El Sónar se entrega a un hedonismo de verbena
Kelis pone la fiesta y Skepta la contundencia en un viernes a pleno rendimiento y con más público que el jueves
L'Hospitalet de LlobregatLa nueva disposición del Sónar en la Fira Gran Via hace que la oferta simultánea crezca considerablemente. Hasta seis escenarios simultáneos funcionan durante buena parte de la tarde, la noche y la madrugada. La sensación de frustración por no llegar a todas partes existe, pero quizás no es tan evidente como en otros festivales. Bien hasta medianoche, el público transita entre los escenarios y las zonas de descanso sin prisas y con una actitud más contemplativa que inquieta. Seguramente administrando energías para estar en plena forma cuando toque darlo todo en la sesión de Charlotte de Witte, uno de los reclamos del viernes de madrugada.
Todo ello beneficia a los artistas de primera hora, que se encuentran un público bien predispuesto, generoso con aquello que se ofrece desde el escenario (sobre todo en el SonarVillage) y a menudo con ganas de dejarse maravillar (en la oscuridad de los escenarios cubiertos). Eso sí, hasta las 20 h hay poca gente en el recinto, y la que hay se concentra en el Village. Digamos que el cambio de modelo ha conllevado un cambio en el biorritmo del festival, y mientras haya luz solar será difícil tener aquella sensación de plenitud que había en el Sónar de Día en Montjuïc. Ningún reproche, es una nueva etapa. El problema con la asistencia fue más preocupante el jueves, que quedó muy por debajo de las 15.000 personas que años anteriores iban a Montjuïc los jueves.
Las dos cosas, poco público pero buena predisposición, las experimentó el dúo de Celrà Ain in The Hall, que precisamente tocaron en el SonarHall de cortinas rojas. Aina Serena y Jan Cabarrocas se presentaron con cinco coristas, un añadido polifónico que da más vuelo a la electrónica telúrica que proponen en el notable EP Inteligencia romántica. Serena canta respetando folclores ibéricos diversos con intención contemporánea, a veces para desplegar romances narrativos y otras para transmitir una poética misteriosa, como en Trista, una de las composiciones más singulares del dúo. Además, en esta canción en la que Serena se erige en una especie de profeta de la desolación, hacen dialogar frecuencias subgraves y flauta travesera. Recibió un merecido aplauso del centenar de personas que estaban pendientes del concierto. Y más calidez obtuvieron después cuando interpretaron Massa romàntica, la mejor canción de Ain in the Hall, que combina la vanguardia juguetona del árbol de la vida de Björk con versos sobre la imposibilidad de articular un deseo que, sin embargo, vislumbran una esperanza porque dice que sabe que “no está sola en esta Barcelona limpia y muerta” y que “hay algo que nos salvará en este amor”. La música, quizás.
También en el Hall, un poco más de público esperaba al japonés Daito Manabe, un clásico de los últimos años del Sónar. Llevaba un show audiovisual fruto de una de sus investigaciones con la IA. Lo que recibían los espectadores era una familiar cascada de loops a ratos más tecno y otros con patrones rítmicos tomados del drum-and-bass. Latidos interesantes, pero que provocaron una serie de deserciones. Parecía más estimulante pasear dentro de la sorprendente instalación mutante Organysmo, creada por LedPulse, que genera imágenes en 3D con miles de puntos de luz led, transformando la luz. Y aún llamaba más salir a la luz del día para encontrar a Kelis en el Village, donde sí que había más gente.
La fiesta en el Village
La cantante norteamericana, de carrera intermitente después de haber comenzado el siglo XXI como revelación del R&B y el hip-hop más bailable. En el Sónar, Kelis apareció con una camiseta del militar Ibrahim Traoré, el presidente de Burkina Faso. Con ganas de agradar, pero sin exagerar, enseguida repartió material familiar como Millionaire y Good stuff poniendo la voz a negociar con un batería, una DJ (con camiseta de España) y una corista: formato austero pero con suficientes recursos para garantizar un buen show. Sobrada de carisma y con la característica cabellera roja, mezcló buenos momentos y breves salpicaduras afro (tiene casa en Kenia) con otros un poco atropellados sobre todo cuando los graves colisionaban con la voz, pero en todo momento prevaleció el recuerdo que activan las canciones y que buena parte del público agradeció cantando y bailando sin mover los pies del sitio, y aún más cuando el espectáculo entró en territorio dance, cuando disparó temas como Milkshake y cuando jugó cartas que le han acompañado muchos años, como las citas a Smells like teen spirit, de Nirvana, y I feel love, de Donna Summer, empalmadas en el repertorio con alma de verbena. El final, claro, bien arriba y muchas sonrisas sobre la alfombra verde.
El SonarClub, el espacio más grande del festival, lo abrió la vasca Zuri con una sesión de espíritu nada populista bien arraigada en el dubstep humeante y cargado de subgraves palpitantes. Fue una buena manera de poner al público en situación para recibir al rapero británico Skepta, cabeza de cartel de la noche (antes de que llegara la hora de Charlotte de Witte). En el momento de cerrar esta crónica, Skepta, héroe del grime, ofrecía un show que prometía ser uno de los memorables de esta edición. Encapuchado y ante un público que se extendía sin estrecheces por el SonarClub (que tiene un aforo de 12.000 personas), el rapero de origen nigeriano comenzó con el poderoso Shutdown, uno de los hits del álbum Konnichiwa (2016). “¡Qué locura de público!”, exclamó al constatar la algarabía con que fue recibido. El entusiasmo continuó in crescendo mientras disparaba más cañonazos como Cops & robbers, That's not me y Redrum, siempre con un gran dominio del flow.