¿Por qué dejamos de ser nosotros mismos en septiembre?
Volver de vacaciones no implica tan solo retomar unos horarios, unas rutinas o unas obligaciones, sino también recuperar una manera de vestir mucho más seria, prudente y contenida. Durante las vacaciones nos hemos permitido llevar camisas hawaianas llamativas, lucir vestidos hippies bien amplios, llevar el bañador de pantalón corto durante todo el día o ir con bikini y pareo a comprar un helado al chiringuito. A través de la ropa experimentamos una agradable sensación de libertad y comodidad que difícilmente disfrutamos durante el resto del año. Pero, ¿por qué todo esto se acaba en septiembre?Ahora toca pedir hora en la peluquería urgentemente. Si hasta ahora no nos ha preocupado que el color del tinte del cabello fuera de perro como huye, al poner un pie en tierra firme se convierte en una prioridad improrrogable recuperar el tono marrón del número 4.0 antes de que nos vean las compañeras de trabajo. También se han acabado las camisetas de tirantes estrechos o los minishorts: el cuerpo se vuelve más escuálido y ahora toca volverlo a cubrir de tela. Y si los pies han disfrutado de una libertad casi absoluta gracias a las chanclas de dedo, ahora hay que taparlos y volverlos a poner en orden. Incluso los Crocs nos han permitido disfrutar de la comodidad de ponernos y quitarnos los zapatos sin ni siquiera agacharnos. Pero ahora vuelven los cordones para contener los pies y, con ellos, un pequeño ejemplo de la disciplina corporal que nos atraviesa durante el año.
Las camisas abiertas que dejan entrever el vello del pecho y las camisetas descoloridas provenientes de algún regalo promocional dejan paso a la formalidad que exige la vida laboral. Durante las vacaciones podemos tolerar la ropa arrugada. Una camisa de lino arrugada es casi la imagen misma del verano. Pero llega septiembre y vuelve la plancha: hay que alisar la ropa para volver a ponernos en orden. El oficinista vuelve al traje sastre y el trabajador del supermercado, al uniforme corporativo. Dos caras de una misma moneda vestimentaria, ya que se trata de indumentarias destinadas a potenciar la productividad y la disciplina de nuestros cuerpos. Una ropa que no iguala en un sentido democrático, sino que nos fusiona con el trabajo y nos convierte en una pieza más del engranaje laboral. Llevar ahora una camisa floreada daría la sensación de que no estamos centrados, que todavía no hemos asumido qué es lo que ahora toca: trabajar. Pero, realmente, ¿éramos tan libres durante las vacaciones?En relación con los demás
Podemos vivir con la falsa ilusión de que, mientras durante el año nos vestimos pensando en los demás y sometidos a unas exigencias protocolarias más sólidas y unas normas más marcadas, durante el verano encontramos un oasis en el que podemos ser nosotros mismos. Pero lo cierto es que siempre nos vestimos en relación con los demás. Y este hecho no cambia durante las vacaciones. Lo único que cambia son las personas ante las cuales nos vestimos y los espacios sociales en los que debemos representarnos. Siempre nos vestimos pensando en unos receptores que, en tiempo de vacaciones, también nos exigen una determinada imagen: la del disfrute hedonista. Lo que toca es ser libre, relajarse y pasárselo bien. Y eso es lo que también debemos transmitir a través de la ropa. Las vacaciones tienen sus propios códigos de vestimenta, tan exigentes como cualquier otro contexto, aunque vayan a favor para resultarnos más cómodos o agradables. Además, no olvidemos que es durante el verano cuando los cuerpos expuestos están sometidos a algunas de las exigencias más elevadas del año: depilación, bronceado, esbeltez, tonificación... ¿O alguien se atrevería a catalogar como espacio de libertad la operación bikini, durante la cual preparamos nuestros cuerpos con dietas estrictas y trabajo en el gimnasio solo para que, con ropa de baño, obtengan la aprobación de los demás? En cualquier caso, bienvenidos de nuevo a la rutina y a la disciplina de los cuerpos, de la cual, bien mirado, no hemos descansado ni por vacaciones.