"Pablo Neruda nos ayudó": Memoria viva de los que huyeron de Franco por mar
Del 'Winnipeg' al 'Massilia', los barcos que llevaron a los republicanos españoles hacia las Américas
En el barco Winnipeg, los niños eran los únicos privilegiados. La nave embarcó en agosto de 1939 desde Francia rumbo a Valparaíso (Chile) con más de 2.200 republicanos exiliados amparados por el poeta Pablo Neruda. Era un barco de carga que solo estaba pensado para un centenar de pasajeros. Los exiliados dormían en la panza de la nave y tenían que trabajar para mantener el barco en funcionamiento. El Winnipeg también era el patio de juego de Lola Patau, una niña de cinco años que ahora, a sus 92 años, explica la historia de sus padres, que huyeron de la represión franquista después de la Guerra Civil Española. Patau narra los años de exilio con una sonrisa. Chile se convirtió en "un hogar”, dice, mientras sostiene una carpeta llena de recortes de prensa viejos y fotografías amarillentas.
Su padre trabajaba para la Diputación de Barcelona. Cuando estalló la guerra marcharon a Toulouse, donde vivía parte de la familia. Allí se separaron. Había rumores de que un barco zarparía con refugiados, así que su padre viajó a París para conseguir un pasaje para su mujer y su hija, Lola. “Supimos que Pablo Neruda, agregado cultural de Chile, buscaba personas para poder llevarlas a un país maravilloso –explica Patau–. Fuimos en una época muy buena. Una época completamente democrática en Chile. Porque incluso había gente que tenía un cuadro de Franco en su casa, que también nos había acogido. En aquel momento éramos todos españoles”. Eran todos exiliados.
Roser Bru tenía 16 años cuando la enviaron a cuidar de los niños del barco, como Lola Patau. Era su segundo exilio desde Barcelona. Su padre, Lluís Bru, diputado de Esquerra Republicana, huyó a Francia por primera vez después de publicar unos artículos contra el dictador Primo de Rivera. Una vez instaurada la Segunda República española, la familia Bru regresó a casa. “Fueron momentos muy felices, no quiero decir utópicos, pero sí esperanzadores”, explica Amalà Saint-Pierre Bru, nieta de Roser. “A los trece años empezó a estudiar pintura, pero poco después comenzó la guerra. Nunca me habló de la guerra, fue traumático”. Su exilio comenzó cuando cruzó los Pirineos en febrero de 1939 y terminó seis meses después, cuando llegó al puerto de Valparaíso. Sus recuerdos de entonces son escasos. Explicaba el sonido constante del océano golpeando el casco del Winnipeg mientras dormía en la cubierta inferior del barco. O la “bonita” vista nocturna de Valparaíso. “Cuando llegó de madrugada, vio miles de luces suspendidas frente a ella. Pensaba que eran como luciérnagas colgadas sobre el mar. Eran las casas construidas en los cerros de Valparaíso”, recuerda Saint-Pierre.
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“No son recuerdos políticos. Son recuerdos emocionales, propios de una adolescente sensible”. Son fragmentos que revelan más a la artista que a la exiliada. Sin embargo, no huyó de la violencia después de subir al barco. “La guerra continuó dentro del Winnipeg”, detalla Saint-Pierre. Las rivalidades, los bandos y las enemistades se perpetuaron en el barco. “De alguna manera, los diferentes grupos se continuaron fragmentando por un lado –vascos, catalanes, gallegos–, pero también por el otro –entre anarquistas, republicanos y comunistas”.
“En el Winnipeg, los niños jugábamos todo el día, comíamos bien, teníamos una guardería, teníamos profesoras que también eran exiliadas. Los demás trabajaban; tanto mi padre como mi madre trabajaban. Al mismo tiempo éramos como una gran familia”, detalla Patau. El Winnipeg estaba a pocos metros de las aguas jurisdiccionales chilenas cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y las autoridades francesas pedían el regreso del barco, sin éxito. La nave atracó en Valparaíso, recibida por una gran multitud de manifestantes con pancartas de “¡Fuera, fuera, no queremos rojos!”. Un grupo de periodistas esperaba que alguno de los tripulantes dijera las primeras palabras, pero nadie quería hacerlo. Finalmente, fue un pescador gallego, poco acostumbrado a hablar en público, quien lo hizo a regañadientes. “¡Viva Chile!”. Este grito fueron sus únicas palabras. La alegría recibió a los exiliados. Los que todavía conservaban las pancartas arriba, las bajaron avergonzados.
