Cine

Carla Simón: "Cuando terminó el rodaje de 'Estiu 1993' estuve dos semanas llorando"

Directora de 'Estiu 1993'

12/04/2026

BarcelonaLos expertos consultados por el ARA han hablado: Estiu 1993 es la mejor película catalana de los primeros 25 años del siglo XXI. Para celebrar el hito, el diario reunió una mañana de marzo en la Filmoteca de Catalunya a parte del equipo que hizo realidad la película: la directora Carla Simón y las actrices Bruna Cusí y Paula Robles, que en el momento del rodaje tenía cuatro años. Los también actores David Verdaguer y Laia Artigas no pudieron estar por culpa de las agendas profesionales, pero unos días después también se reencontraron para recordar una experiencia que les marcó a todos. Carla Simón hablará este miércoles en la Filmoteca de Catalunya en una sesión centrada en los procesos creativos de Estiu 1993 en la que se proyectará material inédito de los ensayos de la película.

Estiu 1993 ha sido elegida por 200 expertos como la película más importante del cine catalán de los últimos 25 años. Huelga decir que es también una película muy querida por el público. ¿Cómo valoráis haber hecho una obra que significa tanto para tanta gente?

Carla Simón: De entrada, es un honor estar al frente de esta lista y me hace mucha ilusión, porque creo que para nosotros también es una película muy querida. Da vértigo que signifique tanto para la gente. Cuando se estrenó tuvimos la sensación de que estaba abriendo algo, lo decíais muchos periodistas. Pero hasta que no pasa el tiempo no sabes si la sensación perdura. Ahora hace justamente diez años que estábamos cerrando el casting de la película, y en verano hará diez años que la rodamos. Quizás sí que significó algo para mucha gente. Un factor es que no había muchas películas que retrataran los años noventa, que era la infancia de mucha gente. También tiene que ver con el naturalismo de muchos cineastas que buscábamos otra manera de trabajar con los actores. No fue la única película, pero sí que a menudo se pone como referencia.

Bruna Cusí: En estos diez años he trabajado en muchas otras cosas y Estiu 1993 era a menudo un referente de estas películas. Carla, tú fundaste una especie de escuela, sobre todo aquí en Cataluña, pero también en España. Has abierto camino a muchas directoras noveles, hay muchas mujeres que te han seguido porque gracias a ti han sentido que ellas también podían hacerlo. Hacer Estiu ha marcado mi vida y mi carrera. Yo había rodado solo una película muy independiente, Ardara, y también Incerta glòria, que parecía que iba a ser la película del año, y de repente apareció Estiu, que fue la película del año. Gracias a Carla yo aprendí interpretación de cine y a encontrar este naturalismo casi documental que favorece la interpretación en cámara y que he seguido buscando e investigando en otros proyectos. Pero mi escuela fue Estiu. ¿Y tú, Paula? ¿Qué recuerdas de Estiu?

Paula Robles: Recuerdo sobre todo lo que me han explicado, o algunos momentos que no tienen nada que ver.

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C.S.: Es que tenías cuatro años, tres y medio cuando te conocimos. Mi hijo tiene ahora tres años y medio y a veces pienso en todo lo que llegaste a hacer tú con tres años y medio...

Paula, cuando piensas en la película, ¿qué imagen te viene a la cabeza?

P.R.: La piscina. El minigolf. Y también la escena de la lechuga.

C.S.: Sí, porque te la iba a quitar Laia y no te gustaba que te quitaran las cosas de las manos.

P.R.: ¡Y ahora tampoco me gusta! Recuerdo mi miedo por los gigantes. Pero ya no me dan miedo. De hecho, tengo una amiga a quien le dan miedo y un día me disfracé de gigante y la perseguí.

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Carla, ¿has explicado alguna vez que Paula tenía una sensibilidad extraordinaria. Y que un día, representando en los ensayos una escena que no está en la película, se puso a llorar.

C.S.: Sí. Era una escena en que a David le llamaban para decirle que su hermana tenía el sida. Paula, David y Bruna habían pasado mucho tiempo juntos como familia, haciendo cosas como bailar, jugar, contar cuentos... Y aquel día, al recibir la llamada, el ambiente cambió y David se puso triste. Y Paula decía: "Pero pongamos música, juguemos...". Pero nadie le hacía caso. De repente se puso a llorar, porque había absorbido la emoción, y todos nos quedamos... Guau. Y nos sentimos tan mal que, para cambiar el rollo, hicimos como que celebrábamos un aniversario.

¿Bruna, Carla, qué imagen se os viene a la cabeza a vosotras?

B.C.: Los ensayos me marcaron. Como yo no había hecho cine, aquellos ensayos de buscar los antecedentes y el universo previo del personaje con los otros actores me parecieron naturales y lógicos, pero después me he dado cuenta de que no son nada habituales. Pocos directores siguen esta línea, y los que lo hacen, como Javier Macipe, tienen como referencia a Carla. También recuerdo mucho el rodaje. El hecho de rodar con niñas hacía que trabajáramos menos horas al día, pero a la vez había muchos tiempos de espera. Recuerdo a David tumbado en el suelo, muchas noches en Olot, Sant Feliu de Pallerols... En la memoria se mezclan la ficción y la realidad.

