Ahora todo el mundo lo entiende

Hace cuatro meses que el Informe Fénix está en la calle y ha pasado una cosa poco habitual en este país: ha cambiado la conversación. No han cambiado los datos –los datos ya estaban ahí– sino la manera de mirarlos. Antes de mayo, la frase "la economía va bien" quería decir que el PIB crecía. Hoy, cuando alguien lo dice, hay siempre alguien más que pregunta: "¿Y el PIB per cápita?" Esta pregunta, tan sencilla, es lo que el informe ha conseguido instalar en el debate público catalán. Y solo por eso ya ha valido la pena.

Porque la paradoja que el Informe Fénix puso sobre la mesa continúa desplegándose cada trimestre ante nosotros. El año 2025 el PIB de Cataluña creció un 2,7% y en el segundo trimestre de 2026 avanzó un 3% interanual, por encima de las grandes economías europeas. Son cifras para celebrar. Pero en el mismo periodo, la población ha llegado a los 8.210.710 habitantes, con un crecimiento interanual de 86.584 personas, el 1,1%. En un cuarto de siglo, Cataluña ha crecido en cerca de dos millones de personas. Y aquí es donde el relato oficial y la vida de la gente se divorcian. El 24,8% de la población se encontraba en riesgo de pobreza o exclusión social en el año 2025, ocho décimas más que en 2024; la tasa de riesgo de pobreza se situó en el 18,9%, un punto y medio más que el año anterior, y un 35,5% de la población declara no poder hacer frente a un gasto imprevisto de 900 euros. Crece el PIB, crece la población, crece la pobreza. Tres líneas que suben a la vez y que, hasta hace cuatro meses, casi nadie relacionaba.

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Esto es lo que el informe ha hecho entender. Que el PIB mide el tamaño de la economía y el PIB per cápita mide la prosperidad de quien vive en ella. Que un país puede ser cada año más grande y su población cada año más pobre si el crecimiento se basa en añadir brazos mal pagados en lugar de añadir valor. Que cuando la familia del vecino no nota el crecimiento, no es que no sepa leer las estadísticas: es que las estadísticas no hablan de ella. Y que los servicios públicos no están tensionados solo por una mala gestión puntual sino, principalmente, por una aritmética implacable: si los puestos de trabajo que se crean no generan suficientes contribuciones para pagar la escuela, el CAP y la residencia de quienes los ocupan, cada nuevo puesto de trabajo añade demanda de servicios sin añadir los recursos. La vivienda, la sanidad, la educación... todas las colas que hacemos tienen el mismo origen.

Pero cuando hablamos del deterioro de los servicios públicos en Cataluña hay una segunda mitad de la explicación que el informe dejó fuera expresamente (sus autores quisieron centrarse en el sistema productivo, en aquello que se puede corregir desde aquí) y que ahora ya no podemos dejar fuera nosotros: la infrafinanciación endémica de la sociedad catalana. El déficit fiscal con el Estado fue de 21.092 millones de euros en 2022, el 8,2% del PIB, después de haber marcado un máximo de 22.013 millones en 2021, el 9,6%. Para hacerse una idea, equivale a más de la mitad de lo que gastan todas las consejerías de la Generalitat o al presupuesto conjunto de Salud y Educación. Cataluña aportó 77.742 millones a las arcas del Estado, el 19,3% del total, y recibió 56.650, el 14%. Y dentro del sistema de financiación autonómica, caducado desde 2014, Cataluña es el tercer territorio que más ingresos tributarios por habitante aporta y el décimo en recursos recibidos; otras comunidades con una capacidad tributaria muy inferior reciben sistemáticamente más por habitante.

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Juntemos ahora las dos mitades. En veinticinco años Cataluña ha ganado cerca de dos millones de habitantes –el 30% de crecimiento, cuando la Unión Europea ha crecido el 5,3%– con los mismos euros per cápita para financiar la escuela, el CAP y la residencia, y con una parte creciente de estos habitantes ocupando puestos de trabajo que no generan suficientes contribuciones para pagarse los servicios que consumen. Más gente, la misma fórmula de reparto, menos recaudación por cabeza: este es el cóctel explosivo que explica las listas de espera, las aulas prefabricadas y la sensación general de que todo va a menos mientras las cifras dicen que todo va a más. Y no se resuelve con parches. El nuevo modelo de financiación pactado, que aportaría 4.686 millones adicionales a partir de 2027, es un paso adelante necesario, pero no cubre ni una cuarta parte del déficit fiscal. Hay que mejorarlo, pero de una manera u otra no tenemos más remedio que aprovecharlo, coger el dinero y tapar agujeros. No nos queda otra si pensamos en la ciudadanía de este país. Un país que crece un 1,1% anual en población no puede vivir con su financiación caducada desde hace más de diez años. Podemos aceptar males menores provisionales porque estamos entre la espada y la pared, pero el país debe ser consciente de que no estamos ni cerca de la solución y que debemos continuar reclamando una financiación que pase porque Cataluña sea soberana fiscalmente. Cataluña necesita que los recursos por habitante crezcan, como mínimo, al ritmo que crecen los habitantes. Mientras no sea así, cada nuevo vecino es, para la Generalitat, un ciudadano más a atender con el dinero del año anterior.

Por eso el trabajo que viene ahora no es defender el informe. El informe se defiende solo y cada publicación del Idescat lo corrobora. El trabajo es que haya consecuencias. Si aceptamos que lo que cuenta es el PIB per cápita, entonces cada decisión pública debería medirse con esta vara: ¿esta inversión, esta licencia, este incentivo fiscal, este plan de empleo, hace subir la renta de cada uno o solo hace subir el tamaño del conjunto? Y si aceptamos que la financiación es la otra mitad del problema, entonces ninguna negociación con el Estado se puede dar por cerrada mientras los recursos por habitante no sigan el ritmo de los habitantes y el aumento del coste de la vida que tienen que afrontar. Un país que se hace estas dos preguntas antes de decidir es un país diferente del que hemos tenido los últimos veinticinco años. No será rápido ni será cómodo. Pero el primer paso para cambiar de rumbo es saber hacia dónde se iba, y esto, ahora, ya lo sabemos todos.