500.000 exiliados, 20.000 por mar
El Winnipeg no fue el único barco que transportó exiliados. El Sinaia, el Ipanema y el Mexique trasladaron cerca de cinco mil exiliados a México en 1939; este último, el Mexique, ya había llevado en 1937 a 456 niños republicanos desde Burdeos hasta Veracruz, pensando que la guerra duraría unos meses. Hacia Argentina, en el Massilia, que zarpó de La Pallice el 19 de octubre de 1939 y llegó a Buenos Aires el 5 de noviembre, la mitad de sus tripulantes eran republicanos españoles, entre ellos un numeroso grupo de intelectuales. En total, destinos como México, Chile, Argentina, Colombia, Cuba, la República Dominicana, el norte de África y la URSS acogieron a los exiliados de la represión franquista. El corresponsal español Constantino del Esla fue uno de los pasajeros del Massilia porque su nombre figuraba en las listas franquistas.
“No hay duda de que el hundimiento del Massilia fue un éxito para los alemanes, como lo es para los franceses que el barco salga invicto de la aventura. Se demostró que el mar no es de todos, que también tiene dueños”, narra el periodista leonés justo en el momento en que zarpó hacia Buenos Aires. El navío de refugiados republicanos y desplazados judíos partió de la costa francesa con una amenaza constante. “Centenares de ojos comienzan a fijarse en el agua, a escrutar el horizonte sin descanso. No deseaban ver el peligro: un submarino alemán”.
El periodista fue corresponsal del diario argentino La Nación durante la Guerra Civil Española y escribió once notas del trayecto del Massilia, el único testimonio que se conserva del viaje. El navío transportó a 384 exiliados, entre ellos el joven periodista del frente republicano que, por miedo a las represalias, se escondió tras el afluente del Duero como pseudónimo. “Se llamaba García Martínez. Adoptó el nombre del río porque le gustaba el significado de sus aguas, que se renuevan constantemente, que siempre avanzan y nunca retroceden”, explica su hijo Horacio García, que describe a su padre como un semidiós de la oratoria.
Durante el exilio, le invitaban a dar charlas para conocer sus vivencias durante la guerra. En una de estas reuniones conoció a quien acabó siendo su mujer, natural del País Vasco y también exiliada. Tuvieron dos hijos, Horacio y María Isabel. Cuando Horacio cumplió la veintena, se interesó por sus historias y empezó a asistir a las reuniones de su padre. Allí conoció al superviviente. Al héroe. “Mi padre calculaba que tenían cinco minutos entre bombardeo y bombardeo para cruzar la Cibeles, en Madrid, y correr hacia el telégrafo para enviar la crónica”. Pasaron mucha hambre y vivieron muchos sustos. “¡Por el amor de Dios, casi le fusilan! Casi le matan porque no tenía el santo y seña para salir de noche después del toque de queda”, exclama Horacio.
La nostalgia invadía su habla; estaba permanentemente hablando de sus recuerdos. “Vivía con la impotencia de querer volver a España y con el miedo de hacerlo”, reconoce su hijo. Murió cuando Horacio tenía 24 años, una semana antes de que el joven se graduara en medicina. “El padre murió en 1968. No llegó a ver una España sin Franco. Nunca volvió”.
Volver a casa
“En casa eran muy catalanistas, el catalán fue la lengua secreta de la familia”, detalla Saint-Pierre. Artista como su abuela, Saint-Pierre dirigió y protagonizó una obra de teatro entre 2019 y 2025 sobre la experiencia de Bru a través del archivo familiar, de sus fotografías, sus cartas y, sobre todo, sus pinturas. Al llegar a Valparaíso, Bru continuó sus estudios pictóricos y llegó a ser una de las pintoras chilenas más reconocidas del siglo XX. Murió en 2024. “Vio volver la democracia a España, pero nunca quiso volver para vivir allí. España ya no le pertenecía”. Bru nunca pintó nada que no considerara propio. “No hay cuadros sobre la guerra en España. No hay ningún bombardeo de Barcelona, de la misma manera que tampoco aparece el Winnipeg en su obra. Supongo que todo ello forma parte del trauma y que no quería que formara parte de su vida. Y pintarlo implicaba precisamente eso”, confiesa Saint-Pierre.
