¿Qué ha pasado con el 'topless'?
Queda lejos la playa francesa de Pampelonne, que durante los años setenta y ochenta se convirtió en uno de los grandes símbolos de la liberación corporal europea. Las fotografías de prensa mostraban extensiones de arena repletas de sombrillas y de cuerpos en los que el topless no era la excepción, sino la norma. Tampoco quedaban atrás la Costa Brava, la Costa Dorada, la Costa del Sol o Ibiza, donde el espíritu hippie y el impulso de la revolución sexual convirtieron el pecho descubierto en una expresión de libertad. Las fotografías de Slim Aarons inmortalizaban aquella manera despreocupada de habitar el ocio mediterráneo, donde los cuerpos semidesnudos de las bañistas formaban parte del paisaje con toda naturalidad, sin dramatización ni escándalo. No se trataba de sexualizar el cuerpo, sino, precisamente, de liberarlo de la mirada que lo convertía en objeto y aliviarlo del peso de siglos de demonización moral.Aquel paisaje, sin embargo, hoy parece casi una fotografía de archivo. No solo porque han pasado cincuenta años, sino también porque la realidad que representaba se ha ido desvaneciendo. El topless, que durante décadas formó parte del paisaje habitual de las playas mediterráneas, es hoy una práctica cada vez más excepcional. Los datos apuntan que, comparativamente con los años ochenta, ha disminuido en dos tercios. Y la paradoja es que las mujeres que más lo siguen practicando son, precisamente, las que crecieron durante la revolución sexual. Las más jóvenes, en cambio, apenas ni siquiera lo han incorporado. ¿Qué ha pasado para que aquello que parecía una conquista de la libertad corporal haya retrocedido?Los pechos son exactamente los mismos que hace cuarenta años. Lo que ha cambiado es el mundo que los observa. Cuando una mujer decidía dejarlos al descubierto, sabía quién los vería, cómo y durante cuánto tiempo. Al marcharse de la playa, aquella exposición también se acababa. Hoy, en cambio, una mujer puede abandonar la arena, pero si alguien le ha hecho una fotografía, su imagen continuará circulando indefinidamente por pantallas ajenas, convertida, en el mejor de los casos, en contenido para las redes sociales y, en el peor, en reclamo de páginas de contenido sexual. En el momento en que una fotografía se escapa de nuestro control, también lo hace una parte de nuestro cuerpo.Además, las redes sociales, junto con los medios de comunicación, han intensificado exponencialmente la presión sobre los cuerpos, que parecen tener que responder más que nunca a unos cánones de perfección para merecer ser mostrados. Playas y piscinas han dejado de ser espacios amables para la diversidad corporal. Unos cuerpos obligados a convivir con la mirada escrutadora de los demás y, sobre todo, con la propia, a menudo todavía más cruel, fruto de una autoestima erosionada por un sistema que convierte la inseguridad en un negocio.Cuando las luchas feministas de los años setenta denunciaban la sexualización del cuerpo de las mujeres ya intuían que aquella batalla no sería fácil. Medio siglo después, continúa siendo uno de los grandes frentes abiertos. Habrá quien considere inevitable sexualizar los pechos femeninos, como si se tratase de un instinto natural contra el cual fuera inútil rebelarse. Pero la historia demuestra justamente lo contrario. Durante la primera mitad del siglo XX, también los pezones masculinos fueron objeto de censura y escándalo. Solo cuando los hombres empezaron a descubrir el torso con normalidad en las playas, aquella carga moral se fue desvaneciendo. La sexualización del cuerpo, pues, no es inmutable, sino simplemente el resultado de una construcción cultural, a pesar de que la queramos revestir de naturalidad.La paradoja es que nunca habíamos convivido con tantas imágenes de cuerpos desnudos y, sin embargo, hacía décadas que estos no eran tan poco libres. Cautivas de la presión estética y de la sociedad de la vigilancia, las más jóvenes han heredado más imágenes del cuerpo que sus madres, pero menos libertad para habitarlo.