C.S.: En relación con el rodaje de Estiu, yo tengo una emoción muy similar a la que te deja la película. Recuerdo momentos muy felices de los ensayos, pero el rodaje fue muy duro. Tanto, que no puedo decir que me lo pasara bien. Fue una hostia tras otra para intentar sacar aquello adelante. Mientras rodaba yo no sentía nada, estaba sobreviviendo para intentar capturar lo que estaba escrito y lo que yo quería explicar. Pero cuando acabó el rodaje estuve dos semanas llorando para entender lo que había pasado. Las primeras experiencias son muy intensas, más cuando explicas algo muy personal.

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B.C.: Yo recuerdo un día que vino al rodaje tu hermana Berta, y como ella no estaba bajo la misma presión que tú, tuvo una especie de catarsis al vernos a David y a mí y a las niñas representando aquello. Carla, tú nos decías que esta historia ya la tenías muy digerida, pero, aparte de la presión que podías sentir por ser tu primer rodaje y la falta de confianza que había hacia ti en una parte del equipo por ser una directora novel, en el fondo estábamos constelando tu vida y no te estabas dando el espacio para vivir esta parte emocional.

C.S.: Es que no lo tenía. En mi cabeza había una cosa que eran mis recuerdos y mi infancia que se había concretado en vosotros y en unas localizaciones, que eran muy parecidas pero no exactas. Y dentro de mí había una frustración por no poder retratar exactamente aquello. Después del rodaje necesité un tiempo para abrazar lo que habíamos hecho y entender que no era exactamente mi historia.

Carla, ¿en qué momento te diste cuenta de que aquella película a la que habías sobrevivido en un rodaje tan duro no era una película más para los demás?

C.S.: Recuerdo cuando mi montadora Anna Pfaff y Meritxell Colell vieron uno de los primeros montajes y me dijeron: "Deja de comerte la cabeza. Tienes algo muy valioso aquí, lo único que tienes que hacer es trabajar en la edición". Yo estaba un poco cegada con el trauma del rodaje, así que fue un momento importante para mí, porque eran personas en las que confiaba. En otro visionado vinieron Celia Rico, Mar Coll y Valentina Viso, y Mar me dijo: "Esta película será importante y le irá muy bien. No sufras". También recuerdo que estaba montando con Anna y nos llamó Ginesta Guindal, llorando. Y Anna le decía: "¿Pero qué pasa, Ginesta?". Y es que acababa de ver la película. Fue entonces cuando Anna y yo nos dimos cuenta de que ya casi teníamos la película.

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B.C.: Recuerdo que me emocionó el dossier que me dieron para hacer el cásting. ¡Un dossier! Me identifiqué mucho con la historia, quizás porque soy de la misma generación. Yo tenía que hacer una obra de teatro con Miguel Ángel Blanca, y dije que no a la obra para hacer Estiu. Pero él ya conocía el proyecto y me dijo: "Claro que sí, Bruna, tienes que hacer esta película. ¡Lo petará!" No sé cómo, pero lo tenía clarísimo. Y cuando sí que me di cuenta de que aquello era muy fuerte fue en la proyección en la Berlinale. El coloquio posterior, la emoción que sentía y las preguntas que hacían a los niños me hicieron darme cuenta de que lo que habíamos hecho era precioso.

C.S.: Aquel día en la Berlinale fue muy fuerte. Yo durante el pase solo sufría porque el sonido no estaba acabado y, de repente, se encendieron las luces y todo el mundo estaba llorando. Hasta que no lo compartes con el público no te das cuenta de lo que has creado.

Una vez dijiste que aquel día sentiste por primera vez que una película tuya provocaba en los demás lo que a ti a veces te había hecho sentir el cine.

C.S.: Sí. Mi amor por el cine viene justamente de aquellos momentos de conexión emocional y artística brutal con lo que ves en la pantalla, una especie de éxtasis que recorre tu cuerpo. Tienes una sensación casi de agradecimiento hacia aquella persona que te ha hecho sentir eso o que te ha revelado alguna cosa. Y aquel día, cuando aquellos espectadores compartían su experiencia, sentí por primera vez que yo también había podido ofrecer eso a alguien.

Paula, cuando se estrenó la película y tenías cinco años hablaste con el ARA y dijiste que de mayor querías ser actriz y monitora de zumba.

R.P.: [Risa] ¡No me acordaba! No, ahora ya no. Ahora tiro más hacia las ciencias, y me gustaría trabajar en algún laboratorio y quizás investigar.

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Hace nueve años decías que habías visto la película tres veces y que te gustaba, pero que había cosas que no entendías. ¿Cómo ha sido ver la película de mayor?

