Elisabet Viladecans Marsal

Las ciudades catalanas, cuarenta años después

El 25 de junio se presentó en el Parlament de Catalunya el último número de la Revista Econòmica de Catalunya, que conmemora su 40º aniversario. Las aportaciones hacen un repaso de los últimos 40 años de los diferentes aspectos que conforman la economía y la sociedad catalana. Con estas aportaciones, junto con Miquel Àngel Garcia López (UAB & IEB), hacemos un repaso de la evolución que han experimentado las ciudades catalanas.

Catalunya ha vivido una profunda transformación urbana en estas cuatro décadas. Entre 1981 y 2025 se detectan dos tendencias simultáneas y, en apariencia, contradictorias. Por un lado, la concentración geográfica de la población se ha reducido, pero, a la vez, dentro de cada ciudad la población ha tendido a marcharse hacia la periferia mientras la ocupación se ha continuado localizando en el centro.

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La primera de estas tendencias es clara. En 1981, casi el 30% de los catalanes vivían en el municipio de Barcelona; en 2025, esta cifra se ha reducido al 21%. La ciudad no ha perdido habitantes, sino que ha ganado, pero la población del resto del territorio ha crecido más rápidamente. L'Hospitalet de Llobregat, Badalona y Sabadell también han perdido peso relativo. La única de las cinco ciudades grandes que ha ganado posiciones es Terrassa. Así, la población se ha redistribuido hacia ciudades medianas y municipios más pequeños, y el sistema urbano catalán resulta hoy más equilibrado.

La segunda tendencia detectada emerge cuando miramos qué pasa dentro de cada ciudad –la llamada suburbanización–. En 1981, casi el 40% de los catalanes vivían en las ciudades centrales de sus sistemas locales de trabajo –los que tienen en cuenta la movilidad por motivos laborales entre la ciudad central y los municipios cercanos–. En 2025, esta proporción se ha reducido hasta el 32%. En términos absolutos, los municipios del entorno han crecido un 55%, mientras que las ciudades centrales lo han hecho solo un 10%.

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Sin embargo, este desplazamiento residencial no se ha trasladado a la actividad económica. Alrededor del 45% de la ocupación catalana continúa concentrada en los centros urbanos, una cifra que apenas se ha movido desde 1999. La consecuencia es un desajuste espacial notable que supone que solo un 32% de la población vive donde hay el 45% de los puestos de trabajo. De aquí nacen los flujos diarios de movilidad que saturan carreteras y redes ferroviarias.

Las causas de esta asimetría son conocidas. Las grandes ciudades continúan siendo lugares atractivos para las empresas, especialmente las de los servicios avanzados, que valoran la proximidad a otras empresas, a los clientes y al talento cualificado, y que se benefician del intercambio cara a cara. Los costes de la vivienda, en cambio, actúan en sentido contrario. Así, la presión sobre los precios en el centro condiciona las decisiones de muchos residentes, que acaban optando por municipios del entorno más asequibles, ampliando así la distancia entre donde se genera la actividad económica y donde se hace la vida cotidiana.

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El patrón general presenta matices importantes según cada ciudad. Una manera intuitiva de verlo es mirar qué diferencia de densidad hay entre el centro y los municipios del alrededor. Barcelona ha vivido una suburbanización poblacional clara, pero ha retenido la ocupación en el centro. La diferencia de densidad de población entre el centro y la periferia se ha reducido un 14%, pero la de la ocupación apenas se ha movido. Girona mantiene una estructura sorprendentemente compacta, con cambios mínimos e incluso una ligera recentralización de la ocupación. Lleida ha experimentado una suburbanización moderada tanto de habitantes como de ocupación. Y Tarragona constituye el caso más extremo donde la diferencia de densidad de población entre centro y periferia se ha reducido más de un 60%, y su estructura urbana se ha transformado claramente, con una dispersión residencial y productiva.

Este simple análisis descriptivo permite identificar tres retos prioritarios para el diseño de políticas urbanas de los próximos años. El primero es la movilidad, que es el resultado del desajuste entre residencia y trabajo y que genera flujos que saturan infraestructuras, incrementan las emisiones y reducen la calidad de vida. Un transporte público más potente, la mejora de la red de carriles bici y la contención del vehículo privado devienen instrumentos imprescindibles, ya no como una opción ideológica, sino como una necesidad práctica.

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El segundo es la sostenibilidad territorial, porque la suburbanización extensiva consume suelo, fragmenta paisajes y puede poner en riesgo espacios naturales. Hay que planificar densidades lo suficientemente altas para que el transporte público sea viable y las economías de aglomeración puedan continuar operando. El tercero es la equidad territorial, ya que no todos los suburbios disponen de los mismos equipamientos, servicios públicos u oportunidades.

En cuarenta años, Cataluña ha pasado de ser un país concentrado a un país más repartido, pero con un desajuste creciente entre dónde residimos y dónde trabajamos. Los próximos años plantearán nuevos retos –envejecimiento poblacional, transición ecológica, digitalización y el impacto de la inteligencia artificial sobre las formas de trabajo– que exigirán políticas capaces de compatibilizar densidad urbana, sostenibilidad ambiental y cohesión social. Entender cómo evolucionan nuestras ciudades es el primer paso para diseñarlas mejor.

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