Artesanía

Del mimbre al castaño, el arte de la cestería catalana se reivindica

La Asociación Catalana de Cesteros y Cesteras recupera técnicas tradicionales y mantiene vivo un oficio que es memoria e identidad

Marta Torrent
20/09/2026 - 08:01 h.

La cestería es una práctica ancestral con orígenes en el neolítico, o incluso antes. Nació de la necesidad de transportar y almacenar alimentos. En la península ibérica se han encontrado restos de cestería y cuerdas de hace hasta 9.500 años (en concreto en la Cueva de los Murciélagos, en Granada). Los romanos primero, y los musulmanes después, aportaron nuevas técnicas que se fueron perfeccionando hasta su época dorada, desde el siglo XVIII hasta principios del XX, en la que el oficio se profesionalizó y se convirtió en un pilar de la economía rural.

En las sociedades prehistóricas y en muchas culturas indígenas, la cestería era un arte eminentemente femenino, necesario para la recolección y el almacenamiento de comida, pero en la Edad Media y Moderna, cuando la cestería se convirtió en una profesión y un oficio reconocido y regulado en las ciudades, los hombres pasaron a controlar los gremios. A partir de aquel momento solo los hombres podían ser reconocidos oficialmente como “maestros cesteros”. Las mujeres de la familia trabajaban muchas horas en este oficio, preparando el material, pelando la caña, ablandando el mimbre, pero raramente constaban en los registros oficiales del oficio.

Aun así, en Cataluña y en el País Valenciano eran famosas las cesteras de palma, que tejían materiales blandos como el esparto, la palma o la paja de trigo, sentadas en la puerta de casa mientras hacían otras tareas domésticas. Todavía ahora, las maestras de Artpauma, en Mas de Barberans, son guardianas del trabajo de la palma u hoja del palmito, un oficio históricamente femenino de las Tierras del Ebro. Ellas trabajan manteniendo las técnicas ancestrales, así como implementándolas en obras contemporáneas y haciendo colaboraciones en el mundo del arte o de la moda.

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Ona Trepat Rubirola, en el Pla de l’Estany, es otro ejemplo de la aplicación de la técnica tradicional en obras de alcance artístico y contemporáneo. Ella es una destacada artista visual, escultora, docente y cestera catalana que aplica la fusión entre el arte contemporáneo y las técnicas tradicionales de tejido con fibras vegetales. También lo es Aleix Grifoll, originario de la plana de Vic, que lo resume así: “El mundo de la cestería me lleva por caminos que nunca me había esperado. He hecho cestas encima de un escenario para la obra El canal, del Centro de Creación de Artes Escénicas de Salt, con música electrónica, gente cantando, luces e imágenes virtuales... Nunca me había pensado que acabaría en el escenario de un teatro sentado haciendo un cesto”.

Aleix fue durante cinco años presidente de la Asociación Catalana de Cesteros y Cesteras, hasta hace pocos meses. La entidad, fundada por la cestera e investigadora Roser Albó, nació en 1996 con el objetivo de promover, difundir y unir a todos los apasionados de este oficio tradicional. Hablamos con Aleix en la casa donde vive entre bosques y campos, ubicada en un punto entre Banyoles y Gerona, “el paraíso”, como él lo define.

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Hace una mañana de sol, y Aleix está trabajando fuera, con la colina de Can Sieres de fondo. “La Asociación es un punto de anclaje para que todos los cesteros y cesteras que quieran puedan estar comunicados para ayudarse entre ellos. Para resolver dudas sobre cómo hacer una pieza o sobre algún material, para pasar un encargo a alguien más, pedir ayuda para hacer un trabajo... Así estamos todos en red”.

La cestería es un oficio manual y sostenible, es el reflejo de los conocimientos, la destreza y los valores que se han transmitido a lo largo de generaciones. Cada pieza muestra la habilidad de las manos que la tejieron, la tradición y la cultura de cada lugar. La materia prima que se utiliza nace en la tierra, de los campos y las balsas, se trabaja con las manos para darle forma, y cuando ya no se utiliza se descompone y vuelve a la tierra.

La práctica de la artesanía pide concentración, foco en el trabajo, paciencia y perseverancia. En un mundo donde lidera la prisa, la artesanía es una práctica lenta, más cerca del mindfulness, que está tan de moda, que de la producción en serie. La habilidad para leer el material y el conocimiento de la materia es la huella dactilar del artesano.

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Ya en el siglo XIX, el escritor y crítico John Ruskin pedía el retorno a la era preindustrial y celebraba la artesanía como una forma de resistencia al capitalismo y a la mecanización, donde el artesano tenía libertad creativa y conexión espiritual con su obra.

Para Aleix, la cestería tradicional es la base de todo. “Siento que la tradición se va perdiendo un poco, y ahora toca revalorizarla. Valorar las manos, el tiempo que se dedica, el material, toda la dedicación. Todos los cesteros trabajamos para mantener este oficio tan precioso”. “Para mí la cestería es como una meditación. Cuando estás con una cesta, estás en tu mundo. Incluso, si sabes que es para una persona concreta, intentas conectar con la persona para la cual la estás haciendo... En una cesta siempre hay una emoción, un sentimiento marcado. Y después alguien la ve y vibra con ella...".

Búsqueda de las raíces culturales

En la Asociación Catalana de Cesteros se decide todo por asamblea. Todos los cesteros se mueven para que el oficio continúe vivo: la Asociación participa y colabora con las ferias de cestería que se hacen en Cataluña y también organiza cursos de cestería durante el año, en Salt, en Barcelona o en alguna otra parte de Cataluña, en los talleres de los cesteros.

