Sucios y heridos pero contentos: la brigada que ayuda a las mascotas abandonadas en la guerra de Ucrania
Un grupo de activistas se juega la vida para alimentar a los animales en los pueblos del frente en Ucrania
Khotin (Ucrania)Tanja Kriniuk es taxativa y no muy habladora. "Si ves un dron, tira la bicicleta y escóndete debajo de un árbol", me dice mientras carga mi mochila de sobra con pienso para perros y gatos. Nos encontramos en Khotin, una población en el este de Sumi, ahuyentada y asolada por los múltiples ataques rusos desde hace un año. No queda nadie, en esa villa donde vivían once mil habitantes, con un lago, una pequeña iglesia ortodoxa y casas con caminos sin asfaltar. Pregunto por el casco y el chaleco. Me invita a ponérmelo si quiero, pero tanto ella como Victoria, otra activista y periodista, le dejan en la furgoneta. Es demasiado peligroso recorrer el pueblo en vehículo, seríamos un blanco demasiado fácil, y como indica la evidencia, hay que ir ligero para pedalear deprisa. Un chaleco antibalas no sirve de mucho cuando estos aparatos voladores que pueden llegar a más de 150 kilómetros por hora te clican.
Empezamos nuestra ruta por la calle principal, donde una gran red es sostenida por varias vigas de madera. Estas mallas antidrones, cada vez más frecuentesn las carreteras del este, aquí se encuentran llenas de huecos en los que puede entrar cualquier FPV. First person view. Pequeños drones con cámaras, donde al otro lado de la frente hay alguien con unas gafas visor y un mando que se dedica a estamparlos y explotarlos. Las redes nos permiten acceder a una de las escuelas resquebrajadas de la población. Allí todavía están las chaquetas de los profesores colgadas como las gafas de una docente en el escritorio. Las taquillas de los niños, abiertas, dan paso a una sala con camitas llenas de escombros. Los pasillos están llenos de cristales desmenuzados, utensilios y material escolar. Las plantas están marchitas y está lleno de cajas llenas de ayuda humanitaria dejadas a toda prisa, probablemente en una evacuación masiva cuando comenzó la incursión ucraniana en la región de Kursk. Tanja va abriendo las aulas, documentando con el móvil. De lejos, llega un zumbido. Alguien podría confundirlo con el sonido de un coche, incluso de una bici rodante o el voleteo de una abeja. Victoria levanta el dedo para que callamos. Es un dron. El ingenio pasa observando el edificio mientras esperamos en un pasillo a oscuras. No somos de su interés. Sigue el vuelo, buscando algo más valioso. Más tres mil cuatrocientas escuelas como ésta han sido destruidas en Ucrania, según el Banco Mundial.
Subimos por la avenida principal y llegamos a una fábrica que se dedicaba a la producción de tuberías. Las ruedas de las bicis pisan hierros y material aislante, y los metales de los restos del techo de la fábrica chirrían como si estuvieran a punto de caer. Continuamos y Tanja nos pide que nos detengamos un momento en casa de su hermano. En medio de un descampado. Quiere tomar unas foto para el seguro. Nos pide que vayamos por el mismo camino que ella debido a las minas antipersona. Algunas pueden haber sido colocadas, otras son lanzadas desde drones o proyectiles. Hay pequeñas como un paquete de tabaco, como las PFM-1, que contienen 37 gramos de explosivo líquido. Tanja no tiene heredad a la muerte. "Tengo una furgoneta, tengo la comida, tengo un sistema nervioso estable y no tengo miedo; lo hago porque puedo", dice esta voluntaria de Sumi que alterna su altruismo con el trabajo de vendedora. Cada tres semanas visita pueblos así, a pocos kilómetros del frente de guerra por su amor incondicional a los animales. Y estas villas se encuentran en la conocida killer zone, un área llena de pueblos deshabitados en los que desde el aire se dispara y se aniquila cualquier cosa que se mueva. Victoria y yo nos quedamos a unos metros, mientras Tanja visita la casa. Aquella vibración de nuevo. Viene de lejos pero se va aproximando. Nos miramos el uno al otro, sabemos que nuestro camuflaje es ridículo porque muchos FPV y los drones de reconocimiento Mavic tienen cámaras con buena definición y pueden localizarte a cientos de metros de distancia. Victoria me comenta lo sofisticado que es identificarlos: "Si vienen de esta dirección son rusos, si vienen del otro son ucranianos". Tanja nos había comentado que lleva una identificación de prensa puede ser peor y que seremos un objetivo igual. Salimos sin seguir el mismo atajo, caminando entre una vegetación salvaje y llegamos a la fábrica otra vez. Vemos un par de perros y sacamos los sobres de pienso. Victoria y Tatiana se acercan, les abren y dejan la comida en el suelo. Cualquier dispositivo de vigilancia puede vernos, pero no sentimos nada, sólo la artillería de lejos. De repente, aparecen dos soldados. Un pequeño con chancletas y kalashnikov, y el otro uniformado y rodazón. Los perros son suyos, se llaman Chewbacca y Dron. El humor negro de estas tierras es idóneo para estas situaciones. Los animales disfrutan del festín. Un punto negro se aproxima desde el horizonte: "Devis, devis!" (Mira, mira!). Parece un ave planeando. Los soldados, mientras ya empezábamos a echar atrás, nos indican: "Son nuestros". Es un Baba Iagà, un dron inmenso utilizado habitualmente para uso agrícola. Vuela por encima de nuestras cabezas y continúa el camino para liberar su carga en una posición rusa, a poco menos de ocho kilómetros. En las leyendas eslavas, Baba Iagà es la bruja que come niños o ayuda a los héroes. También son conocidos como Vampiros, porque son muy operativos de noche y son una pesadilla para los rusos.
