¿Qué pintan unos robots en el desfile de Milán?

El 22 de septiembre, primer día de la Semana de la Moda de Milán, durante el desfile de Vogue World en las imponentes Gallerie Vittorio Emanuele II, había dos personas manifiestamente incómodas con lo que veían. Miuccia Prada –diseñadora jefe de su marca homónima– y Alessandro Michele –director creativo de Valentino–, dos de los pesos pesados del panorama de la moda mundial, arrugaban claramente la nariz mientras el resto de los asistentes aplaudían, entregados al espectáculo. ¿El motivo? La aparición de cuatro robots humanoides de la compañía china Unitree haciendo de saltimbanquis entre las modelos, presentados bajo el título The age of intelligence. Mientras el público respondía con entusiasmo, Prada y Michele parecían ser de los pocos que no le encontraban la gracia. Quizás porque, detrás del espectáculo, veían algo más que cuatro robots haciendo volteretas: la irrupción de la inteligencia artificial en un mundo, el de la moda, que hasta ahora había hecho del cuerpo, las manos, la tradición y la creatividad humana su razón de ser.

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Está claro que la irrupción de la IA obliga a repensar la concepción del mundo que hemos conocido hasta ahora, que ya no volverá a ser el mismo. Y si la IA está transformando cada rincón de nuestra existencia, también está transformando la moda. Como pasó con ambas revoluciones industriales, la primera y la segunda, se están modificando todas las profesiones que intervienen en ella, y muchas podrían estar condenadas a desaparecer. Si inicialmente nos habían tranquilizado diciéndonos que solo agilizaría los trabajos repetitivos y mecánicos y que dejaría intactos los creativos, nos estamos dando cuenta de que no es así.

La IA puede generar cientos de propuestas creativas, y acabar reduciendo al diseñador a mero seleccionador de ideas y transformando de raíz la dimensión autoral. Los procesos de confección también se ven alterados y afectan a profesiones como la de patronista. En la fotografía de moda, la IA permite cambiar fondos, crear localizaciones, animar fotografías o generar nuevas a partir de otras preexistentes. Y si solo hace falta fotografiar el cuerpo de una modelo sobre un fondo neutro para aplicar digitalmente todo lo demás, ¿qué será de los fotógrafos de localización, de los equipos de iluminación o de los escenógrafos? Esto suponiendo que se parta del cuerpo de una modelo real para extraer un gemelo digital, y no del cuerpo de una modelo generada íntegramente con IA. En ambos casos, si la persona real desaparece, también desaparecen las profesiones vinculadas al maquillaje, la peluquería, el estilismo, el catering, el transporte o la postproducción, así como las mismas modelos y las agencias que las representan. Y tampoco podemos olvidar el impacto de la IA en la predicción de tendencias.

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Pero no debemos entender esta situación únicamente como la sustitución de personas y profesiones. El cambio es más profundo: está alterando qué entendemos por trabajo creativo. Una de las propiedades del ser humano que lo diferencian de los demás seres vivos, la capacidad de crear, también se ve cuestionada, como está pasando también con el pensamiento mismo, que estamos externalizando sin comprender aún el alcance de esta decisión. Elon Musk llegó a afirmar hace pocos días que la IA podría superar la suma de toda la inteligencia humana dentro de unos cinco años.

El espectáculo Vogue World, de hecho, a juzgar por los vídeos promocionales previos y por el título que llevaba –Where the future is made by the hand–, pretendía ser una defensa de la artesanía italiana frente a la inteligencia artificial. Pero qué difícil debe ser defender esta premisa cuando entre los patrocinadores estaban, entre otros, Meta Glasses y OpenAI. Qué difícil es que la moda mantenga la artesanía y la creatividad humana cuando, dada la fragilidad económica de cualquier actividad creativa, cuenta ahora entre sus principales avaladores con los grandes tecnócratas: desde Jeff Bezos en la Met Gala hasta Mark Zuckerberg como invitado fijo en las primeras filas de las semanas de la moda. Qué difícil es ser éticamente coherente cuando el futuro está en manos de quienes trabajan, precisamente, para que las manos y las mentes humanas dejen de ser imprescindibles.