Eureka

¿De dónde salió el velcro? El invento que nació pegado al pelo de un perro

El ingeniero suizo George de Mestral observó cómo unas semillas se adherían a su perro después de una excursión y de ahí sacó la idea de un sistema de cierre revolucionario

02/09/2026 - 07:02 h.

En Argentona, junto a la carretera de Mataró, los conductores pasan cada día por delante de una gran nave industrial. De una de las paredes laterales, cuelga una V baja enmarcada por un círculo rojo: es el logotipo de Velcro, la marca que inventó y patentó el famoso sistema de cierre y sujeción. En el Maresme, la empresa tiene su sede europea y es todo un coloso industrial en la comarca: en 2024 Velcro Europe facturó 67,3 millones de euros, lo que la convierte en la compañía textil con mayor volumen de negocio de la comarca y en la octava del sector en toda la provincia de Barcelona.

En todo el mundo, Velcro tiene más de 3.000 trabajadores y fabrica sistemas de sujeción para sectores tan diferentes como el calzado, la medicina, la automoción, la construcción o el embalaje, todos basados en el sistema que patentaron. Pero ¿cómo nació un invento tan simple y, a la vez, tan universal? ¿Quién había detrás de Velcro?

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El origen: un perro en los Alpes suizos

La historia comienza en 1941, en los Alpes suizos. George de Mestral, un ingeniero eléctrico aficionado a las excursiones, volvía de un paseo por la montaña con su perro cuando se dio cuenta de que, tanto los pantalones como el pelo del animal, habían quedado llenos de unas pequeñas semillas esféricas. En lugar de limitarse a quitárselas, quiso entender por qué se adherían con tanta fuerza. Observó una bajo el microscopio y descubrió cientos de pequeños ganchos que se aferraban al tejido y al pelo del animal.

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De Mestral pensó que ese mismo mecanismo se podía reproducir de manera artificial. La idea parecía sencilla: fabricar dos superficies textiles, una llena de pequeños ganchos y otra de pequeñas asas, que quedaran unidas al presionarlas y se pudieran separar una y otra vez. Llevarlo a la práctica, sin embargo, fue mucho más complicado. Durante casi una década probó materiales y recurrió a fabricantes textiles europeos buscando la manera de convertir aquella observación de la naturaleza en un producto que se pudiera fabricar en serie.

La solución empezó a tomar forma en Lyon, donde encontró la poliamida, un material lo suficientemente resistente y con la capacidad de recuperar la forma después de ser doblado. Fabricar las asas no era especialmente difícil; el problema eran los ganchos. Finalmente, De Mestral ideó un dispositivo inspirado en las máquinas de cortar el pelo de las barberías que permitía cortar las asas con precisión y convertir una parte de ellas en pequeños ganchos. El invento ya le funcionaba, pero faltaba convertirlo en una empresa.

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Del invento al negocio

En 1951, después de diez años de pruebas, De Mestral presentó en Suiza la solicitud de patente de su sistema de cierre. Un año más tarde fundó Velcro S.A. junto a Alfred Gonet, Andre-Louis Burnier y Jean Michaud. El nombre también salía de dos palabras francesas: velours, terciopelo, y crochet, gancho. El 16 de marzo de 1954, Suiza concedió la primera patente del invento y, al año siguiente, también quedó protegido en Estados Unidos y en varios países europeos.

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Con la tecnología asegurada jurídicamente, comenzó a venderla. En 1956, Velcro estrenó el primer logotipo y comenzó a comercializar sus sistemas de cierre. La compañía creció deprisa: en 1957 abrió una planta en Estados Unidos, en Manchester, en New Hampshire, una ciudad con una larga tradición textil, y también comenzó a producir en Canadá. Dos años después dio otro paso decisivo: comenzó a producir en Argentona. Aquella implantación convirtió el municipio maresmense en una de las primeras bases industriales europeas de la compañía.

A partir de aquí, el sistema comenzó a multiplicar los usos. En los años sesenta llegó al programa Apolo de la NASA y, en 1969, viajó hasta la Luna; poco después se extendió por el calzado, la ropa y, con los años, por sectores como la automoción, la medicina, el ejército, la logística o los productos de higiene. La patente original acabó dando pie a una familia entera de sistemas de sujeción, algunos fabricados hoy con plástico, acero inoxidable o materiales reciclados. Más de ochenta años después de aquel paseo por los Alpes, Velcro continúa teniendo en Argentona una de sus grandes bases europeas y un nombre tan popular que, a menudo, ya no lo utilizamos solo para hablar de la marca, sino del mismo invento.