P.R.: He pensado que estaba muy bien hecha. De pequeña había cosas que no entendía, como el principio. Pero de mayor iba entendiendo mejor las cosas y hilándolo todo mejor.

Si tuvierais que elegir una escena de la película, ¿cuál sería y por qué?

C.S.: Uno de los momentos en que sí conecté emocionalmente es cuando los abuelos se van. Era una de las pocas escenas que sí había pasado en la realidad: cuando se iban mis abuelos era un drama. Y yo aquel día había dormido muy poco. En Estiu aprendí que en un rodaje se tiene que dormir, porque si no duermes no ruedas igual. Y la noche anterior me tuve que quedar solucionando cosas y no dormí. La Laia tenía un acting complicado, yo estaba bloqueada y la cosa no estaba funcionando. Yo normalmente les lanzaba las frases que tenían que decir a las niñas, pero aquel día actué con ella, grité igual que la Laia y lo sentí con ella. Y fue un momento que se me quedó muy dentro. Otro momento que recuerdo mucho es la última escena. La primera vez que la rodamos no lloró la Laia, sino la Paula. Y como teníamos que irnos de aquella casa, la repetimos en un polideportivo donde recreamos en plató aquella habitación. Fue un lío, pero allí sí que salió y todo el mundo estaba conectado emocionalmente. Pero si lo pienso, emocionalmente me afectó más la escena de los abuelos.

B.C.: Porque al repetir la escena final había mucha presión para que saliera bien. Lo que se le estaba pidiendo a Laia en esa escena era de mucho nivel interpretativo, porque tenía que empezar saltando contenta y, durante la escena, hacer el quiebre y llorar, que es algo bastante virtuoso. Un momento que yo recuerdo es cuando le limpio la herida a Laia, porque fue uno de los primeros en los que empecé a disfrutar la conexión con ella. Y quizás tiene que ver con el proceso que hace el personaje de Marga, que es aprender a amar a una niña que no es suya. La adopción va en los dos sentidos. De hecho, Carla me decía a veces que no fuera muy cariñosa. También recuerdo mucho un día en que yo estaba caminando hacia las gallinas y Carla me dijo: “Bruna, es que estás caminando para la cámara, como si fueras consciente de que nos grabas”.

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C.S.: Es curioso porque no lo recuerdo, esto.

B.C.: Hice como un clic. Me di cuenta de que le estaba poniendo demasiada energía y que, para trabajar en este naturalismo, había que hacer aún menos, bajar la energía a los pies y hacerlo desde la relajación. Yo no había trabajado nunca así, y me cambió la manera de trabajar en otros rodajes, porque pienso mucho en aquella frase: "Es como si fueras consciente de la cámara". Para mí fue un cambio de chip.

Es bonito porque es como si la Carla te continuara dirigiendo.

B.C.: ¡Es que me sigue dirigiendo! Yo a la Carla siempre le pedía que me dijera si lo quería más o menos intenso, y ahora a los directores siempre les pregunto lo mismo, siempre busco cómo regular.

C.S.: Con David siempre bromeábamos de mi abanico de palabras para decir lo mismo: "más pequeño", "más íntimo", "más flojo", "habla hacia ti"... Todo para no decir: "Estás sobreactuando". Pero es que decirle a un actor que está sobreactuando es muy agresivo.

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¿Y cómo fue el casting de las niñas? ¿Tuviste muy en cuenta cómo encajaban ellas?

C.S.: Sí. Primero hicimos castings separados, y con Paula vimos que funcionaba tan bien que dijimos: "Probemos con ella".

P.R.: Mis padres explican que todos los niños del casting querían irse de allí y lloraban y que yo entré como si nada.

C.S.: Entraste como si ya nos conocieras de toda la vida. Y entendías el juego, entendías que aquello no era verdad. Muchos niños no lo entendían. Con tres años y medio no es fácil. Te pedimos que mintieras y lo hiciste, y eso a esta edad es de un nivel muy alto. Y el día que te pusimos con Laia se creó exactamente la dinámica que buscábamos: tú la admirabas a ella y la seguías porque era mayor, Laia te decía lo que tenías que hacer... Había cosas un poco crueles, pero enseguida se veía claro que podía funcionar.

B.C.: Paula era una niña feliz, una panza-contenta que siempre estaba fantaseando, cantando, inventando palabras... Pero también marcaba mucho los límites de cuándo ensayábamos y jugábamos y cuándo no. “Ahora no eres mi madre. Ahora sí. Ahora soy Paula. Ahora Anna”. Y como en las escenas que teníamos yo era una madre que tenía preferencia por Laia e incluso la reñía, Paula no quería ni verme, huía de mí. En cambio, las dos estaban enamoradas de David y le hacían unas miraditas... Yo lo llevaba fatal. Y han tenido que pasar diez años para que, hace poco, revisando los ensayos, me diera cuenta de que la relación de Marga con su hija debía ser igual de conflictiva en aquel momento. La llegada de una hija nueva siempre es difícil.