Tanya Grass: "Nosotros hicimos cosas en los noventa que hoy en día no se permitirían"
Directora de Drap-Art
Unos pines en forma de insectos hechos con resistencias eléctricas y fusibles. Con esta discreta joya de Christian Konn comenzó, se podría decir, la aventura del Drap-Art. La crítica Rosa Pera los vio y le invitó, junto a otros artistas barceloneses, a participar en un festival de arte reciclado que se celebraba en el norte de Francia, La Braderie de l'Art de Roubaix, y allí fue toda una expedición de amigos que, a la vuelta, decidieron organizar su propio festival en Barcelona. Lo explica, en un artículo documentado y aclarador, Xavier Theros en el libro Drap-Aires. Històries del Festival Drap-Art, que recoge los treinta años del festival con toda una selección de fotografías de Consuelo Bautista. Si Theros es el cronista de la escena artística de Barcelona de los noventa, no hay ninguna duda de que Bautista es quien mejor la ha sabido retratar. También hay, claro, un texto de Tanja Gross, compañera de Christian y, desde el inicio, el alma e impulsora de este festival que comenzó en 1996 y ha tenido continuidad en diferentes formatos a lo largo de los años. Hasta hoy. El próximo será del 17 de noviembre al 21 de diciembre en diversos espacios del barrio Gótico de Barcelona y antes, en octubre, habrá festivales paralelos en Formentera y en el delta del Ebro.
Hay una larga genealogía de artistas que han realizado obras con material de desecho, desde el mismo Picasso y Duchamp hasta Pistoletto y Cuixart. Pero, en general, los artistas del Drap-Art y su filosofía de sostenibilidad parece que se asocian más a la artesanía que al arte de museo.
— Lo que sucede es que a muchos de estos grandes artistas que han utilizado ensamblajes y collages con desechos, algunos de los cuales recuperamos también en el festival, nunca se les ha analizado desde el punto de vista de la reflexión medioambiental, aunque en muchos casos estaba implícita. Y los artistas de Drap-Art, por otra parte, tampoco se han vinculado mucho con esta gente. Quizás algunos se han inspirado en ellos, pero en otros casos todo ha surgido espontáneamente porque vienen del mundo artesanal, del arte amateur, o solo tenían la necesidad de hacer algo con la basura que tenían a su alrededor.
¿Cómo definirías el espíritu de estos artistas de Drap-Art?
— Van a contracorriente de lo que ahora quiere todo el mundo, que es tener éxito y vender mucho. Les gusta lo que nadie quiere, los materiales descartados. Y si vender arte ya es difícil, imagínate arte hecho con desechos. En el festival, en estos treinta años, solo ha habido tres ediciones en las que tuvimos ventas importantes, de 10.000 euros en obra en total. El resto, es decir, el 90%, han sido ediciones con ventas muy modestas. La gente mira, pero no compra.
Drap-Art surgió en un momento muy especial de finales de los ochenta y los noventa en Barcelona en el que surgieron muchas iniciativas y colectivos, ¿algunos de los cuales todavía están en activo?
— Yo había crecido en Formentera y con Christian habíamos vivido unos años en Alemania, donde él estudiaba joyería, pero el objetivo de siempre era venir a Barcelona. Había como una explosión del underground. Empezamos a ir a todos los eventos, performances y conciertos que había entonces. Era todo muy libre, un momento de efervescencia creativa en el cual surgieron un montón de grupos, artistas, colectivos, pequeños eventos que se hacían simplemente porque a la gente le apetecía hacerlos. Y quizás también institucionalmente había más disponibilidad de darles esa libertad. Nosotros hicimos cosas en los 90 que hoy en día no se permitirían. Como por ejemplo performances en la calle sin pedir permiso, ocupar espacios como el centro Transformadors. Teníamos el beneplácito de las instituciones, pero muy poca burocracia.
¿Ha cambiado mucho?
— A ver, Barcelona es una ciudad que atrae mucha creatividad y siempre hay jóvenes de todas partes que vienen y hacen cosas, pero hoy en día, los que empezamos a hacer cosas en aquel tiempo vemos que se ha burocratizado todo mucho. Quizás ahora hay más burocracia aquí que en Ámsterdam o en Berlín. Y, por lo tanto, ahora quizás allí pasan más cosas que aquí, porque a los artistas si hay alguna cosa que no les gusta es la burocracia. Aquí tienen que rellenar no sé cuántos formularios para cualquier cosa, y además todo tiene un coste. Se complica todo y por eso se van.
¿Naciste en Formentera?
— No, yo tenía dos años cuando mis padres se trasladaron allí. Eran unos artistas, bohemios, que no encajaban en aquella Alemania de los años 60, del "milagro" económico, la modernización, el asfaltado de autopistas y todo eso. No les gustó nada, y tampoco la rehabilitación de los viejos nazis que ocurrió en aquella época. No se encontraban nada cómodos en Alemania y encontraron Formentera como un lugar de huida. Un lugar más natural, con gente muy sincera y sencilla, un paisaje fantástico y un coste de vida muy asumible para un artista joven.
