BarcelonaLos gnomos de jardín han vuelto al Chelsea Flower Show, el gran templo internacional del paisajismo que se celebra cada año en Londres desde 1913. Esta semana se ha subastado con fines benéficos una colección de gnomos que han pintado un grupo selecto de famosos, con la complicidad del rey Carlos III, que tiene un papel muy activo en este prestigioso festival floral. Hacía casi cien años que los gnomos habían sido expulsados del certamen. En 1927 la organización consideró que eran incompatibles con la distinción de la muestra. Eran una baratija cursi que no merecía formar parte del paraíso floral asociado a la aristocracia del Reino Unido. El futbolista David Beckham, la horticultora Frances Tophill y el expresentador de la BBC Alan Tichmarsh han diseñado el jardín con el monarca para reconciliarse con los pequeños visitantes de cerámica.
La figura de los gnomos de jardín proviene del folklore centroeuropeo, y está vinculada a leyendas del mundo subterráneo. Los primeros ejemplares decorativos se comenzaron a elaborar en el siglo XIX en la localidad alemana de Gräfenroda, uno de los núcleos de la cerámica ornamental del país, gracias al artesano pionero Philipp Griebel. El aristócrata Sir Charles Isham, espiritualista convencido, los introdujo en el Reino Unido en 1847, cuando importó una colección a su finca de Lamport Hall, en Northamptonshire. Creía que aquellos gnomos tenían una conexión real con los espíritus de la tierra y ejercerían de guardianes de la finca. Sus hijas, en cambio, los odiaban profundamente y destruyeron gran parte de la familia de gnomos. El genocidio no fue del todo exacto. Décadas después se encontró un ejemplar escondido entre los arbustos. El superviviente, bautizado con el nombre de Lampy, hoy día está asegurado por un millón de libras y es considerado el gnomo de jardín más antiguo del Reino Unido. La producción industrial de estos personajes regordetes y de gorro puntiagudo que invadían progresivamente los barrios más sencillos hizo que se extendieran por Europa, pero también comportó su vulgarización. Las élites británicas los rechazaron.
El kitsch los salvó. A partir de los años setenta el gnomo reapareció con ironía gracias a la cultura pop. El libro Gnomes, con las ilustraciones del artista Rien Poortvliet, los catapultó otra vez al imaginario contemporáneo. En los noventa apareció en Francia el Frente de Liberación de los Enanos de Jardín, un grupo que liberaba gnomos de jardines particulares y los abandonaba en los bosques organizando funerales simbólicos y manifiestos contra su domesticación. El fenómeno contagió Alemania y Suiza, donde los robos proliferaron tanto que se fundó la Asociación Internacional para la Protección de Gnomos de Jardín para combatir los secuestros y convertirlos en delito penal. De esta iniciativa de liberar gnomos surgió también la práctica del gnomo viajero. Figuras de loza robadas y fotografiadas delante de monumentos históricos. La película Amélie la consolidó como una tendencia. En Estados Unidos, las estrictas Homeowners Associations, donde los propietarios regulan la estética de sus urbanizaciones residenciales, quisieron prohibirlos, lo que provocó disputas vecinales. Algunos hasta acabaron en los tribunales. Los gnomos de jardín se convirtieron en pequeños símbolos de insurrección en zonas residenciales.
El regreso de los gnomos a Chelsea ha coincidido, paradójicamente, con una de las polémicas más encendidas del certamen: la posibilidad de utilizar la IA para generar diseños de jardines de manera automática. Una propuesta que los paisajistas han rechazado porque va en contra de la filosofía de la sostenibilidad y la artesanía de la horticultura. En esta dualidad se pueden interpretar las dos maneras de vivir en este mundo: desde la fe en la eficiencia tecnológica o desde la nostalgia.