Los dos militares nos invitan a visitar casas en las que saben que hay animales escondidos. Mascotas abandonadas. Entrar es imaginarse cómo sería la escapada. Medicamentos arrojados en un sofá, cajones abiertos, bienes de toda una vida vertidos por el suelo y la entrada sin el pasador. Accedemos a varios domicilios sin suerte. No encontramos mascotas.
El soldado pequeño se detiene ante un manzano y cosecha manzanas. Dulces, refrescantes, un acto de lo más natural. Estamos flanqueados por garajes con maquinaria agrícola abandonada, hachas, y todo lo que se pueda llenar en un almacén con utensilios de una vida rural. "Dron, dron!", dice uno de los soldados. Nos ponemos por un segundo en alerta antes de darnos cuenta de que está llamando a su perro. Nos invita a visitar la fábrica bombardeada con trocitos de drones esparcidos por toda la zona. Me da una pieza para el recuerdo, es un pequeño chip negro, áspero, que pincha al tacto.
Llegamos a una casa donde hay un montón de gallos y gatos. Durante el camino, Tanja ya ha gastado algunos sobres, pero vamos provistos. Los gatos no se esconden. La casa está desordenada, llena de ropa. Dibujos infantiles colgados en la pared, como el de un militar con un fusil. "Vete a saber qué ha pasado aquí", dice uno de los soldados. No podemos tomar nada; el único, un torniquete abandonado. Nunca se sabe cuándo puede ser útil para detener una hemorragia.
Avisados por el alboroto de nuestra presencia, aparecen más perros y gatos, animales aterrorizados durante meses por el ruido de las bombas, muchos de ellos encerrados en una casa y tumbado en el sillón de sus dueños esperando su regreso. Tanja tiene un contacto de la única familia de ancianos que no se han ido del pueblo, pero sin cobertura no somos capaces de localizarlos. Bajamos sin pedalear junto a un majestuoso lago. De nuevo, una calle abandonada, perros que salen de la nada, y alfombras de pienso que las activistas van dejando para que todos coman a la vez. Repartir comida a perros hambrientos es toda una técnica para que no se pongan nerviosos y unos no se zampan la ración de los demás. Pero son tranquilos, cada uno se come su rancho. Brutos, heridos, algunos cojos y otros contentos, tienen en común que la mayoría llevan todavía el collar. Los lanzacohetes BM-21 Grad nos recuerdan dónde estamos. Uno, dos, tres, hasta casi diez detonaciones desde algún punto del oblasti de Sumi. Tanja desaparece, y Vika y yo sentimos un gran estallido. Podría ser un KAB, bombas guiadas que tiran a los rusos con munición soviética. Su sonido es un relámpago de día que hace temblar las ventanas. Nos metemos entre dos muros de ladrillos, mientras Vika contempla el cielo de nuevo. Su mirada desprende desasosiego, pero también parecen ojos audaces, sabios por la tristeza acumulada de tantos años de inquietud, de insomnio entre una generación de jóvenes que se han hecho adultos en medio de la guerra. Como periodista, nunca vivirá algo igual y por eso toca hacer el trabajo.
Tanja, con pantalón corto y camiseta de Mickey y Minnie, ha encontrado la masía. Una mujer con fundas de oro en los dientes nos abraza y nos da un beso. Les damos más avituallamientos para sus mascotas y nos muestra con orgullo su huerto. Obuses como pequeños puntos negros van brillando por encima de Khotin. Esta gente, a pesar de que fueron evacuados hace unas semanas, han vuelto. Son grandes y no dejarán su casa aunque no dispongan de electricidad y estén junto a un frente de guerra nunca visto en Europa desde 1945. Se calcula que casi 52 000 personas de 202 localidades de la región de Sumi han sido desplazadas. Nos despedimos con un fuerte abrazo. De nuevo el zumbido. Lanzamos las bicis al suelo con la comida y nos escondemos entre el maíz mientras sentimos que esta melodía del terror recorre las llanuras que nos rodean de chornozem, tierra negra en ucraniano, que con su fértil abundancia tanta prosperidad como calamidad ha llevado en esta parte de Europa del Este. Llegamos a la furgoneta y volvemos por un camino sin pérdida, circulando bajo las redes hasta la ciudad de Sumi, a unos veinticinco kilómetros.
Este conflicto ha amortiguado a miles de vidas y ha llagado el suelo de minas y cráteres. Y entre ese legado, nos deja también la imperdonable confusión de la trepidación de una abeja o la brisa del viento con la del vuelo de un dron kamikaze.