¿Y cómo era la isla cuando eras pequeña?
— Cuando llegamos solo había un barco que conectaba Ibiza y Formentera una vez a la semana. Y todo el mundo vivía en fincas dispersas por el campo. Estaban las tres poblaciones, Sant Ferran, Sant Francesc y el Pilar de la Mola. La Sabina era el puerto, pero prácticamente no vivía nadie allí. Y Es Pujols no existía, creo. La vida allí era muy solitaria, y estabas muy conectado a la naturaleza, al ganado. Era como un paraíso de la Edad Media en el que todavía funcionaba el trueque. Cuando nosotros llegamos en 1965 era una sociedad muy tradicional pero también muy abierta a los forasteros, porque había un problema de endogamia, y lo sabían. Que viniera gente nueva de fuera para ellos era algo positivo. Después ya empezaron a llegar los veteranos de Vietnam y los primeros grandes traficantes de droga.
¿Los veteranos de Vietnam fueron allí?
— Sí, muchos americanos muy jodidos, muy drogadictos, muy pasados de vueltas, y también gente del mundo de la droga de Los Ángeles. Junto con los veteranos, también llegaron sus camellos. En el cementerio de San Francisco se había instalado una americana, y desenterraba a los muertos y llevaba calaveras de bebé de collar. En una sociedad supercreyente, aquello daba mucho miedo. Son cosas que yo no recuerdo, porque era muy pequeña, pero me lo habían explicado mis padres y lo oí decir a otra gente. De repente, un día, entraron en la iglesia durante la misa 30 hippies desnudos, todos pintados y con flores.
Rompe con la imagen un poco idealizada del hippismo de aquella época...
— Había de todo, había gente muy simpática y muy guay, con quienes mis padres también tuvieron amistad. Gente joven, muchos de buena familia, que habían vivido el 68, con ideas progres, que viajaban por la India y después pasaban por Formentera, y tocaban la guitarra, o la flauta, o un sitar, y hacían fiestas en el bosque durante la luna llena... Todo bien, pero también estaban los otros. Y eso creó un rechazo muy fuerte entre la población isleña, y hubo “la caza de los peludos”. Cogían a los hombres, porque a las mujeres no les hacían nada, los afeitaban y los ponían en el barco hacia Ibiza. Los echaban. Hubo uno o dos años de esta caza de los peludos. Y más o menos, coincidiendo con esta época, empezaron a venir los turistas. Las suecas, las alemanas, y un turismo un poco de gigoló. Y de familias, también. Sobre todo de Francia y de Alemania. Y muchos se acabaron comprando casas. Y después, a finales de los 80 y principios de los 90, llegaron los italianos, que, de alguna manera, echaron a los alemanes, porque hacían mucho ruido. Y ahora nos encontramos en una situación que vuelve a ser bastante internacional. Tenemos alemanes, franceses, norteamericanos, un poco de todo. Y también lo han descubierto los catalanes y los madrileños. Y los ricos de todo el mundo.
¿Quedan formenterenses?
— Existe la conciencia de que somos una comunidad diversa, compuesta de descendientes de campesinos, que es como se definen los isleños, y de descendientes de forasteros. Y esta conciencia es muy gratificante. Tenemos empadronadas unas 12.000 personas y entonces, sobre todo los que ya tenemos una edad, nos tenemos todos controlados. Y eso también es bonito. Encuentro que la sociedad, en general, a escala mundial, hoy en día está muy polarizada. Incluso los que queremos la diversidad no hablamos con los que no la quieren. Entonces ya estamos excluyendo a algunas personas. Pero ya estamos acostumbrados a que somos una comunidad pequeña. Tenemos que hablar todos con todos.
¿Tienes actividad artística?
— Sí, ahora del 5 al 17 de octubre organizo allí una feria de arte que incluye exposiciones y también un debate para tomar el pulso al momento cultural isleño. Mi reivindicación es que en Formentera hace falta un centro de arte, un lugar en condiciones donde poder exponer y guardar la obra de los artistas que han pasado por la isla durante más de 60 años y han regalado obra. No hay un buen lugar para ponerlos.
Y uno de ellos es tu padre...
— Sí, él pintaba pero pronto se retiró de las galerías, y adoptó una dinámica de solo vender a gente que conocía. Y también solo retratar a gente después de haberla conocido. Entonces, claro, no vendía mucho. Vendía muy caro, eso sí. Se lo cobraba. Ahora tiene una exposición antológica en el Museo Puget, en Ibiza, hasta el 31 de diciembre. Helena Ruiz, la directora del museo, es una mujer muy especial y muy valiente, porque apuesta a veces por artistas que nadie conoce, confiando en su criterio. Se moja. Eso es lo que hace un buen comisario.