterior.