Odile Rodríguez de la Fuente: "Mi padre no hacía guiones ni miraba audiencias, hablaba desde la emoción"
Bióloga y divulgadora científica
Félix Rodríguez de la Fuente fue la voz del mundo salvaje para toda una generación. Ahora su hija pequeña también dedica su vida a explicar las maravillas de la naturaleza, asumiendo el legado de su padre, pero en un contexto muy diferente, tanto por el entorno mediático como por la situación crítica que sufre la vida natural. Odile Rodríguez de la Fuente es bióloga, divulgadora científica y presidenta de Rewilding Spain. Escribió Félix: un hombre en la tierra, hace cuatro años, cuando se cumplían 40 de la muerte del icónico naturalista, y ahora publica Somos naturaleza (Boldletters) para tratar de inculcar en las nuevas generaciones el entusiasmo por la naturaleza que ella misma heredó de su padre.
¿Cómo fue crecer con Félix Rodríguez de la Fuente como padre?
— Todo lo que tengo son recuerdos maravillosos de él. Desde que tengo uso de razón mi padre era muy popular y muy querido. Recuerdo mucho todo el afecto y la gratitud de la gente, y la energía tan positiva que eso te transmite. De mi padre recuerdo sobre todo el entusiasmo. Es verdad que por su trabajo no estaba mucho en casa, pero yo no recuerdo tanto sus ausencias como el hecho de que, cuando estaba, lo compensaba completamente, porque era el tipo de adulto que tenía un interés genuino por los niños. Le interesaba el universo infantil, nos hacía muchas preguntas, le encantaba salir con nosotros al campo... Recuerdo estar con él en la naturaleza y era como estar en una película de Disney, porque él era tal como aparecía en los medios.
Os explicaba cosas de los animales.
— Totalmente, y sobre todo lo recuerdo entusiasta. Era una persona a quien le apasionaba la vida con mayúsculas en todas sus expresiones. Vibraba con la salida del sol; si veía una perdiz, empezaba a hablar de las maravillas de la perdiz, qué espectáculo de pájaro... Detalles que para cualquier otra persona quizás habrían pasado desapercibidos. Recuerdo mucho lo contagioso que era su entusiasmo por vivir y por la vida.
¿Y por eso a los cinco años decidiste ser bióloga?
— Estoy convencida de que mi vocación es en parte una impregnación de todo esto, aunque mis hermanas se criaron igual y no han salido tan apasionadas como yo por la naturaleza. Pero yo ya era muy de animalitos de pequeña, estaba todo el día por ahí trepando a los árboles, observando los gusanos y los insectos; me encantaban las hormigas y todo lo que veía. Y además tenía a una persona como mi padre, que con su entusiasmo reforzaba mi visión infantil tan curiosa, de querer saberlo todo.
¿Tenían una conexión a través de todo esto?
— Sí, recuerdo conectar mucho con él. Su pérdida, de hecho, significó un sentido profundo de orfandad no solo por la pérdida del padre, sino por la pérdida de un cómplice, de una persona que verdaderamente me comprendía. Y eso lo he visto en muchos niños de aquella época —los niños de Félix, los llamo— que tenían la sensación de que mi padre conectaba con ellos. Por eso tuvo tanto éxito con los niños. A veces digo que era una especie de Peter Pan, porque no había dejado atrás del todo su infancia, era una persona muy curiosa. Y su manera de expresarse enganchaba mucho a los niños porque era auténtica.
Hablas del accidente de avioneta en Alaska donde murió en el año 1980, cuando tenías solo siete años. ¿Cómo lo vivisteis en casa?
— La verdad es que ahora, de adulta, me doy cuenta de que si mi padre era una fuerza de la naturaleza, mi madre es otra. Por la capacidad que tuvo de hacer frente a una situación así con tres hijas pequeñas, y sobre todo porque hablaba del padre continuamente. Él continuó estando muy presente en casa, pero mi madre supo asumir tanto el rol masculino como el femenino y hacer frente a cualquier dificultad.
Estudiaste biología y cine, y entraste en National Geographic. ¿Cómo fue trabajar allí?
— Me considero muy afortunada por la oportunidad que me dio mi madre de estudiar fuera: estudié las dos carreras en Los Ángeles y fui con una beca a National Geographic Televisión. La beca era de tres meses, pero pedí quedarme un año entero y que me dejaran moverme de departamento para conocer cómo funcionaba la casa. Y los estadounidenses, si eres una persona con mucho entusiasmo, si estás preparada y tienes convicción, se dejan convencer. Me permitieron estar allí un año entero y después me quedé tres años y pico más, ya trabajando. Fue muy positivo, porque aprendes de los mejores, pero a la vez sirvió para hacerles bajar un poco del pedestal, porque ves la realidad. Una de las cosas que me decepcionaron es que todo está muy estudiado según fórmulas que consideran que funcionarán. Miran mucho las audiencias. Y yo tenía de referencia a mi padre, que era todo lo contrario: era creatividad al poder y antifórmula. Él ni siquiera escribía guiones; cuando ya se había rodado, hacía la voz en off sobre la marcha encima de las imágenes, de manera totalmente improvisada y espontánea.
Y no miraba audiencias.
— Exacto. Él se dejaba llevar mucho por sensaciones, por emociones. Y claro, yo pensaba que así era como funcionaba, pero en National Geographic todo estaba muy medido. También lo entiendo: cuando eres tan grande y tienes a tanta gente trabajando para ti, tienes que procurar que funcione.
De hecho, a tu padre se le había criticado que hacía escenas preparadas, pero NG también lo hace.
— Totalmente. Fue una de las mejores lecciones de realidad. De hecho, estuve allí entre 1996 y 2000, y en aquella época se empezaba a discutir, dentro de lo que era el departamento de televisión de Nat Geo, si había que incluir en los créditos un texto que dijera "Algunas de estas escenas han sido preparadas", ya que el porcentaje de imágenes preparadas era altísimo. Ahora es mucho más fácil grabar en la naturaleza, porque las cámaras pesan muchísimo menos y pasan más desapercibidas, hay drones y cámaras trampa, pero en la época de mi padre se grababa en cine, imagínate, cámaras de 35 milímetros.
¿Crees que tu padre se habría adaptado al mundo de TikTok?
— Estoy segura de que sí. En los años 70 estaba empezando la televisión en España y mi padre apostó por hacer documentales de naturaleza cuando aquí no había escuela —no era como la BBC—, fue una apuesta por innovar y salir totalmente de lo que se había hecho hasta entonces. Además, era multimedia, porque hizo televisión, pero también radio, mundo editorial, juegos, cómics... Creo que habría seguido con este mismo patrón de innovar. De hecho, en las redes sociales hay varios vídeos de mi padre en blanco y negro que se han hecho virales, como el de la "civilización de la basura", que han visto millones de personas. Él era muy de redes, si lo piensas, en el sentido de que de repente lanzaba algo muy corto pero muy potente, y en dos minutos te atrapaba con lo que estaba diciendo. O sea, que era un comunicador que, fuera cual fuera el formato, se comía totalmente el medio y llegaba a la gente, que es lo que importa.
Para ti, ahora, como divulgadora, ¿cuál es el medio que te parece más efectivo?
— Lo que más me gusta son las conferencias, porque tienes una relación muy de tú a tú con la gente, y la radio también me gusta mucho. Yo estoy en las redes, pero debo reconocer que asumir el rol deinfluencer, es decir, hacerte vídeos a ti misma explicando cosas, requiere tener un carácter especial, y a mí eso no me va; me da una cierta vergüenza exponerme tanto.
Creaste y presidiste la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente del 2004 al 2017. ¿Por qué decidiste crearla y por qué la dejaste?
— La creé como una manera de acoger el legado de mi padre y de darle proyección a través de proyectos de hoy, con su mensaje de fondo. Hacíamos exposiciones, revistas como Agenda Viva, juegos en línea, una marca de garantía que se llamaba Consuma Naturalidad para productos de alimentación de productos autóctonos y variedades locales, muy enfocado al mundo rural. Pero pasó que, después de la crisis económica, la fundación entró en concurso de acreedores y finalmente se congeló. Era enormemente difícil mantenerla porque España no tiene la cultura filantrópica que tienen los países anglosajones; aquí la mayoría de las ayudas son públicas y eso te da poca independencia, porque te tienes que meter en unas bases que ya están predeterminadas. Y nosotros teníamos una visión bastante diferente de la visión habitual de la conservación de la naturaleza: nos costaba encajar porque siempre lo vinculábamos al ser humano.
Siguiendo la estela de El hombre y la tierra...
— Claro, y no se entendía muy bien si éramos una ONG medioambiental, porque trabajábamos muchos temas de agricultura, ganadería, gestión del bosque... cosas que ahora, con los terribles incendios que hemos vivido, se entienden más.
Ahora has escrito un libro para adolescentes.
— Este último libro, Som natura, viene después de otro libro que saqué para un público infantil que se llama La historia más fascinante del mundo. En ambos casos se trata de acercar a los jóvenes a la naturaleza, no tanto desde el sentido de la responsabilidad, que es una de las formas en que se transmite en las escuelas, como el reciclaje y otros temas, sino desde otro punto de vista. Hay muchos adolescentes que entran en una especie de crisis de identidad, se hacen preguntas profundas, y yo quería explicarles que, en todo este proceso de ubicarse en el mundo, la naturaleza es su mejor amiga. Porque somos naturaleza; explicarles que dependemos de la naturaleza en todo, no solo en lo que respecta a los recursos, sino también por lo que aporta a nuestra felicidad: la naturaleza nos aporta quietud, belleza, un sentido de pertenencia. Algunos momentos emocionales difíciles de los adolescentes están vinculados a una enorme desnaturalización, a crecer en ciudades sin ningún contacto con la naturaleza y con más máquinas. La naturaleza les puede aportar este sentido de pertenencia, esta paz, este reposo y esta sensación de estar acompañados.
Y es un mensaje en positivo, que también va bien dentro de la divulgación científica de la ecología actualmente, donde hay una cierta tendencia al catastrofismo. ¿Eres optimista climática o dónde te encuentras?
— Creo que soy realista. Pienso que no es tanto una cuestión de optimismo o pesimismo como de la importancia del conocimiento: el conocimiento es poder. Se trata de empoderar; a mí lo que me gusta es dar herramientas para que las personas puedan conocer lo fascinante que es el mundo en el que vivimos, tener sensibilidad para que te remueva las entrañas el daño que le estamos haciendo al sistema vivo planetario, y a partir de estas herramientas y de esta sensibilidad, que te conviertas en un agente de cambio.