En 1958, veinte años después de llegar a Chile, Bru pudo regresar a España. Sin embargo, por ser hija de un político catalán figuraba en las listas franquistas y no la dejaron marchar. “¡El gobierno de Chile, a través del rector de la Universidad de Chile, intercedió! ¡Era la artista más importante de Chile!”, asegura su nieta. Después del incidente, Bru pudo volver a Valparaíso y viajó regularmente a Cataluña durante los cincuenta años siguientes. Sin embargo, su taller, su arte, su familia y su vida estaban en Chile.
Más de cinco mil piezas artísticas recorren edificios públicos, exposiciones y museos chilenos, así como salones de familiares y amigos. “Era muy generosa”. Su influencia alcanzó la categoría de icono nacional, participando en la decoración del edificio de la UNCTAD III, la 3ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, que se celebró en Santiago de Chile en el año 1972, durante el gobierno de Salvador Allende. Se trata de un tapiz de dos metros de alto formado por cuatro piezas que representaban la colectividad, una pieza que se perdió durante el golpe de estado de Pinochet y el saqueo del edificio, que acabó convirtiéndose en la sede del gobierno durante la dictadura. La artista se convirtió en símbolo de resistencia contra el dictador, años en los que hizo crítica de las desapariciones. Paradójicamente, los años negros de autoritarismo sí le pertenecían, el pueblo chileno le pertenecía. “No quiso exiliarse una tercera vez, no tenía miedo a las represalias –asegura Saint-Pierre–. Mi abuela era un personaje demasiado importante para el pueblo chileno”.
Una de las piezas de Bru acabó en manos de Lola Patau, la niña a la que había cuidado en el Winnipeg. Es una litografía con la fotografía del navío, un rostro mirando al horizonte con un texto homenajeando los cincuenta años de la llegada del barco a Valparaíso. Patau tiene la lámina colgada en la entrada, la primera imagen que ves al llegar a su casa. Un rincón de su salón está lleno de libros, folletos, recortes y carpetas con fotografías y documentos viejos dedicados a sus años en el exilio. Aunque ella no lo consideró así. Chile, para Patau, es parte de su vida.
En el año 1952, la escuela de periodismo acababa de crearse y el optimismo de una profesión que clamaba en nombre de la libertad y la democracia animaron a Patau. “El periodismo sí que era mi fuerte, mi vocación”, explica, mientras enseña un recorte de prensa. Fue la primera mujer en convertirse en periodista en Chile.
Tres años después, sus padres y ella regresaron a España. “La embajada en Chile nos dijo que solo nos hacían pasaporte de ida, que de la vuelta no se responsabilizaban”, explica Patau. Ninguno de ellos figuraba en las listas de la dictadura. Viajaron a Cataluña para estar con la abuela de Patau sus tres últimos meses de vida. Su madre solía añorar las tierras catalanas. “Teníamos a toda la familia en Barcelona; en Chile, estábamos los tres solos. Teníamos muchos amigos. Amigos que eran familia, pero amigos, al fin y al cabo”.
En los años sesenta, Patau volvió a Barcelona becada para trabajar en RTVE en Miramar. Pero acabó dejándolo por la familia. Su padre se puso enfermo y los mejores médicos estaban “en casa”, en Barcelona, así que regresaron definitivamente. Patau se casó, tuvo hijos y dejó de lado la profesión para cuidar de su familia. No se arrepiente. “En el corazón, todavía soy periodista. Y chilena, ¡más chilena que los porotos!”
A los ochenta y dos años, Horacio ha viajado este año a España para volver a hacer el recorrido de su padre. “Te recuerdo”, piensa cada vez que visita el río Esla o pasea por Cibeles, ahora sin bombardeos. Su padre fue “un brillante periodista”, que, como le reitera el exdirector de La Nación Claudio Escribano, hizo virar la línea del diario. A Horacio le gustaría que recordaran a su padre como un retratista de guerra, como un hijo del exilio. “Tengo miedo de que alguien coja su historia y la deforme. Todavía hay mucha pasión entre los amigos y enemigos de Franco. No quiero que desfiguren la historia. Era un hombre equidistante, justo y progresista”. Constantino, como Roser y Lola, fue un fragmento de las memorias del exilio en alta mar, un sentimiento que persiste en sobrevivir. “Quería desprenderme de la tierra, y ahora siento muy adentro su llamada. Es un grito angustioso, que se retuerce, y gotea lentamente en la borda del barco, de cara al mar, nacido de la combinación de imágenes y hechos dejados atrás, lejos, en tierra firme”, concluye el Esla, en nombre de todos los exiliados del mar.