Viva la vida

Maternidad y el superpoder de la madurez

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26/05/2026
Escritora, guionista y comunicadora
2 min

Tengo 56 años y tres hijos ya mayores: una de 26, un de 24 y un de 20. Ahora mismo me entusiasma que sea así. Me gusta que hayan crecido y poder mantener con ellos una relación diferente; y a pesar de que dos de ellos todavía no se han ido de casa, yo ya puedo hacer la mía. Suena egoísta. Y lo es. Por parte de todos. Ellos tienen unas ganas inmensas de hacer su vida, y yo también. Ya no me necesitan para sobrevivir, y vivo esta ausencia de necesidad vital con alegría. ¿Quiere decir esto que no tenemos ganas de compartir juntos? En absoluto, pero la dependencia de niños pequeños se ha desvanecido y nos ha liberado. También se ha ido aquella dulzura de criatura. Pero no tuve hijos como quien cría bonsáis, y que se hayan hecho mayores me parece lógico, fantástico, maravilloso.Para empezar, ella ya no vive en casa y la relación es un gusto. De vez en cuando la soborno con alguna fiambrera, o yendo a comer un menú cuando no tengo tiempo de cocinar. Ella alguna vez también me ha invitado a cenar a su casa. Hablamos a menudo por teléfono o WhatsApp, nos vemos, pero los términos de nuestro contrato madre-hija se han modificado. Yo siempre seré su madre, pero desde otro punto. Más libre, más igual, más adulta.Todo es ideal? No, claro. Especialmente con los dos hijos que quedan, porque la convivencia nunca es fácil. Evidentemente nos enfadamos. Evidentemente querrían irse pero aún no pueden. Evidentemente a veces ellos están hartos de mí y yo de ellos. Pero podemos hablar de todo de otra manera, y cuando me pongo nerviosa por el desorden crónico o por lo que sea, les puedo soltar una de mis frases preferidas: "Ya no te estoy riñendo como una madre a un niño pequeño, te lo estoy diciendo a ti que ya eres adulto". Porque de verdad que estoy feliz de la vida, con tres hijos adultos. Jóvenes, pero adultos, y no puedo dejar de verle ventajas. Como, por ejemplo, que se preocupen por mí de una manera activa.Una gran ventaja

Hace poco tuve un problema personal grave y se lo expliqué a uno de los hijos, y este se lo explicó a sus hermanos para que todos lo supieran. Cuando me di cuenta me sentí extraña. Me los imaginé compartiendo mi tristeza y conjurándose para estar atentos, igual que hago yo con ellos. Y qué queréis que os diga, me emocioné en modo magdalena extratova.Pero la gran ventaja es que todo ello me engancha en la etapa de madurez, porque hace que lo viva todo de otra manera. Cómo aprender que los pollos que se deben resolver de su vida son sobre todo cosa suya. Conmigo al lado, pero cosa suya. Mi trabajo está hecho y mi papel es otro: estar ahí, acompañarlos y permitir que avancen. Sí, tengo la suerte de que la menopausia no me haya enganchado con hijos adolescentes. Pero, aun así, cuando veo mujeres de mi edad que se enfrentan a la adolescencia de los hijos, lo comparo con cuando lo viví yo hace unos años y pienso que ahora ellas cuentan con este superpoder. Porque la madurez lo es, y solo hay que ser consciente de ello y disfrutarlo.

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