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“Queremos promover de una manera compartida la búsqueda de las raíces culturales del mundo de la cestería. Estudiar, investigar y difundir la realidad etnológica de los cesteros de los Países Catalanes. Intercambiar nuestros conocimientos con hombres y mujeres que, de una manera u otra, hayan participado en la historia de la artesanía cestera”, dicen desde la Asociación. También hacen formaciones internas en las que cesteros con mucha experiencia les enseñan a hacer piezas que ya no se utilizan, o que ya no se hacen, para que no se pierdan.

“Ahora hace unas semanas –nos dice Aleix– en la Asociación hicimos un cesto pelapatatas, que es un cesto doble con un asa, y también hemos hecho un cesto de fresas, una cesta vigatana o larga, un canastrón, un terrelló, un cesto calientacamas, que es un cesto con diferentes asas en el que dentro se pone una pieza de cerámica con brasas para calentar la cama, y así hemos ido haciendo...”

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También con la Asociación Última Vertebra se han recuperado piezas como el cesto de claveles con mimbre y caña. Se trata de una pieza tradicional catalana que tuvo mucha importancia para los cesteros de Salitja y de la llanura selvatana, como la familia Serra Planella, expertos en confección de este tipo de piezas. O una budellera, que era un cuévano o cesta de matanza, y la garbella, que eran dos piezas de mimbre que antiguamente se utilizaban en la matanza del cerdo. O una caracolera, pieza también tradicional catalana de mimbre, con fondo de cruz, tapa y con un asa en la parte superior, que servía para poner a purgar los caracoles antes de cocinarlos y se colgaba en la pared por el asa. Esta pieza todavía se utiliza, sobre todo, en las comarcas de Lérida.

“Yo creo que la cestería ahora mismo es un oficio que a mucha gente le interesa aprender. Después dar el salto a dedicarse profesionalmente ya es otra cosa. Se puede vivir de la cestería, pero hace falta mucho oficio”, dice Grifoll.

Los encargos en el taller son muy importantes para los cesteros, pero también dar talleres y enseñar la cestería; ir a escuelas, explicar cosas, hacer estructuras para escuelas... Ir enseñando y pasando el relevo a nuevas generaciones.

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Cada cestero se acaba especializando en un tema, y cada uno trabaja con el tema que más conoce, o con un tipo de fibra, o con un tipo de mercado.

Recuperando campos de mimbre

Junto con algunos miembros de la Asociación también han recuperado unos campos de mimbre, en la plana de Vic, Osona, de la empresa de Pont de Carós, que tenía plantaciones de mimbre para hacer estructuras de mimbre con mimbre vivo. “Pero el mimbre vivo aquí no acaba de funcionar demasiado bien, porque se tiene que regar, y aquí el tema del riego es un problema, y lo dejaron”. Entre unos cuantos cesteros han recuperado estos campos y están plantando variedades más aptas para cestería. Han recuperado también mimbreras antiguas, tradicionales, que había en casas de campo y masías, de cesteros que ya se han retirado porque las manos ya no les funcionaban. “A los agricultores que tenían campos de mimbre les va bien que pase un cestero por allí, ya les gusta, y el cestero los mantiene y los poda, es un intercambio”.

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El mimbre se plantaba mucho al lado de los riegos o de las balsas para aprovechar el agua y conseguir materia prima para trabajar si tenían que hacer cestos para guardar o transportar cosas: patatas que iban en barco hasta Inglaterra, por ejemplo, o claveles, que desde el Maresme se repartían por todas partes en tren.

De manera natural, las mimbreras no se encuentran ni en el Pirineo ni al lado del mar: son de tierra plana y de tierra adentro, y necesitan agua, por eso viven de manera natural al lado de los ríos. Una ventaja de plantar mimbres en las riberas es que estabiliza los taludes. “Cuando hubo el Gloria, en unas plantaciones que había en unos márgenes del río, en Folgueroles, cuando el río se desbordó se llevó tres metros de camino donde no había mimbreras, y allí donde había las mimbreras no se movió el talud. Esto es porque suelen tener una raíz pivotante muy fuerte y después unas raíces superficiales que entraman mucho, y estabilizan mucho los márgenes cuando hay riadas”.

Otra fibra con la que trabajan es la caña. “La caña la trabajamos mucho –nos dice–, es muy buena para hacer cestos. El mimbre es más fuerte, pero pesa más. La caña es bastante resistente y es muy ligera, y al ser muy abundante tienes mucho material para trabajar”.

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La enea, como la que recoge Ona Trepat en los alrededores de Banyoles, es otro de los materiales que se utilizan más en cestería. La enea se hace dentro del agua, y normalmente la recogen en alguna balsa o estanque, donde crece de manera natural. Pero está más controlada y a veces hacen falta permisos para recogerla, ya que las zonas húmedas representan un refugio para la biodiversidad a escala mundial.

Estos son los materiales con los que Aleix trabaja más, pero también se puede trabajar con el castaño, con el avellano, haciendo láminas de la fibra con un cuchillo. “Hacer las láminas es complicado, pero con un cuchillo se puede hacer todo el proceso, es parte del arte... Son años de oficio”.

“Desde la Asociación nos gustaría que hubiera una escuela reglada, en formato de curso de formación profesional, por ejemplo, como ya sucede en el campo de la agricultura, para que el oficio no se pierda y para que la gente vea que ser artesano es otra opción que tienes en la vida, que tener oficio es mucho. Ser cestero es una pasión”.

La cestería ha cambiado realmente poco a lo largo de los siglos; las herramientas y la técnica son prácticamente las mismas que utilizaban nuestros bisabuelos, lo que cambia es el contexto, y sobre todo las manos de quien fabrica. Estos artesanos preservarán la herencia y la traspasarán a las siguientes generaciones. La artesanía es herramientas, conocimiento y emoción, pero también es identidad y memoria.