Vil·la Emma no tiene las fachadas en sentido paralelo a los límites de la parcela que ocupa. Los responsables del proyecto, SAU Taller de Arquitectura, hicieron girar la casa 45 grados porque así estaría orientada a sur, vería el mar y ganaría privacidad respecto a la calle.
Una casa que parece pequeña
Villa Emma. Sau Taller de Arquitectura. Pol Jordà y Lluís Jordà (Binibèquer)
Desde la calle, Vil·la Emma se ve muy pequeña, silenciosa y tranquila, como si apenas existiera. En Binibèquer Vell, en una parcela más abierta que no cerrada con barreras menorquinas de madera, paredes de piedra seca y vegetación baja, la fachada que da a la rotonda de callejón sin salida se limita a poco más que una puerta discreta ya un muro blanco que no busca ningún protagonismo. No hay ningún gesto en esta imagen exterior que delate lo que ocurre al otro lado. Es una casa aparentemente sencilla y muy arraigada en Menorca, que ha decidido no llamar la atención, no agotar, no imponerse. Y precisamente por eso, desde otros ángulos y sobre todo cuando se entra, Vil·la Emma sorprende.
La parcela es casi cuadrada, de unos 850 metros cuadrados, con una topografía suave y sólo un pequeño contacto con la calle. Pero en lugar de ocuparla de manera ortodoxa, alineando la casa con los límites de este solar y agotando la altura edificable que permite la normativa, los arquitectos responsables de esta obra, Pol Jordà y Lluís Jordà, al frente de SAU Taller de Arquitectura, tomaron una decisión tan sencilla como poco habitual: girar la casa 4 . Y este gesto aparentemente mínimo permitió orientar la vivienda al sur, sortear las edificaciones vecinas y abrir vistas hacia el mar y también hacia la salida y la puesta de sol. Es una forma inteligente –y mucho menos impactante– de ganar luz, horizonte y calidad espacial sin crecer en volumen.
También esto es positivo: Vil·la Emma se organiza en una sola planta, espaciosa, de unos 250 metros cuadrados, fragmentada en tres volúmenes macizos dispuestos sobre un eje este-oeste. Son piezas claras, limpias, casi primitivas, hechas con una gran austeridad de materiales, enlucidas con mortero de cal blanca, que se adaptan a las ligeras variaciones de cota del terreno. Cada volumen de quienes conforman la vivienda acoge una parte de las vivencias de la familia propietaria: un primer cuerpo aloja tres dormitorios y dos baños; un segundo contiene la sala de estar y una suite; y un tercero, más independiente, pensado como espacio polivalente con baño, está muy vinculado al jardín ya la piscina, y puede funcionar como alojamiento para invitados, que es lo que gusta tener a quienes pasan tantas y tan largas temporadas al año como pueden.
Entre estos volúmenes aparece el que realmente acaba de dar sentido a esta casa: los espacios intersticiales. No son en ningún caso pasillos ni simples conexiones, sino porches habitados, espacios cubiertos que pueden abrirse completamente gracias a grandes cierres correderos de vidrio. El primer intersticio, el principal, acoge la cocina y el comedor, entendidos no tanto como un espacio central y representativo, sino como un lugar íntimo, protegido, abierto al verde ya la sala orientada hacia la puesta de sol. El segundo genera un gran porche exterior que cose toda la casa y diluye los límites entre dentro y fuera, uno de los objetivos de la vida en esta casa.
Rincones inesperados
Esta secuencia de volúmenes y huecos que definen a Vil·la Emma crea rincones inesperados, espacios extraños que no responden a una geometría rígida y que permiten que el jardín –todo él con vegetación autóctona, sostenible– se escoja entre la arquitectura. Desde el interior, la casa siempre se percibe como abierta y expansiva; desde fuera, en cambio, sigue siendo baja, fragmentada y del todo respetuosa con el entorno.
La materialidad refuerza esta idea de sencillez consciente, muy querida. En los volúmenes cerrados hay muros macizos de cal y techos con bovedilla cerámica; en las zonas porticadas, la estructura de madera y vidrio se muestra ligera y cálida. Como suele ser habitual en los proyectos que firma SAU Taller de Arquitectura, no hay voluntad de formalismo, ni tampoco en este caso de realizar un ejercicio de mimetismo literal con la arquitectura tradicional menorquina, sino una búsqueda de la esencia del lugar: sombra, grosor, luz controlada, y una relación constante con el exterior que en una isla como Menorca se agradece.
Todo en Vil·la Emma está pensado para depurar las formas y también la experiencia de vivir, para poner lo menos posible y dejar que sean los habitantes de este hogar los que se encarguen de aportar los colores y la vida. "Si puedes hacer algo fácil, no lo hagas difícil", es el mantra que parece repetir la casa a cada paso. Esta vivienda no quiere ser más de lo que es: una arquitectura funcional, arraigada y tranquila, que demuestra que, a veces, hacerse pequeño hacia fuera es una gran manera de disfrutar de vivir con amplitud.