Me habría gustado mirar un poco más el móvil

El Wall Street Journal, uno de los principales diarios económicos de los Estados Unidos, lleva tres años teniendo reservada una columna mensual para hablar de la jubilación. La sección Retirement rookies (que podría traducirse como Jubilación para debutantes) se escribe a cuatro manos. La firman Stephen Kreider Yoder, uno de los antiguos editores del diario, y su esposa, Karen Kreider Yoder, ambos retirados de la actividad profesional y motivados a reflexionar sobre esta nueva etapa de la vida. El matrimonio, que aún no ha llegado a los setenta años, vive en San Francisco y se les supone una jubilación privilegiada y tranquila. Abordan desde dilemas más tópicos como la oportunidad de viajar, mudarse a un pueblo más tranquilo o comprarse una autocaravana, hasta algunos miedos como la salud, la viudedad o mantenerse en buena forma. Profundizan en aspectos psicológicos y emocionales que tienen que ver con la identidad personal cuando dejas de trabajar. También tratan cuestiones económicas, como la angustia de ir cortos de ahorros, la necesidad de reducir gastos o las consecuencias de la inflación para los jubilados. Pero desde las primeras columnas que escribieron se hace evidente una preocupación recurrente de los Kreider Yoder por la gestión del tiempo y, sobre todo, una cierta exigencia en invertirlo sabiamente. En estos tres años han insistido en la complejidad para encontrar el equilibrio entre hacer un montón de actividades y aprender a desconectar, cambiar las viejas rutinas por unas nuevas, hacer listas de planes realistas sin estresarse o distribuir correctamente las atenciones al resto de la familia. El tiempo es un quebradero de cabeza de fondo que siempre aparece.

En la última columna planteaban un título con una pregunta y una respuesta que ha tenido mucha repercusión y ha estimulado el debate: "¿Adónde va nuestro tiempo libre durante la jubilación? Demasiado a menudo, a las redes sociales". En el artículo, Stephen lamenta cómo se queda absorto por el teléfono cuando lo coge para hacer algún trámite teóricamente breve. Quería buscar un vídeo en YouTube para arreglar una avería del aspirador de casa y acaba succionado por tutoriales, vídeos de rescates de perros o fragmentos de capítulos de series. Cuando se da cuenta del rato que ha pasado mientras miraba tonterías, se siente como si lo hubieran abducido porque pierde la noción del tiempo. Karen lamenta su dependencia del teléfono. Cada día completa el Wordle mientras toma café, consulta el tiempo, tiene la agenda, las listas de tareas pendientes y, por supuesto, hace scroll en Instagram observando gente que recoge los huevos de las gallinas o criaturas que cocinan para sus padres. Confiesa que ha llegado a esconder el móvil como si fuera una botella de ginebra cuando se siente culpable de estar tan pendiente de la pantallita.

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Los medios de comunicación y los expertos no paran de alertar sobre los peligros del móvil en los niños, pero, en cambio, no se habla de los riesgos para los adultos. Sobre todo, para la gente mayor que puede disponer de más tiempo libre y ninguna necesidad de que nadie le supervise las rutinas. Es posible que estemos focalizando el problema en la infancia para no asumir la parte del conflicto que nos corresponde. En la columna, los Kreider admiten una sensación de saturación y de autoodio que les empieza a resultar demasiado habitual. “Hay algo especialmente insidioso en la manera como el móvil absorbe el tiempo que la jubilación me ha regalado”, escriben. “Necesito una estrategia consciente para gestionar esta tecnología fascinante y perversa. El tiempo que me queda es demasiado valioso”. Jubilados o no, es fácil reconocerse en este espejo y en cómo el móvil ha vaciado de sentido una gran parte de nuestro tiempo. Tenemos que preguntarnos si el teléfono está alterando la capacidad de divertirnos y de aprovechar el tiempo que nos queda, que siempre es menos de lo que nos gustaría. Difícilmente, cuando nos llegue la hora, diremos aquello de “Me habría gustado mirar un poco más el móvil”.